22 abr. 2015

LA CUESTIÓN JUDÍA (II)

Se podrían buscar razones que expliquen el mecanismo del proceso que desencadenó la catástrofe, motivos que nos ayuden a comprender la buena o mala voluntad con se llevó a cabo la expulsión de los judíos, pero, por explicado que todo esté, no por ello quedaría en absoluto justificado uno de los mayores dislates históricos en la Historia de las Españas.
No sería oportuno ni acertado descargar toda la culpa sobre unos reyes que, a pesar de todo, trataron de evitar, al menos sobre el papel, que la injusticia llegara a mayores extremos. Los más acerbos sufrimientos les vinieron a los judíos del mismo pueblo cristiano con el que convivían, de sus envidiosos y codiciosos vecinos, de los esbirros que los custodiaron, de los especuladores que cayeron como buitres sobre sus despojos, de los devotos fanatizados por el clero, que llegaron a creer incluso que las penalidades que hicieron sufrir a los judíos no eran más que el azote con que Dios castigaba su negativa a bautizarse.
En la sociedad medieval la conjunción existente entre comunidad política y comunidad religiosa era tan íntima que llegaban a identificarse en la mayoría de las ocasiones. Los estados cristianos medievales constituían la cristinadad. La fe era el signo distintivo de esa sociedad. A pesar de que, teóricamente, en una sociedad semejante no cabían los que no eran cristianos, se aceptó, sin embargo, la presencia de los judíos y de los musulmanes, en unos términos de tolerancia que podrían servir de ejemplo todavía hoy. En la España medieval destacó precisamente este aspecto de respeto mutu, del que podrían ser una elocuente muestra estas palabras de Alfonspo X el Sabio:

"Fuerza nin premia non deben facer en ninguna manera a ningunt judío porque se torne cristiano, mas con buenos exemplos, et con los dicho de las santas escripturas et con falagos los deben los cristianos convertir a la fe de nuestro señor Jesucristo; ca nuestro señor Dios non quiere nin ama seervicio quel sea fecho por la fuerza... Otrosí mandamos que después que algunos judíos se tornaren cristianos, que todos los del nuestro señorío los honren... et que puedan haber todos los oficios et las honras que han los otros cristianos".


Las comunidades judías o aljamas, constituían dentro de la población cristiana un grupo perfectamente diferenciado, no sólo por sus creencias y prácticas religiosas. Su moral familiar contrastaba profundamente con las costumbres de la población cristiana. Mientras que entre aquéllos, por ejemplo, no eran frecuentes las relaciones sexuales extramatrimoniales, la moral sexual de los cristianos era manifiestamente relajada.
Los niños judíos aprendían las primeras letras y los principios de la religión en la sinagoga, si bien acudían a los centros generales para realizar estudios superiores. Cada aljama tenía sus propios jueces, con competencia no sólo en asuntos contenciosos, sino, incluso, en los criminales, si bien estas atribuciones se irían limitando con el tiempo.
Los judíos, por otra parte, se dedicaban preferentemente al comercio. Aparte del peso de su tradición mercantil y del estímulo que les ofrecía el creer, según su religión, que las bendiciones divinas se expresaban en la prosperidad económica, hubo otro factor que obligó a los judíos a concentrar su actividad en el dinero y en el comercio. En efecto, dado el carácter precario de la tolerancia que gozaban dentro de la ciudad cristiana, no faltaban motivos, de vez en cuando, para que se suspendiera semejante actitud y se tratara de aplicar con rigor el esquema teórico. En consecuencia, se fue vedando a los judíos el ejercicio de otras muchas profesiones, como, por ejemplo, las de médico, boticario, cirujano, etc.
Su inteligencia y habilidad, así como la posesión de técnicas avanzadas de contabilidad y registro, desconocidas por otros sectores de la población, les permitió acumular riquezas y dedicarse al lucrativo negocio de prestar dineros a rédito. En épocas de guerra y revoluciones, la práctica de la usura por parte de los judíos llegó a extremos realmente abusivos, ya que aumentaba la presión fiscal sobre toda la población, debido al esfuerzo bélico y, al mismo tiempo, la producción disminuía a ser devastados los campos, a causa de las levas de hombres y, en fin, como consecuencia de la paralización que experimentaban los transportes y el comercio.

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