28 feb. 2017

LA CONJURA DEL ESCORIAL

Godoy había sido pieza clave en la política napoleónica con respecto a España entre 1804 y 1806.  Pero a finales de 1807 el emperador de los franceses cambiará de sistema.  Intenta ganarse, por medio de su embajador Beauharnais, a la oposición, esto es, al partido fernandino, que está dispuesto a ser francófilo en cuanto Bonaparte se coloque frente a Godoy.  Esta trama refleja una mayor supeditación de la política interior española a Napoleón, árbitro sin escrúpulos de toda la situación.
El emperador decide inmiscuirse en los asuntos internos para así gozar de una influencia irresistible en el presente y en el futuro del gobierno español.  "La facción fernandina, -llegó a decir Napoleón-, no se detendrá hasta que arroja al abismo a Godoy, y el día que yo quiera esta facción pasará a mi lado".  El príncipe de Asturias, de la mano de Escoiquiz, se relacionaba con Napoleón, conspirando contra su padre y patrocinando una campaña de libelos y láminas soeces que manchaban el honor de su madre y, por supuesto, el de Godoy.
La conducta del futuro Fernando VII, como reflejan los documentos que le fueron incautados, representaba una traición al Estado, y el propio Napoleón calificará la conducta de Fernando así:

"Cualquier paso de un príncipe heredero cerca de un soberano extranjero es criminal."

La conjura fue descubierta.  Escoiquiz, el duque del Infantado, el duque de San Carlos, Ayerbe, Bornos, Orjas, etc... fueron encerrados y desterrados.
Fernando, quien en la conjura tenía que entregar a su padre una memoria explicativa, dictada por Escoiquiz, y en la que debía describir a su padre las debilidades de su propia madre, fue obligado a pedir perdón a Carlos IV, quien se lo concedió por influencia de María Luisa.
Pero todos estos sucesos del proceso de El Escorial fueron achacados por el partido fernandista a Godoy.  Nadie en España creía en esta pretendida conspiración del príncipe de Asturias.  Injustamente se culpó al Príncipe de la Paz de ser el autor de la conjura y se decía que Godoy había amañado todos estos sucesos para hundir al legítimo heredero y deseado futuro rey.
A los pies del favorito de María Luisa se abría un abismo y todo se volvía contra él.  Enviados franceses, las propias memorias de Godoy, la opinión general confirman este clima hostil hacia el aborrecido ministro: los nobles, porque habían sido humillados con la fulgurante carrera de este advenedizo extremeño; la Iglesia, porque había sido atacada en sus privilegios económicos, porque había intentado reformas radicales en algunos sectores del clero y había osado enfrentarse al Santo Oficio; los ricos, porque, sin respetar privilegios ni apellidos, había hecho recaer sobre ellos el peso de las exigencias fiscales, para desahogar a los humildes a lo largo de una crisis constante; el pueblo, porque se lo presentaban como un desenfrenado hereje, que tras someter a su voluntad a un viejo y débil monarca y manchar el trono con su impudicia, aún pretendía arrebatárselo al "pobre" Fernando.
Hacia Napoleón, participante en la Conjura del Escorial, tendían las esperanzas de los españoles.  El propio emperador de los franceses mentía al negar su participación en estos sucesos, y para colmo descaraba sus engaños con fuerza:

"...desde hoy tomo al príncipe de Asturias bajo mi protección; que si se le toca en la menor cosa, o se insulta a mi embajador, o si el ejército reunido no marcha inmediatamente a Portugal, según lo convenido, declararé al instante la guerra a España, me pondré al frente de las tropas para entrar en ella..."

Y de paso mandaba que entraran más batallones en España.

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