12 feb. 2017

GODOY Y LA REINA MARÍA LUISA (I)

Con el valor de relleno complementario a los datos biográficos de Godoy, no podemos dejar de bosquejar, siquiera someramente, la figura de la reina consorte María Luisa.  Esta reina, en todo momento, ha gozado de muy mala prensa.  Espronceda, en un arrebato romántico de los suyos, la llama "impura prostituta", y Manuel Machado, que entendía mucho de caballos, la llamó ambiguamente "amazona mejor montada de lo que conviene" y "arrogante vieja".  Había sido educada  en el ambiente versallesco de la corte de Parma. Tenía escasa inclinación a los estudios y a la lectura, pese a ser "preceptuada" nada menos que de Condillc.  Cortesía, ingenio, gracia, viveza, encanto irresistible y gentileza son sus cualidades y no pasan inadvertidas por sus coetáneos.  Madrid, Aranjuez, El Escorial, El Pardo, palacetes, casitas de recreo, tapicerías, mobiliario francés son pruebas del fasto y depurado gusto de la italiana María Luisa.
Aducimos tres retratos complementarios. El primero es el cuadro LA FAMILIA DE CARLOS IV, de Goya, que resulta ser el más expresivo documento histórico de esta curiosa familia.  En este cuadro, el eje de la composición gira en torno a ella, que es quien concentra la luz crepuscular de la pintura, obligando al espectador a concentrar la mirada en la reina por encima de su marido.  Goya no hizo concesión alguna a la autoridad real al respecto.  Mirada penetrante de esos ojos como cuentas de azabache, auténticos taladros.  El busto erguido con arrogancia casi violenta; los labios sutiles, entreabiertos en una mueca que quizá trate de ser sonrisa, bajo la nariz corva y la barba incisiva, provocan en el que mira una sensación de repulsión, subrayada, indudablemente, por el contrate con su juvenil atuendo.  Es ésta la imagen inequívoca de una mujer ridículamente presumida, egoísta y muy altanera.  A su lado, la nobleza mansa e inexpresiva de su esposo parece de otro mundo.
El segundo retrato es el fisionómico, que os lo refleja el diplomático Zinoviev:

"Partos repetidos (la reina tuvo once alumbramientos sencillos y uno doble), indisposiciones y acaso un germen de enfermedad hereditaria la han marchitado por completo.  El matiz de su tez, que se ha hecho amarillento, y la pérdida de sus dientes, reemplazados artificialmente en su mayoría, fueron el golpe mortal para su aspecto."

Y el tercer retrato pertenece al canónigo Juan Escoiquiz, a quien muchos historiadores han tachado de ambicioso, intrigante, hipócrita y responsable del pérfido carácter de Fernando VII.  De la catadura moral de este sujeto (del que ya hablaremos) es lógico que salgan estos trazos de María Luisa:

"Una constitución ardiente y voluptuosa; una figura, aunque no hermosa, atractiva; una viveza y gracia extraordinarias en todos sus movimientos; un carácter aparentemente amable y tierno, y una sagacidad poco común para ganar los corazones, perfeccionada por una educación fina y por el trato del mundo, de que una excesiva etiqueta no privó, como sucedía en España, sus primeros años, le habían de dar precisamente, aunque a los catorce años de su edad, época de su casamiento, un imperio decisivo sobre un joven esposo del carácter de Carlos IV, lleno de inocencia y aun de total ignorancia en materia de amor, criado como un novicio, de solo dieciséis años, de un corazón sencillo y recto y de una bondad que daba en el extremo de la  flaqueza.  A sus brillantes cualidades exteriores, ya enunciadas, juntaba un corazón naturalmente vicioso, incapaz de un verdadero cariño, un egoísmo extremado, una astucia refinada, una hipocresía y un disimulo increíbles y un talento que, aunque claro, dominado por sus pasiones, no se ocupaba más que en hallar medios de satisfacerlas, y miraba como un tormento intolerable toda aplicación a cualquier asunto verdaderamente útil y serio."