8 jun. 2012

AGRICULTURA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XIX (II)

La expansión del trigo fue estimulada por la legislación proteccionista ya en las Cortes del trienio liberal.  Por un decreto del 5 de agosto de 1820 se prohibía en todos los putos de la Península la introducción de trigo, cebada, centeno, maíz, mijo, avena y demás granos y harinas extranjeros, mientras la fanega de trigo, cuyo precio se tomó por regulador, no excediese de 80 reales, y el quintal de harina de 120, en los principales mercados, no comprendiéndose en esta disposición las islas Baleares y el archipiélago de las Canarias.  Pero los granos de su procedencia no podían llevarse a los demás puntos.  Este decreto, completado con otro de 1834, constituye el fundamento de la política cerealística en España en el siglo XIX, hasta la reforma arancelaria de Laureano Figuerola en 1869.  Sólo en 1825, 1847, 1856 y 1867 las crisis de subsistencias obligarían a suspender el rigor de la ley.  Es posible que la difusión de la patata, a contar desde las grandes hambrunas de la época napoleónica, contribuyese a obtener tan considerable éxito.
Este desarrollo del cultivo marginal  especulativo, obra de los nuevos terratenientes, dio por resultado el autoabastecimiento del país, obligándose a la periferia a consumir trigo castellano, más caro que el importado, y se llegó a un caso curioso: en 1829 España exportó trigo.
Pero la autarquía triguera lograda con esta requisa general de tierras para el trigo le costará a extensos sectores del pueblo español la vinculación a unas tierras inadecuadas para el cultivo cerealista en un régimen de propiedad individual o, lo que es lo mismo, les condenará a una pobreza permanente.  A partir de 1860, el cultivo del trigo experimenta un retroceso atribuible en parte al deficiente nivel técnico del labrador español.  Transitoriamente, el cultivo extensivo del trigo hizo independiente a España del extranjero, pero nos hizo permanentemente dependientes de nuestra pobreza.
España no experimentó el sensacional aumento por hectárea, quedando al margen de la "revolución agrícola" que Europa occidental tenía en marcha.  La extensión del cultivo de tierras marginales produjo un rendimiento decreciente.  El aumento de roturaciones e ínfimo nivel de las cosechas hizo el resto.
Mientras en España el rendimiento medio del trigo no pasaba de seis quintales por hectárea, los italianos se lamentaban de que en su país sólo fuera de unos 9 quintales (el de otros países era muy superior).
Debemos alegar que las desamortizaciones pusieron en cultivo muchos terrenos malos, poco aptos para rendimientos eficaces, aparte de que faltaron capitales para invertir en las explotaciones agrícolas, y el crédito agrario era une entelequia a mediados del XIX.  Tampoco la creación de una Escuela General de Agricultura logró interesar a las diversas comarcas.
Como, por otra parte, rendimientos bajos significan costes elevados, las exportaciones estaban vedadas e incluso, pese a las prohibiciones, la periferia se veía invadida por el contrabando de granos extranjeros.
Abundando en lo dicho anteriormente, aducimos unas cifras probatorias del aumento de las tierras cultivadas; mientras  en 1803 representaban el 22% del suelo, en 1857, según el Anuario Estadístico de España, las tierras en cultivo eran el 55%.  Esto equivalía a 41.217.138 fanegas.

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