20 jun. 2012

ECLECTICISMO CULTURAL ISABELINO (III)

También en las clases medias existe un conformismo por el orden social vigente; estamos ante la "dorada mediocridad" de una burguesía hogareña, tranquila, familiar, depositaria de decir "está bien" o "está mal".  Se conforman con una realidad social, aceptadora del orden político y social en vigor.  Ha desaparecido el ímpetu revolucionario de Larra y aparece un benevolente costumbrismo honrado y hogareño.  Se emprenderá el camino de la observación directa de la vida diaria, de lo que constituye la fuerza y la vitalidad de las narraciones.  Ahí quedan los exponentes: las "Escenas Matritenses" y los "Tipos y Caracteres", de Mesonero Romanos; las "Escenas Andaluzas", de Serafín Estébanez Calderón; el "Ayer, hoy y mañana", de Antonio Flores; el "Semanario Pintoresco Español"; la "Historia de España", de Modesto Lafuente; Bretón de los Herreros escribe un retablo de comedias mesocráticas; Campoamor, sus "Fábulas" y sus "Doloras", y Fernán Caballero, con "La Gviota", dice todo lo que pasa en los pueblos, en las fiestas, y saca a relucir una galería de tipos entre los que no falta el torero ni el aristócrata.  Balmes escribe la lógica apta para clases medias.
Sin embargo, en este mediado del XIX sigue persistiendo el romanticismo con las cansinas novelas de Manuel Fernández y González; la clase media consume novelas extranjeras de Víctor Hugo, Walter Scott, Dumas, etc.  En la lírica, el romanticismo todavía arroja figuras de la talla de Bécquer, Rosalía de Castro y Zorrilla.
También entre el pueblo subsiste el romanticismo popular; comienzan las novelas de evasión "por entregas"; se perciben estas persistencias a través del comportamiento social: difusión del "socialismo utópico", "anarquismo romántico andaluz" y "adopción de un violento anticlericalismo" que tendrá su trasdós en los medios populares en la figura de Antonio María Claret.
Queremos referirnos finalmente a la escisión entre la vida pública y la privada, como punto clave de la moral y de la religiosidad del moderantismo.  La forma moderada de vida presenta como característica una religiosidad pública y un escepticismo interior.  La religión no informa la vida entera y por ello, en esta época, nos encontramos con moderados que predican políticamente la "Alianza del Trono y el Altar" y son, sin embargo, personal y privadamente escépticos por completo; liberales públicamente, anticlericaes furibundos que, pese a ello, conservan más o menos la fe católica; grandes damas, la reina a la cabeza, sumamente devotas y aun supersticiosas, cuya moral privada, en materia sexual, nada tenía que ver con la predicada por el cristianismo; y asimismo caballeros cuya respetable y aún solemne religiosidad aparencial se aliaba fácilmente con la corrupción de las "mores" político-financieras.
Isabel II, ya lo hemos dicho, tenía a gala ser más católica que ningún otro soberano de su tiempo; regaló una tiara al Papa de dos millones de reales, a lo que Pío IX contestó con la más alta condecoración vaticana.  Vmos, pues, un catolicismo público, militante; pero esta misma reina "cristianísima" -y simpática, y todo lo campechana que se quiera- practicó una libertad de costumbres sexuales que no tenía nada que envidiar a la de las más traídas y llevadas artistas del rock de nuestros tiempos.  En este sentido, Valle Inclán pone en labios de la reina esta frase novelada: "Yo seré juzgada por los méritos que contraiga en el gobierno de la nación española.  Como Reina Católica recibiré mi premio o mi castigo, pues no me parece natural que se me juzgue por fragilidades que son propias de la naturaleza humana... Mis flaquezas de mujer son independientes de mis actos como reina".
En efecto, en esto quedan las "moderadas" aspiraciones de la época: bienestar creciente para unos pocos, obtenido mediante habilidades, componendas o especulaciones y "negocios"; y mantenimiento a toda costa del orden establecido, y por debajo de tan modestas pretensiones, un tremendo escepticismo y una indiferencia total por el pueblo, por la verdadera nación española... Y el fariseísmo constitutivo de la moral burguesa viene a cubrirlo todo, siempre que se sepan "guardar las apariencias".

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