6 jun. 2012

ENTRE EL ASALTO AL PODER Y LA REVOLUCIÓN BURGUESA (II)

Desde la muerte de Fernando VII (1833) hasta 1843, los precios experimentan unos niveles muy bajos.  Sin embargo, estamos en los inicios de la revolución industrial en España; la actividad fabril de los talleres catalanes revive y va adquiriendo un rápido desarrollo; la industria algodonera prospera, pese a la primera guerra carlista.  Cataluña,la costa andaluza, Asturias y Vizcaya recogen la onda de la actividad siderúrgica.  Esta incipiente base industrial se ve constituida por el aumento de población y la expansión cerealista, capaces de crear un mercado de consumo todavía débil.  El ritmo es progresivo, como demuestran las importaciones de algodón, que pasan de 74.362 quintales métricos, en 1834, a 183.675 en 1841.  Este ciclo termina con la crisis de 1843.  Los precios descienden a su nivel más bajo.  A este desequilibrio económico sigue la intranquilidad social, con el paro forzoso de obreros en las ciudades y la caída del régimen progresista de Espartero, de la misma forma que la crisis de 1827 había desarticulado el absolutismo.  Moderación, conservadurismo y enriquecerse será la tónica de la burguesía.
A partir de 1843 empiezan los tirones alcistas y el comercio mundial experimentará un auge extraordinario.  en Australia y California se han descubierto yacimientos de oro que arrojan al mercado mundial una masa de metal precioso sin precedentes, repercutiendo en el incremento del comercio internacional con el aumento de la cantidad de bienes económicos, en recíproca relación de causa-efecto.  Consecuencia de este auge completo, tendríamos también que referirnos a la puesta en cultivo de nuevas tierras, al aumento de producción industrial, al crecimiento demográfico, a la política librecambista, que permitirá a unos países especializarse en la producción de manufacturas y a otros en la producción de materias primas, sin inconvenientes aduaneros para la colocación de sus productos.  Alimentando estos intercambios, nos referimos a la aplicación de la máquina de vapor, que, con el ferrocarril, revolucionan la economía de multitud de regiones, revalorizando las zonas interiores y fomentando una economía especializada.  Aparte, la construcción de ferrocarriles supondrá una ingente movilización de mano de obra y una asombrosa movilización de capitales, con el consiguiente desarrollo de las instituciones capitalistas
En España, entre 1843 y 1853 la coyuntura es incierta, pues mientras los precios llegan al fondo de la cubeta  deflacionista, el cambio de signo de la tendencia general es evidente.  Las diferencias entre salarios y precios y, sobre todo, entre precios reales y especulativos, marcan la época dorada del banquero José de Salamanca, de las primeras empresas ferroviarias, del "rush" minero y de la moderna empresa bancaria. El "boom" de 1846 es la primera oleada de optimismo en la historia de las finanzas españolas; la gente invierte y saca de los escondrijos las onzas enterradas durante la Guerra de la Independencia o la carlista.  Este año afluyen a las casas de monedas 8.800.000 pesetas, casi todas en oro.  Mano de obra y capitales llegan a la industria algodonera (54.000 obreros en 1846; 34.000 en 1841.  469 millones en 1846; 152 millones en 1841).  Respiran optimismo la siderurgia y la marina de vela.
Este clima inflacionista inaugura la tremenda crisis mundial y española de 1847, que prepara, tras sacudir las estructuras capitalistas, la revolución democrático-socializante de 1848.  A continuación, la economía arrastra unos malos años.

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