2 abr. 2015

EL OFICIO DE "NAVEGANTE Y DESCUBRIDOR"

Ahora bien, ¿qué productos eran aquellos que constituían el objeto de tan prometedor comercio? En primer lugar, y como símbolo de todos ellos, estaban las famosas especias, sustancias aromáticas con las que se sazonaban los manjares y guisados en las mesas que podían permitírselo. El arte culinario de la Baja Edad Media había conseguido prodigios de exquisitez. Las pantagruélicas ingestiones a que sometían sus vientres los "gourmets" con posibles exigían el punto aromático y la acción estimulante y digestiva de las especias, como el clavo, el azafrán, la pimienta, la canela, la nuez moscada, el jengibre y otras muchas plantas, en su mayor parte desconocidas en la flora occidental, que sólo se hallaban en los países asiáticos.
Al mismo tiempo, en Europa escaseaban los pastos invernales, por lo que los ganaderos, antes que ver morir de hambre gran parte de sus rebaños, preferían sacrificarlos al llegar el otoño y conservar sus carnes en forma de salazones y embutidos con que alimentar a una poblaci´pon para la que el invierno solía llegar regularmente acompañado por el espectro del hambre. Su fabricación determina una continua demanda de sal -suministrada, desde tiempos inmemoriales, por las salinas del sur de Europa- y de especias conservantes.
Muchas de éstas eran imprescindibles también en la farmacopea de la época, que además necesitaba otros productos que solamente se producían fuera de Europa, como el azúcar y el ruibarbo, planta originaria de China, cuya raíz purgante era complemento obligado de todos los excesos gastronómicos.
Las clases nobles y los ricos burgueses no encontraban límites en la demanda de artículos de un lujo cada vez más refinado. Los incómodos tejidos de lana comienzan a ser sustituidos por las delicadezas de la seda china y el algodón indio. Las esmeraldas de la India, los zafiros de Ceilán, los rubíes del Tibet y el oro de donde fuese constituían otros capítulos en la lista de necesidades que la alta sociedad europea había llegado a considerar indispensables.
Junto al puro interés económico no faltaban otros motivos menos materiales, pero aptísimos para estimular a enrolarse en tan difíciles empresas a quienes menos ventajas económicas podían esperar de ellas. En primer lugar, figuraban los ideales religiosos, en los que se unía el antiguo espíritu de las cruzadas medievales a las aspiraciones misioneras y evangelizadoras que habían puesto de moda las órdenes mendicantes de dominicos y franciscanos. Semejante ideal tendia a vincular al ámbito religioso de la cristiandad a los "salvajes" que se fueran bautizando. Sin embargo, no faltaban quienes soñaban con vincularlos también al carro político y económico.
Mucho más populares y atractivas eran las leyendas que corrían sobre países fabulosos, entre los que ni siquiera se excluía el Paraíso Terrenal. Así, por ejemplo, recordemos las leyendas que hablaban de las tierras en que manaba la fuente de la Eterna Juventud, el alucinante país de Eldorado, la tierra de las Amazonas, la isla Antilla o las Siete Ciudades de Cibola, una de las muchas que integraban el país de San Balabdrán, en donde suponía la leyenda que se había refugiado un santo bretón, de la época de las persecuciones,, llamado Badrán o Balandrán; se decía que muchos magnates visigodos se habían marchado también a aaquel país a raíz de la invasión musulmana del siglo VIII. Se imaginaba como un país donde no faltaban islas flotantes, situado en los confines del occidente extremo, allí donde se encontraba la puerta del Paraíso Terrenal. Además de las leyendas medievales, también había otras tomadas de la tradición clásica, como el mito de la Atlántid o la supuesta profecía de Séneca en que se vaticinaba el descubrimiento de nuevos mundos:

"Vendrán tiempos en el transcurso de los años, ante quienes el Océano abrirá las puertas de las cosas y quedará a la vista una tierra ingente, en que Tetis (el mar) nos revelará nuevos mundos y ya no será Tule el último confín de la Tierra"


En nadie podían hacer mella más profunda todos estos alicientes que en los hombres del Renacimiento. He ahí el motor fundamental de los descubrimientos. El Renacimiento crea un tipo de hombre particular, independiente, libre, de fuerte personalidad, creador del espíritu de empresa, de la aventura heroica y gloriosa y del gran capitán al estilo antiguo; que rompe los marcos intelectuales, sociales y geográficos de la Edad Media; qeu caepta el peligro por la fama, el renombre y el provecho personal que pueden reportarle.
Pioneros de ese nuevo estilo eran los hombres de empresa de las florecientes ciudades italianas que gobernaban el comercio durante la Baja Edad Media. Venecia, Pisa, Génova, Florencia y Nápoles habían destacado a sus hombres por todo el Mediterráneo. Muchos de ellos habían servido como navegantes o como banqueros a los reyes de Portugal y Castilla. En Sevilla, Cádiz, Jerez de la Frontera, Puerto de Santa María y Sanlúcar de Barrameda se habían establecido muchos genoveses interesados en las empresas marítimas castellanas, como, por ejemplo, en la colonización de las islas Canarias. No sólo acudían aventureros y factores comerciales adscritos a las grandes firmas; también los miembros de la nobleza se afincaron en la región, se unieron a la nobleza local y sus descendientes se hispanizaron totalmente. Así sabemos que lo hicieron no sólo los genoveses, sino también, aunque en menor proporción, los florentinos, venecianos, flamencos y algunos franceses.

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