30 jun. 2012

EL FRACASO DEL PARAÍSO ARTIFICIAL DEL TURNO DE PARTIDOS

Cánovas y Sagasta se esforzaban por mantener la unidad de los partidos. Pero a partir de 1890, a medida que envejecían los dos grandes dirigentes, conservador y liberal, una generación más joven reclamaba y repartía su herencia.
El liderato de Cánovas en el partido conservador fue algo indiscutible hasta 1885.  Romero Robledo había disentido de su jefe a causa de la voluntaria cesión del poder a Sagasta con motivo de la muerte del rey.  Romero Robledo, para quien esta cesión representaba un sacrificio gratuito de la mayoría conservadora, era el "pirata político", el manipulador de las elecciones desde su despacho del Ministerio de Gobernación, "atestado de toreros, clientes y caciques de provincias"; se decidió a obrar por su cuenta, sustrayéndose a la disciplina del partido conservador, y se coligó con López Domínguez para formar el Partido Liberal Reformista, de corta vida.
El otro hombre fuerte de Cánovas era el distinguido e inteligente abogado Francisco Silvela, quien rechazaba de plano el sistema de turno de partidos y las manipulaciones electorales.  Para Silvela, la moralidad personal de los estadistas era algo básico para explicarse la decadencia o el progreso de los países. Según estos principios, mal podía avenirse "con la incurable inclinación de los bribones" de Cánovas y, mucho menos, con el manipulador y polemista Romero Robledo, a quien increpó en las Cortes de la siguiente manera:

"Su señoría no es un discrepante, ni un disidente, ni un factor del nuevo y desconocido partido conservador. Yo creo que su señoría es un enfermo."

Para Silvela, los métodos de Romero Robledo, aplaudidos por Cánovas, eran abominables por sí mismos.  Repudiaba el mecanismo de la rotación de partidos, basad en las técnicas electorales de los dirigentes del partido y de las influencias organizadas.  Silvela era un conservador con aire puritano, inteligente, linajudo, partidario de que el partido atrajera la opinión pública organizada a la solución de los problemas de la nación.  Tenía principios conservadores: religión, grandeza nacional, orden, sociedad orgánica; era partidario de una reforma total del gobierno municipal para librarle de la inmoralidad a que le sometían los fines electorales del controversista Romero Robledo y del caduco Cánovas.  Representaba, por así decir, la regeneración desde arriba, obra de las clases superiores.  Los admiradores más entusiastas de Silvela eran los aristócratas católicos jóvenes.  Silvela acabó por levantar la bandera disidente.  Contaba con su prensa y sus partidarios en las provincias. Su superioridad moral, su desprecio por Romero Robledo y sus desavenencias con Cánovas le llevarían a convertirse en jefe de la Unión Conservadora.  En 1897 exigía de la reina regente la destitución de Cánovas para dar una oportunidad al nuevo conservadurismo.
La situación del partido liberal tampoco era muy envidiable.  A este partido, debido a sus múltiples amalgamas, se le llamaba también el "fusionista".  Sagasta era el jefe y, como artista de gran estilo, sabía manejar con talento a sus seguidores.  Los diversos grupos pedían algo a cambio de su apoyo, por lo que podemos decir que el partido liberal y el comercio político eran cosas en cierto modo sinónimas.  Estas y otras componendas llevaban a continuas crisis parciales, hasta le punto de que el propio Sagasta, ante la necesidad desbordante de satisfacer a todo el mundo, apuntara con amargura que lo que necesitaba no era tener unos cuantos caramelos en el bolsillo, sino toda una confitería.
Martos era enemigo irreductible de su jefe; Gamazo se separó de Sagasta por diferencia de criterio en cuanto a los presupuestos.  López Domínguez se atrajo a la facción llamada "reformista"; el duque de Tetuán estaba en desacuerdo porque no se castigó con dureza a los republicanos sublevados en Villacampa.  El partido liberal estaba gastado también, y el "viejo pastor", como se llamaba a Sagasta, no podía dar nueva vida al programa y al capital moral del liberalismo, que se iba debilitando y desorganizando.

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