7 jun. 2012

CRECIMIENTO DEMOGRÁFICO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX (I)

La revolución agraria y los avances de la medicina experimentados a finales del siglo XVIII ocasionarán la  revolución demográfica.  El antiguo régimen demográfico se caracterizaba por una alta natalidad (cercana al 40%), equilibrada por una fuerte mortalidad.  Un hombre de cada dos moría niño.  Ninguna generación escapaba de una guerra, de un conflicto, ni tampoco de años de malas cosechas, seguías y hambre, seguidas de epidemias.  Las causas profundas de esta situación radicaban en una agricultura arcaica y en una medicina rudimentaria.
España, durante mil quinientos años, esto es, desde la dominación romana hasta la venida de los Borbones, apenas sufrió oscilaciones demográficas: la población se mantuvo uniformemente.  El empuje del siglo XVIII arroja unos tres millones de nuevos ciudadanos, y durante el siglo XIX la población de España ganó ocho millones de habitantes.
Este incremento sin precedentes merece la pena matizarlo.  Mientras que en el caso europeo el incremento demográfico va de la mano del desarrollo económico, no ocurre lo mismo en el caso español.  Desde un principio, en España el desarrollo demográfico se basa más en el factor médico que en el económico.  Este desfase entre población y recursos, típico de los países subdesarrollados -ya que es más barato mejorar las condiciones sanitarias que la estructura agraria o industrial- agudiza el desequilibrio español con respecto al resto de Europa, obligando a una expatriación a partir de 1853. Lo mismo ocurrirá a partir de 1950.  En resumen: el rápido desarrollo demográfico hubiera exigido una revolución económica, con objeto de dar trabajo y medios de subsistencia a esta oleada de nuevos españoles.  Al no operarse esta revolución industrial, el abundantísimo potencial humano tendrá que vivir miserablemente, y estos proletarios y jornaleros precipitarán los cambios económicos, sociales y políticos en una atmósfera de tensión.
Precisamente por la escasa emigración española en 1800-1850 y la cuantiosa emigración anglosajona en este período, podemos afirmar que el desarrollo de la demografía española fue menos favorable de lo que parece, como confirmará la oleada migratoria de la segunda mitad del XIX.
No cabe ninguna duda de que durante el XIX prevaleció la propagación de la especia humana de una manera constante, como demuestran los ocho millones de incremento de la población a lo largo de esos cien años.
Distinguimos una primera etapa, entre 1797 y 1833, en el que la población aumentó en 1.750.000 individuos, a un ritmo de unos 48.000 españoles por año.  Hay que considerar el relativo freno ocasionado por el estallido de la Guerra de la Independencia, en la que, si es exagerado afirmar que murieron un millón de hombres, no debemos descartar las 300.000 bajas masculinas.  A estas muertes hay que añadir las ocasionadas por el hambre de 1812 y la difícil situación de la posguerra.  Debemos además sumar las bajas ocasionadas por las fiebres y epidemias, como la famosa fiebre amarilla de 1821 y el cólera morbo de 1833.  No son tampoco de pasar por alto los efectos de las contiendas civiles y los repetidos conflictos entre liberales y absolutistas durante este período, que produjeron también una sangría considerable.  Si damos como buenos los cálculos de 1.600.000 españoles entre muertos y emigrados en este lapso, tendríamos que llegar a la conclusión de que el incremento real de la población había sido de 3.300.000, lo que significaría un ritmo anual de 93.000, acorde con el ritmo europeo y acorde también con el ritmo ordenado, progresivo y racional del crecimiento español decimonónico.  Esta sería la etapa de "despegue".

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