5 jun. 2012

EL ROMANTICISMO ESPAÑOL (IV)

El madrileño Larra, autor de artículos de costumbres criticando la sociedad española con pesimismo y expuestos en un castellano de antología; Espronceda, Francico Pacheco, Hartzenbusch, García Gutiérrez y otros que constituyen la oleada de rebelión romántica.
Donde destacará el romanticismo español, más que en el aspecto literario, retrasado y mimético, será en el plano existencial.  Será la Guerra Carlista donde se demostrará que el romanticismo no es sino la expresión de un choque de dos formas de vida, la tradicional y la de la nueva sociedad mercantil e industrial, y de la crisis de adaptación de las nuevas gentes al mundo moderno.  Enfrentamiento entre vieja sociedad clerical, señorial, sobre una estática economía agraria, y una sociedad liberal, sobre una economía comercial e industrial y con cierta movilidad social.  ¿Podemos calificar de "casualidad" el hecho de que los dos focos principales de la guerra carlista fuesen precisamente Cataluña y el País Vasco, es decir, las dos regiones donde la nueva sociedad hacía mayores progresos y donde, por otra parte, el apego a lo tradicional era mayor?  Evidentemente, no.   Allí precisamente es donde el contraste y la tensión entre las dos formas de vida podían darse con mayor intensidad.  La guerra carlista consistió en la lucha entre la Cataluña litoral y la de montaña, entre las costas vizcaína y guipuzcoana, con Bilbao y San Sebastián al frente, y el "hinterland" alavés y navarro.
El romanticismo legó una guerra carlista, un cruento testimonio colectivo, una guerra sin cuartel en la que se pasaron por alto las leyes militares y hasta las más indispensables normas de conducta humanitaria.  La presión internacional hubo de intervenir para poner freno a tanta pasión y odio desatado.
Pasando de lo imaginado a lo realmente vivido, el romanticismo también legó una serie de figuras puramente románticas: el Conspirador, el Bandido, el Gitano, el Mendigo...  Toda la simbología poética europea tiene cabida en España, como una extraña mezcla de gitano, bandido, torero, grande de España, monje y guerrillero.
¿Y qué decir de los militares?  El general romántico será una figura de excepción.  Los protagonistas son bien visibles: Riego, Zumalacárregui, Torrijos, Diego de León, Serrano, Zurbano, Espartero, Prim, Narváez, O'Donnell y un largo etcétera.
¿No estuvieron cargadas de romanticismo las vidas de Mendizábal o de Olózaga, éste último capaz de fugarse de la cárcel en una misma noche, montar una nueva conspiración y poseer una nueva mujer?
Las libertades románticas (de María Cristina, casada secretamente, y de Isabel II, crédula y ardiente, armonizando en romántico contraste una extrema piedad supersticiosa y una extrema liberalidad sexual) adquieren una democratización sexual, femenina, y la mujer española, ardientemente voluptuosa y apasionada hasta la muerte, se pone de moda en toda Europa.  Son cientos los extranjeros que vienen a España en viajes "romántico-turísticos", alentados por el exotismo de nuestro país.  Les gusta la nación del lance de honor y del gesto, les gusta vivir una temporada peligrosamente en un país no muy burgués, les gusta encontrar dificultades en viajes sumamente arriesgados, con malos caminos e incómodas posadas y siempre pendientes de la sombra del bandido (léase LA BIBLIA EN ESPAÑA, de George Borrow, que es un magnífico "libro de viajes" romántico).  Esta España romántica en sí y sobre todo "para los demás", tiene elementos de admiración por la pasada grandeza y de desprecio por la miseria presente, hay una dignidad harapienta, reminiscencias árabes (LOS CUENTOS DE LA ALHAMBRA, de Washington Irving), grandes bandidos, hidalgos y pícaros, restos de inquisición, sangre y toros...
España es un país de ensueño (barato), aventura y paraíso para los turistas.  Perola verdadera realidad animaba al desengaño romántico liberal (Larra) y estaba muy por debajo de lo que se veía y brillaba: corte, reinas, cortejos, políticos y, sobre todo, generales.

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