2 abr. 2015

EL OFICIO DE "NAVEGANTE Y DESCUBRIDOR" (II)

A partir del siglo XV, que es cuando se marca el auge de este movimiento, la mentalidad de los aristócratas de la periferia peninsular se hace cada vez más diversa de la que inspiraba la vida y conducta de los nobles de tierra adentro. Mientras éstos seguían apegados a las tierras de donde obtenían sus recursos económicos y huian de toda actividad que pareciera incompatible con los ideales caballerescos de la Edad Media, los nobles de las tierras costeras, en especial los andaluces, no tenían inconveniente alguno en dedicarse al comercio y a los negocios; algunas casas nobiliarias, como las de los duques de Medinacelli y los de Medina-Sidonia, la de los marqueses de Cádiz, etc... no tuvieron, en ocasiones, escrúpulos en financiar empresas medio comerciales, medio piráticas, al estilo de las que también realizaban por entonces los navegantes portugueses.
La navegación oceánica, dirigida a las costas occidentales de África, no sólo proporcionó cuantiosas riquezas a los empresarios, sino que hizo de los marinernos andaluces los más expertos conocedores de aquellos mares. Entre todos ellos destacaban, según el cronista Alonso de Palencia, los marineros de Palos, adonde, tiempo adelante, iría Colón a buscar tripulantes y buques para su empresa.
La convergencia de todos estos elementos no habría bastado para llevar a cabo más altas empresas si los interesados en realizarlas no hubieran contado con las valiosas aportaciones de la ciencia y la técnica de la época.
Los relatos de algunos viajeros y navegantes cristianos, árabes y judíos de los siglos XII al XIV habían ampliado el horizonte de la ciencia geográfica con datos concretos que daban cuerpo a las descripciones legendarias y fabulosas. Benjamín de Tudela (m. en 1173), rabino de Navarra, con el fin de reanudar las relaciones económicas y culturales entre las comunidades israelitas de todo el mundo, había llegado hasta Ceilán y, posiblemente, hasta la mismísima China, en un viaje que le ocupó cerca de catorce años. Sin embargo, los más conocidos de todos los relatos de viajes fueron Il Millione, de Marco Polo (1254-1324), y los del viajero árabe Ibn Batuta, que recogían sus experiencias y observaciones de veinticinco años de viajes por el mundo islámico, desde Tombuctú (ÁFrica) hasta Delhi (India).
A falta de mejores soluciones, la necesidad de representar gráficamente el contorno de los países descritos en éstos y en otros relatos llevó a la divulgación de las ideas geográficas del astrónommo del siglo II Claudio Tolomeo, que si bien concebía la tierra como una esfera, distribuía de tal forma los mares y las tierras, que las costas de Japón (Cipango) y las de Europa quedaban frente a frente, separadas por un único mar.
Al mismo tiempo, la cartografía venía realizando serios avances desde mediados del siglo XIII. Los más antiguos mapas, llamados portulanos, en los que se describían las costas y, en especial, los puertos con extremada meticulosidad, son, probablemente, de origen mallorquín o catalán. Durante el siglo XIV florece en Génova una escuela de cartógafos que amplía constantemente sus horizontes con lo datos que aportan las expediciones que regresan a su puerto. Sin embargo, la tradición cartográfica no se extingue en Mallorca, donde, precisamente en el siglo XIV, se conoce la existencia de una escuela de cartógrafos, judíos o conversos, cuyas producciones atestiguan un conocimiento detallado, incluso sobre países muy distantes.
Es de creer que las intensas relaciones existentes entre las comunidades judías de todo el mundo, de las que son un claro indicio los viajes del citado Benjamín de Tudela, contribuyeron al desarrollo de la cartografía mallorquina. Así, los judíos de Somalia y el Senegal, que fueron muy numerosos hasta que el fanatismo musulmán los expulsó en el siglo XV, mantenían contacto con sus correligionarios de España. Sea de ello lo que fuere, el hecho es que entre los mejores cartógrafos y geógrafos del mundo en los siglos XIV y XV figuraban los juedo-españoles Abraham Cresques, mallorquín y autor de la famosa carta catalana de 1375; Jafuda Cresques, que al bautizarse tomó el nombre de Jaime Ribes, llamado en 1438 a Portugal por don Enrique el Navegante, fue conocido universalmente con el nombre de "el maestro Jacobo de Mallorca". Pero sobre todos destacó el salmantino Abraham Zacuto (1452-1515), autor del Almanaque perpetuo, las Tablas de Declinación y las Tablas del Sol, entre otras valiosas obras.

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