5 jun. 2012

EL ROMANTICISMO ESPAÑOL (II)

El comportamiento colectivo del romanticismo español se manifiesta en la guerra como quehacer y género de vida.  La misma Guerra de la Independencia no es sino una categoría romántica: afirmación de una personalidad nacional frente a la pretensión uniformadora, racional y clasista de la Europa napoleónica; el levantamiento popular, el pueblo en armas, las acciones callejeras colectivas e individuales frente al primer ejército combatiente, traslucen un signo romántico, una interpretación milagrosa de la vida, un paroxismo pasional, incomprensible un siglo antes.  El guerrillero y las guerras de guerrillas son la espontaneidad e individualismo frente al canon clásico, conjuntado y preciso, de la guerra tradicional.
Este comportamiento romántico tiene su más genial representante en el Goya de la segunda época.  Su desarraigo social, su individualismo creativo, la simplificación de sus colores, de su paleta y de su dibujo reflejan al primer pintor romántico español.  En "Los Caprichos", "Los desastres de la guerra", "Los fusilamientos del 3 de mayo", queda reflejada una amplia crítica social, una diatriba contra la guerra, el sufrimiento de un pueblo iniciado en un levantamiento colectivo.  Su genio trágico acentúa su ruptura contra todo lo académico, su arrollamiento de toda una sociedad estamental.
La primera oleada romántica no fue bien asimilada por el régimen beocio de Fernando VII.  Era la corriente de reaccionarios y aristócratas románticos, encabezados por Chateaubriand, cuyas "Memorias de Ultratumba" suponen todo un referente en su género.  Simpatizan con la España oscurantista desde el punto de vista arqueológico, convirtiéndola en la "Turquía de Occidente", sin la oposición de los liberales.  Este romanticismo contrarrevolucionario de Chateaubriand había dado lugar a una sensibilidad tradicionalista: romanticismo histórico.  Se apasionan por la historia y sobre todo por la Edad Media; el menosprecio de lo clásico, el amor por lo medieval, el gótico, la vida caballeresca, las Cruzadas, confieren al romanticismo histórico su carácter de tal.  Descubren la epopeya de la Reconquista española y a España como excepcional país romántico.  La resistencia a Napoleón durante la Guerra de la Independencia intensifica esta corriente intelectual, y el tema español pasa a ocupar un puesto de honor en el romanticismo europeo, tanto en el campo literario como el en pictórico y musical.
La política antiliberal de Fernando VII ve con buenos ojos este romanticismo tradicionalista y contrarrevolucionario.  Es recibido en España por el influjo de Chateaubriand y Walter Scott, y tiene sus admiradores en el padre de Fernán Caballero, Juan Nicolás Böhl de Faber, Alberto Lista y Agustín Durán.  Oyen también su voz Próspero Bofarull, los hermanos Amat, Aribáu y el primer periódico romántico barcelonés, "El Europeo".  Serán los antecedentes del "floralismo" y del catalanismo literario de derechas.  Participan de esta sensibilidad tradicionalista los paisajes e interiores de edificios de Pérez Villamil y los "Recuerdos y bellezas de España", de Francisco Javier Parcerisa.
Hacia 1824 el romanticismo empieza a cambiar de signo político, y en 1827 Víctor Hugo escribirá que el "romanticismo es el liberalismo de la literatura". Se manifiesta este anhelo de libertad en los planos político, social, poético, religioso, moral, etc.

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