22 jun. 2012

ESPAÑA BUSCA UN REY (I)

Después que se hubo votado en el Congreso la Constitución monárquica y quedó sofocado el levantamiento republicano, el gobierno se lanzó a la ardua tarea de encontrar un nuevo rey para las Españas.  Este problema agrietará aún más a la ya debilitada coalición de septiembre.  Cada partido, en abierta divergencia política, deseaba hacer rey a su propio candidato para poder dominar su reinado.
Montpensier era un orleanista casado con María Luisa Fernanda, hermana de Isabel II. Era el candidato de la Unión Liberal y estaba apoyado por Serrano y Topete.  Su candidatura significaba una monarquía fuerte, católica, gobernada por unionistas y oligarcas conservadores.  Ya Montpensier había pedido a Prim, en 1868, la proclamación de Luisa Fernanda, a lo que se le había contestado que las Cortes constituyentes decidirían la suerte de España.  Además, para Prim no podía ser rey un candidato unionista, pues ello supondría todo freno a la revolución.  Sin embargo, se prescindía de la forma republicana; Espartero, con buen sentido, declinó el ofrecimiento de ser convertido en rey, y los candidatos extranjeros no parecían viables.
El egoísta Montpensier tenía el obstáculo de su impopularidad ante las masas y, por otra parte, la revolución había vetado a todos los Borbones. Además, Napoleón III era opuesto a que un Orleáns fuese rey de España.  Si Prim necesitaba otro dato para excluirle de sus planes (amén de que habría salvado la vida con ello), éste sobrevino con el trágico duelo entre el romántico infante español Enrique y el aburguesado francés Montpensier.  Don Enrique se sintió agraviado por las aspiraciones del francés y publicó varios manifiestos en que le llamaba "naranjero", "pastelero", "tan taimado como el jesuitismo de sus abuelos", entre otras lindezas.  La cosa llegó al duelo, en el que murió Enrique.  Montpensier fue condenado a un mes de destierro y a 30.000 pesetas de indemnización.  Quedaba frustrado este candidato para los unionistas.
Progresistas y demócratas andaban detrás del ex rey de Portugal, Fernando de Coburgo, y a él enviaron cantidad de misiones secretas para que aceptara la proposición de los progresistas.  Pese a que Prim alejó toda suspicacia lusitana de cara a la Unión Ibérica, Fernando de Coburgo seguía sin aceptar.  Llegó un momento en que, animado por otras potencias europeas, y concedidas por el gobierno español todas las garantías que exigía, llegó a estar dispuesto; pero el asunto quedó en nada.
Prim volvió a pensar en la familia Saboya, de raigambre liberal en Europa, lo que supondría un reinado democrático, moderadamente anticlerical y que daría el poder al ala izquierda de la revolución de 1868.  Amadeo, duque de Aosta, la rechazó de plano.  Otro príncipe de la misma sangre, Tomás, duque de Génova, después de varias gestiones, tampoco aceptó.
Prim volvió a tantear a Espartero en carta del 13 de mayo de 1870, pero el popular duque de la Victoria rechazó, alegando sus "muchos años y poca salud".
Prim notificó estas cuatro tentativas frustradas a lasCortes, y ante la sugerencia del futuro Alfonso XII, contestó con sus tres "jamases" a los Borbones.
Hubo hasta otras cuatro propuestas a príncipes daneses, suecos, noruegos y rusos.  Por lo visto estaba muy cerca el fusilamiento de Maximiliano en Querétaro y había temor a los trasplantes dinásticos.  Se considero a continuación un príncipe de la familia alemana de los Hohenzollern.  Aunque estuvo a punto de salir exitosa esta candidatura, la guerra franco-prusiana la echó abajo.  La candidatura Hohenzollern fue difundida por la prensa carlista.  Las Cortes no pudieron elegirle de una forma secreta y consumada y los franceses alegaron que la nació española no podía ejercer sus derechos soberanos en perjuicio de la seguridad de sus vecinos.
Prim, aunque astuto, fracasaba, erraba y se desesperaba.

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