20 jun. 2017

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

El empeño de los liberales por acostumbrar a una sociedad hecha al absolutismo a que gozara de la libertad, los esfuerzos encaminados a poner orden en la Hacienda pública, sus acertadas reformas en el sistema monetario y en otros campos (que los hubo), fueron suprimidos de un plumazo por Fernando VII.  Llegó a hablarse de toda la obra del Trienio en tono de abominación, y de los llamados "tres años", como algo que no existió.  Era el mismo error cometido diez años antes, al olvidar la obra de las Cortes de Cádiz.
El mismo día 1 de octubre, Fernando VII declaraba por decreto lo siguiente:

"Nulos y de ningún valor todos lo actos del gobierno llamado constitucional que ha dominado a mis pueblos desde el 7 de marzo hasta hoy, día 1 de octubre de 1823, declarando, como declaro, que en toda esta época he carecido de libertad, obligado a sancionar las leyes y a expedir las órdenes, decretos y reglamentos, que contra mi voluntad se meditaban y expedían por el mismo gobierno."

Las "depuraciones" y la represión dieron comienzo.  Recuérdese que el rey había ofrecido un "olvido general, completo y absoluto de todo lo pasado sin excepción alguna".  Poco después empezaría a despuntar diciendo: "He prometido un olvido general en cuanto a opiniones, no en cuanto a hechos".
Existen suficientes documentos para hablar de una reacción absolutista violenta, cruel y con seis años de duración.  Toda una represalia.  Cien días antes de la capitulación de Cádiz ya era público y notorio un edicto por el que se condenaba a muerte a todo los diputados liberales.  Se crearon comisiones militares y Juntas llamadas "de Fe" para perseguir a los reos de delitos políticos, a liberales y a... masones. 
El embajador ruso y el gabinete francés tuvieron que intervenir enérgicamente para aplacar el ansia de venganza.  Angulema llegará a conminar a Fernando VII para que cambie de actitud, pues hasta el momento se había limitado a practicar detenciones, a promulgar decretos arbitrarios y a sembrar inquietud, temor y descontento.
El propio Luis XVIII le refresca la memoria al "Deseado" sobre las promesas de morigeración;

"Un despotismo ciego, lejos de aumentar el poder de los reyes lo debilita; porque si su poderío no tiene reglas, si no reconoce ley alguna, pronto sucumbe bajo el peso de sus propios caprichos; la administración se destruye, la confianza se retira, el crédito se pierde y los pueblos, inquietos y atormentados, se precipitan en las revoluciones."

Mientras Fernando VII era aclamado por los sectores más reaccionarios del país, y los cabildos de Toledo, Sevilla, Granada, Jaén y Cuenca le hacían un grandioso donativo de 11 millones de reales; sin duda era el precio a pagar por la supervivencia de sus privilegios y propiedades.  Con este dinero, por otra parte, había que pagar los dos millones de francos mensuales, precio que costaba sostener el ejército francés en España. La estancia de este ejército en el país durará largo tiempo, prueba del miedo, real o exagerado, del monarca español.
Las depuraciones seguían su curso.  Riego era ahorcado en la plaza de la Cebada de Madrid (suerte corrida por otros muchos liberales).  Gran número de éstos dieron con sus huesos en la cárcel o en el patíbulo, merced a una sociedad secreta de signo represivo, llamada "ángel exterminador".
La plana mayor del liberalismo español emigra.  Muchos diputados y comerciantes se refugian en... Gibraltar, lugar apto para mantener continuos contactos (¿qué habría sido de España sin la colonia británica de Gibraltar?).  En 1824, Inglaterra albergaba más de 1.000 familias de emigrados españoles, entre ellos el marino y matemático Císcar, militares como Torrijos, el botánico La Gasca, el mejor economista español de la época, Flórez Estrada; comerciantes y hombres de negocios como Istúriz o Mendizábal, guerrilleros y gran cantidad de eclesiásticos.  A Francia llegan muchos prisioneros de guerra, distribuidos en depósitos u obligados a repartirse.  En París reside la élite de los Toreno, Martínez de la Rosa, etc.  Tras la revolución de 1830 y la implantación de Luis Felipe, los refugiados de Inglaterra se desplazaron casi en su totalidad al país galo.

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