15 jun. 2012

EL CAMPESINADO EN EL SIGLO XIX

Ya hemos hecho alusión antes a la tremenda diversidad de la agricultura española., que provocaba una fantástica confusión en su época.  Al lado del campesinado estable de algunas zonas vive el miserable arrendador y el bracero exaltado o resignado.  Junto a franjas de cultivo intensivo existe el agricultor que rotura más tierras de las que puede cultivar, motivando pobreza del suelo, falta de capital, separación de agricultura y ganadería, bajos rendimientos de monocultivos de secano, extensas tierras municipales, latifundios y minifundios, inseguridad de arriendos, elevado nivel de las rentas, lejanía de la morada del lugar de trabajo.
A las formas de vinculación y procedimientos de explotación se unen las oscilaciones agudas de los precios agrícolas, el hambre de las tierras, el aumento de la población campesina, el concepto individualista de la propiedad, el desarrollo de la sanidad y la instrucción.
Todo ello proporciona una diversidad de grupos sociales agrarios y unos bruscos contrastes que se corresponderán con agudos conflictos socio-económicos.
Pese a que el campesino vive desde época inmemorial vinculado al suelo como unidad motriz de una economía predominantemente agraria, el alza de precios y la presión demográfica del siglo XVIII habían agrietado los muros feudales de la propiedad agraria española.  Que el campesino estaba inquieto y adquiriendo conciencia de clase nos lo dice la Guerra de la Independencia, donde el propietario afrancesado y el campesino-guerrillero acabarán entrando en colisión en las Cortes de Cádiz.
Pero la burguesía liberal obrará en su provecho, y si es cierto que abolió jurisdicciones señoriales y diezmos, no lo es menos que de todas la medidas por ella adoptadas ninguna benefició a los pequeños propietarios rústicos, y aún menos a los jornaleros y peonaje.
El problema agrario fue de predominante importancia para el liberalismo, que intentó solucionarlo milagrosamente.  La mendicidad y miseria del sector agrario fueron captadas por los liberales, pero no pasaron de tomar medidas verbales puramente demagógicas.  Tras las medidas desamortizadoras, con su relevo de oligarquías, el campesinado quedó corrido y aún más desamparado.  La reacción fue echarse en manos del carlismo o, por el contrario, provocar  los primeros chispazos socialistas, como muestran los violentos escritos del periódico algecireño "El Eco de Carteya" o la tentativa de Sagrario de Veloy de construir un falansterio en Jerez por los años treinta del siglo XIX.
El hambre de tierra fue un fenómeno general entre los campesinos desde el final de la guerra civil (1840) al comienzo de la emigración a América, durante la Restauración.

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