30 ene. 2015

EL COMPROMISO DE CASPE (II)

Cabe la posibilidad de que en los últimos momentos de su vida, Martín el Humano enviase una embajada a Fernando -comprometido en aquellos momentos en la campaña granadina y auténtico "hombre fuerte" del panorama político peninsular-, con el fin de solicitar de él una entrevista para discutir el problema sucesorio. Sin embargo no parece probable que de tales contactos surgiese una declaración abierta por parte del Trastámara en favor de sus derechos a la Corona Aragonesa. Don Fernando era lo bastante prudente como para considerar que en aquellos momentos a lo más que podía aspirar era a prepararse su candidatura; y eso sí supo hacerlo con gran habilidad.
En primer lugar, empezó a presentar ante el Parlamento de Cataluña sus reivindicaciones, aunque sin atosigamientos, a fin de evitar recelos. Lo más rentable, de momento, eran las maniobras de pequeña envergadura: atracción de los catalanes antiurgelistas, acantonamiento de fuerzas en la frontera, negociaciones con Luis de Calabria proponiéndole una compensación económica en caso de que fuera excluído del trono, intervención a favor del Parlamento de Alcañiz...
Otra baza decisiva jugaría a favor del partido fernandista: la presencia en Ayllón de Vicente Ferrer, en itinerante misión de proselitismo contra los judíos. En la persona del infante acabó viendo el elemento idóneo para concluir con las discordias civiles en territorio de la Corona de Aragón y con el cisma que dividía a la Iglesia.
Por último, la supuesta petición de ayuda a los granadinos por parte de Jaime de Urgel constituiría un factor desfavorable e impolítico para su candidatura, cuando precisamente don Fernando aparecía como el paladín de la cristiandad hispánica en su intento de retomar el hilo de la secular empresa reconquistadora.
De los nueve compromisarios incluidos en la lista (Mallorca, que podría haber equilibrado la balanza, estuvo ausente al final) y reunidos en Caspe, seis eran contrarios a la causa del conde de Urgel, dos abiertamente fernandinos y dos muy vinculados a la causa pontificia. El prestigio moral de Vicente Ferrer y la falta de entusiasmo de los otros tres compromisarios hicieron que la causa de Fernando el de Antequera acabara triunfando sin remisión.
Aunque hay quien lo ha sugerido, no podemos tomar demasiado al pie de la letra la idea de que el Compromiso de Caspe supusiera la revancha "continentalista" de Aragón frente al "mediterranismos" de Cataluña. Fernando el de Antequera no descuidó en su corto reinado los asuntos de la "confederación" mediterránea. Todos los autores parecen estar de acuerdo en que este monarca echó las bases de lo que va a ser la gran política italiana de Alfonso V. Elementos importantes de esta tendencia serán, por un lado, los acuerdos con el soldán de Egipto (1414) para reavivar las actividades del consulado catalán en Alejandría, los cuales tendrán su paralelo con otros semejantes firmados con el sultán de Fez. De otro lado, Fernando conseguirá del Pontífice la investidura sobre la soberanía de Cerdeña y Sicilia. En esta última, el de Antequera hubo de poner fin a las hostilidades latentes entre el conde de Módica y la viuda de Martín el Joven mediante el nombramiento de su hijo, el infante don Juan, como virrey de las posesiones mediterráneas. Esta circunstancia le colocaba en excelente posición para intervenir en el futuro en los asuntos de Nápoles, desgarrado, en aquel entonces, por las disputas entre dos facciones rivales: los angevinos y los durazzianos.
Esta política mediterránea, que se había visto reforzzada por el beneplácito del Papa, quedó en cierto modo empañada a principios de 1416 por la actitud que Fernando se vio obligado a adoptar ante los hechos consumados: la negativa de obediencia de este pontífice (Benedicto XIII), a quien tanto había debido, en pro del interés general de la Iglesia, que habría de materializarse en el Concilio de Constanza.
El carácter de soberano elegido que tenía Fernando I fue uno de los motivos que dieron lugar a la reavivación del pactismo en Cataluña. Las Cortes de 1413 sacaron a la luz algunas de las diferencias existentes entre burgueses y caballeros, cuya falta de coordinación había impedido a Cataluña jugar un papel más decisivo en el Compromiso de Caspe. Sin embargo, dadas las graves circunstancias del momento, estas Cortes fueron fructíferas para el pactismo catalán. En ellas, la Diputació del General de Catalunya se define como la institución fundamental del principado. Por otra parte, se determinó que el monarca no podría dictar disposiciones en materias sujetas a juicio, ni incumplir los acuerdos tomados en justicia por el canciller y el vicecanciller. Como paralelo de estas tentativas pactistas, se producía también una reacción feudalizante: las Constituciones Com a Molts, que favorecieron a los señores de la tierra.
Vencido el conde de Urgel, las Cortes de Tortosa-Montblanch de 1413-1414, pese a constituir otro intento de embestida del pactismo, encontraron ya una institución monárquica, que, por pisar terreno más firme, pudo negarse a ceder frente a algunas de las propuestas. ¿Arrancó de ese momento la desconfianza que los catalanes acabaron mostrando hacia la nueva dinastía? Relativamente. No se puede juzgar tal posición a través de una serie de agravios que se presentan al monarca, ya que no constituían tampoco ninguna novedad. Las tensiones venían desde otro lado: la pugna entre el pactismo -identificado con los grupos más privilegiados- y el autoritarismo monárquico, que, aunque de forma un tanto vaga, empezaba a encontrar su soporte principal en las reivindicaciones de los humildes: artesanos y payeses. Ni bajo Fernando ni bajo su sucesor se verán resueltos estos problemas, tanto de índole política como social. Sin embargo, se mantendrán demanera sorda hasta que desemboquen en el estallido revolucionario bajo Juan II.

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