17 ene. 2015

CORONA DE ARAGÓN ANTE LA BAJA EDAD MEDIA

Cuando Jaime II muere en 1327, la Corona de Aragón es, sin lugar a dudas, una de las primeras potencias en el panorama político del Occidente europeo. Su heredero, Alfonso IV el Benigno, a lo largo de sus nueve años de reinado (1327-1336) va a intentar seguir la política de intervencionismo en los asuntos peninsulares, de la que su antecesor había sido consumado maestro. Sin embargo, estos deseos acabarán manifestándose como imposibles en cuanto un monarca de la energía de Alfonso XI sepa restablecer en Castilla todo el prestigio de la autoridad monárquica.
A la muerte de la primera mujer del soberano catalano-aragonés, Teresa de Entenza, éste contraerá matrimonio con una hermana del castellano, Leonor. El problema de sucesión no existía en estos momentos, ya que de la primera unión había un hijo, el futuro Pedro IV; pero las intrigas de la infanta castellana consiguieron del débil monarca aragonés arrancar donaciones para los frutos de su matrimonio: los infantes don Fernando (convertido en marqués de Tortosa) y don Juan. Ello creará una sorda hostilidad entre el heredero de la Corona y la actitud oficial de la corte. Mientras viva Alfonso IV, su primogénito va a residir en Zaragoza, adoptando una postura abiertamente anticastellanista.
A los problemas familiares se sumaron los derivados de la pacificación de la isla de Cerdeña por "El Benigno".
Al comenzar su reinado, los pisanos habían perdido en realidad toda su influencia en el territorio, gracias al gran esfuerzo militar desplegado por Jaime II. Los catalano-aragoneses ejercían su control sobre un amplio espacio, pero hubieron de enfrentarse con nuevos rivales: las familias de los Doria y Malaspina, apoyados por los genoveses y con su principal bastión en Sassari. El juez Hugo de Arborea, aunque disgustado con la actitud de los oficiales reales, se mantenía fiel a la soberanía aragonesa. Alfonso IV, pese a sus buenos deseos, no podrá evitar que estalle una revuelta casi general en la isla. Sassari fue ocupada por fuerzas catalanas, y perdió sus viejos privilegios. Sin embargo, la pacificación no era más que ficticia, pues Génova no deseaba renunciar tan fácilmente a su vieja influencia.
El choque entre los marinos catalanes y los de la república de San Jorge se hizo inevitable. La guerra, sin embargo, fue llevada de una forma un tanto desigual, a base de operaciones en corso, que resultaban sumamente perjudiciales para los dos bandos en lucha. A la vez que los barcos catalanes atacaban las costas de Liguria, los genoveses hacían lo propio en el litoral del principado y reavivaban el fuego de la rebelión entre la población sarda.
Cuando Alfonso IV muere, en 1336, la posición de sus súbditos en Cerdeña es harto comprometida. Algunos años después el problema se complicará al sumarse a la revuelta los propios jueces de Arborea.

2 comentarios:

JOSE dijo...

es incorrecto, a pesar de los debates surgidos, referirse a la Corona de Aragón como corona catalano-aragonesa, puesto que esta denominación fue establecida en el siglo XIX y surge a partir de la renaixença, en obras como la monografía de Antonio de Bofarull y Broca, La confederación catalano-aragonesa (Barcelona, Luis Tasso, 1872). Entre los siglos XIII y XV, el conjunto de las posesiones del rey era designado con variados nombres como «Corona regni Aragonum» (Corona del reino de Aragón), «Corona Regum Aragoniae» (Corona de los Reyes de Aragón), «Corona Aragonum» (Corona de Aragón) o «Corona Regia»,por lo cual los terminos catalano-aragones , o corona catalano-aragonesa son incorrectos.

FRANCISCO GIJON dijo...

Estimado José

Agradezco el matiz y comparto su punto de vista, pero el motivo por el que hago uso de esta definición es para adjetivar, no para sustantivar, y en tal caso para mí es legítimo (y lo encontramos, como Vd. mismo sugiere, en otros autores). Pasa lo mismo cuando hablamos de las tropas lusitano-castellanas (compuestas por gentes de ambos pueblos) y, en el caso del término "catalano-aragonés" incumbe a la incuestionable relación entre ambos pueblos y zonas geográficas en los puntuales momentos en que su historia, política, comercio, intereses, etc... van de la mano (que es casi siempre durante muchas décadas). Como sustantivo simple sería, en efecto, un término a matizar (y Vd. lo ha hecho estupendamente); pero entiendo que, dados los fines didácticos que se persiguen -accesibles a cualquier lector de cualquier país-, se trata de una definición legítima por su propia esencia aclaratoria.
Quedo muy agradecido por su comentario, el cual ilustrará sensiblemente a los lectores y aporta además una idea que se acometerá cuando lleguemos al siglo XIX.
Un abrazo y, de nuevo, gracias