4 mar. 2017

LOS FUSILAMIENTOS DEL 3 DE MAYO Y LA CARGA DE LOS MAMELUCOS (CAMINO DE BAYONA)

Media España estaba ocupada por los ejércitos napoleónicos.  La facción fernandina sólo desea que Napoleón sancione la revolución de Aranjuez, y comienza su abanico de bajezas.  Carlos IV está realizando el papel más triste de sus veinte años de reinado.  María Luisa pierde los nervios y sólo desea que Murat rescate al prisionero Godoy.  La falta de dignidad de los reyes padres llega al punto de escribir a Murat cartas que todavía hoy causan rubor viniendo de unos monarcas.  Veamos una muestra:

"Mi hijo es de muy mal corazón, su carácter es sanguinario, jamás ha tenido cariño a su padre ni a mí, sus consejeros son sanguinarios también; no se complacen sino en hacer infelices, y no hay amor de padre ni de madre que les haga fuerza.  Quieren hacernos todo el mal posible; pero el Rey y yo tenemos más interés en salvar la vida y el honor de nuestro inocente amigo que los nuestros propios.  Mi hijo es enemigo de los franceses, por más que él diga lo contrario.  Yo temo que él haga algún atentado contra ellos.  El pueblo está ganando a fuerza de dinero, y ellos le inflaman contra el pobre Príncipe de la Paz, el Rey, mi marido, y yo, porque somos aliados de los franceses y porque los hemos hecho venir.  Ellos tienen a mi hijo a su frente, aunque él procura ganar al Emperador, al gran duque de Berg y a los franceses para darles con más seguridad el golpe.  Ayer por la noche hemos dicho al general que manda las tropas del gran duque que somos aliados de los franceses y que nuestras tropas irán siempre aliadas con las suyas; se entiende, las que tenemos aquí, porque de las otras no podemos disponer y aun de estas últimas ignoramos las órdenes que mi hijo les habrá dado; pero nos pondríamos a su frente para que nos obedeciesen, esto es, para que estuvieran de parte de los franceses."

Murat, en su ambición de que su cuñado Napoleón le conceda el trono de España, trabaja en Madrid para dejar vacante el trono español.
Murat y Savary invitan a Fernando VII para que salga a Burgos a recibir a Napoleón.  Napoleón no espera ni en Burgos ni en Vitoria; aquí ya no quería continuar el viaje, al que se oponían también algunos cortesanos y el pueblo, que pretendió cortar los tirantes del coche.  Pero Fernando, estimulado por una carta del Emperador de los franceses, decidió seguir a Bayona.  Pocos días después llegaban también a la ciudad francesa Carlos IV, María Luisa y el ya liberado Godoy.
Una vez que Napoleón se encuentre en Santa Elena dirá: "Cuando los tuve a todos reunidos en Bayona... tuve el nudo gordiano ante mí, y no lo corté".
En Bayona, padre e hijo ofrecen unas escenas bochornosas y preñadas de debilidad.  Bonaparte jugaba con ellos como el gato con el ratón.  Consiguió que Fernando VII abdicase en su padre, sin saber que éste ya había renunciado a todos sus derechos en favor de Napoleón.  Carlos IV firmaba una cláusula cuyo artículo primero decía: "El rey Carlos... ha resuelto ceder como cede por el presente, a S.M. el emperador Napoleón todos sus derechos al trono de España e Indias"... Fernando VII y sus hermanos renunciaban también a la Corona y a sus derechos como príncipes de Asturias, a la vez que absolvían a los españoles de sus obligaciones.
Es evidente que tanto los monarcas como los infantes había renunciado de manera injustificable, cualquiera que sea la teoría política a cuya luz se consideren estos acontecimientos, las prerrogativas de su condición real.  En la crisis más trascendental de nuestra historia moderna, los monarcas, al despojarse de sus atributos, han abandonado la soberanía.
La legalidad la recoge el pueblo.
Mientras al norte de los Pirineos España perdía la independencia nacional en la otra parte sonaba la hora de la verdad.  Los españoles, en masa, se levantaban en una guerra popular, que, al decir del propio Napoleón, fue la que le perdió.
El 2 de mayo de 1808 estalla la Guerra de la Independencia, que había de durar seis años, hasta el 4 de junio de 1814, fecha en que las guarniciones francesas en España abandonan sus últimos baluartes.  Los primeros incidentes tuvieron lugar en Madrid, frente al Palacio Real, cuando Rucher, ayudante de Murat, y el general Lagrange, trataron de reprimir al pueblo que gritaba: "Vecinos, armarse, ¡viva Fernando VII!"; y "Traición, nos han llevado al rey y se nos quieren llevar a las personas reales".  Los choques entre las tropas francesas y el paisanaje se multiplicaron por los distintos barrios de la ciudad: el barrio de la Paloma, el Rastro, la plaza de la Cebada... El pincel de Goya nos ha dejado un estremecedor testimonio de lo que fue la carga de los mamelucos en la Puerta del Sol, cuando los patriotas madrileños atacaron con navajas y cuchillos a los soldados egipcios del Emperador.  Frente a la consigna de mantener las tropas "quietas y encerradas en sus cuarteles", dada por el capitán general de Madrid, don Francisco Javier Negrete, se rebelaron el capitán Pedro Velarde y los tenientes Ruiz y Daoíz, que organizaron la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, hasta que fueron aplastados por la superioridad de las tropas galas.
Aquella misma noche, los patriotas apresados por los franceses fueron fusilados en la Montaña del Príncipe Pío, escena que reviviría igualmente para la posteridad gracias al genio de Francisco de Goya.
Al mismo tiempo, las noticias de lo que había ocurrido en Madrid el 2 de mayo se difundieron por todo el país, levantando una oleada de indignación que desembocó en un levantamiento masivo contra los invasores.
No obstante el pésimo estado en que se encontraban las defensas nacionales, a pesar de que la escuadra española no se había repuesto del desastre de Trafalgar, el movimiento antifrancés logró tomar cuerpo y organizar una resistencia que terminaría con la derrota de unas tropas que, como las francesas, se tenían por invencibles.  Símbolo y expresión del levantamiento serías las palabras atribuidas al alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón:

"La patria está en peligro.  Madrid perece víctima de la perfidia francesa.  ¡Españoles! Venid a salvarla.  Mayo, 2, de 1808".

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