27 feb. 2017

EL TRATADO DE FONTAINEBLEAU

Los acontecimientos eran dichosos para Godoy.  El reino de Nápoles había caído en manos de Francia, había muerto la princesa de Asturias y el partido fernandino se hallaba desmoralizado.  Napoleón seguía destrozando las fuerzas europeas en Austerlitz.  Godoy pensaba  en apartar del trono al futuro Fernando VII y éste ya le miraba como a un enemigo personal, al paso que las sospechas del hijo contra su madre, María Luisa, iban a desembocar en un odio salvaje.  Esta trama se ve influida por el canónigo Escoiquiz, hombre intrigante y ambicioso, además de hipócrita.  Escoiquiz puso en el corazón del adolescente príncipe Fernando la semilla de la sospecha contra su propia madre; y ese turbio recelo del niño hubo de pasar al alma del adulto cuando creció hasta convertirle en el hombre desconfiado, egoísta y falaz que luego sería.  El carácter pérfido del rey no se explicaría sin esta temprana duda vertida en su espíritu por Escoiquiz; torcedor que no había de permitirle descansar jamás en la seguridad de un afecto sincero, o entregarse generosamente a un ideal que se saliera de los límites de su propio interés personal.
Ya había comenzado la segunda intriga ambiciosa de Godoy sobre Portugal.  Por medio de su hombre de confianza, Izquierdo, propone a Napoleón el proyecto portugués, por el que Godoy garantizaría su existencia futura quedándose con el reino de Portugal.  Napoleón acepta y exige que rompa sus alianzas con otros países europeos, así como que altere las aduanas para favorecer la entrada de manufacturas francesas.  La respuesta de Godoy es de la más ambiciosa nitidez que se haya podido dar en un hombre de gobierno:

"España está dispuesta a hacer, aún a expensas de sus intereses, cuanto sea agradable a Su Majestad Imperial."

Dicho y hecho.  Godoy, atormentado por su oscuro porvenir y confundiendo la salvación de su propia persona con la de la propia España, sigue matizando su acción antiportuguesa, ya que España sólo puede colaborar con Francia conquistando Portugal para así librar a Napoleón del molesto amigo de Inglaterra.  Una parte de Portugal sería para Godoy, como él se lo hace decir al Emperador:

"...para aquel que lo agradecerá eternamente a las bondades de Vuestra Magestad Imperial."

Este es el croquis del Tratado de Fonainebleau del 27 de Octubre de 1807, cuyas cláusulas principales era: el reino de Portugal se dividiría en tres partes: la norte se asigna a María Luisa de Etruria.  La del sur se regala a Godoy.  La parte central, entre el Duero y el Tajo, quedaba en reserva, con el fin (aunque no constaba en el tratado) de cambiar ese territorio por las provincias españolas entre el Ebro y los Pirineos.  Esta idea imperial "a lo Carlomagno" estaba avalada por una convención secreta: 28.000 soldados franceses entrarían en España para dirigirse a Lisboa, adonde les seguiría un cuerpo español del mismo número de hombres.  El mando correspondería al general francés.  En Bayona estaría preparado un segundo ejército de 40.000 hombres.
Fuerzas españolas penetran en España.  La ocupación de Portugal es realizada con suma facilidad; la familia real portuguesa huyó a Brasil.
Pero los contingentes franceses no sólo se dedican a la ocupación de Portugal, sino que se establecen en muchas ciudades españolas.  Los temores del gobierno español no eran infundados, pues pronto el emperador reclama una serie de plazas fronterizas y el citado trueque del centro de Portugal por la zona comprendida entre el Ebro y los Pirineos.  Había comenzado la fase de desmembración; pero como no cabe oponerse, la única solución viable que propone Godoy es huir a América, como acaban de hacer los Braganza portugueses.

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