11 ago. 2016

EL MOTÍN DE ESQUILACHE (III)

Ya nos referimos, al hablar de la comercialización de los productos agrícolas, a las tácticas del almacenamiento e graos, para vender más caro e los años difíciles y en los meses mayores.  Con la esperanza de la "igualación" de los precios y justificando la libre circulación de granos, decía un informe de 1760:

"Los labradores, o son pobres o son ricos; el pobre está obligado a vender rápidamente sus granos, pues no tiene los medos necesarios para tratar a la vez de guardarlos y sembrar de nuevo.  Pero, si el año es bueno, los precios son tan bajos que este labrador pobre no saca de su renta n siquiera los gastos del cultivo; si el año es malo, la falta de cosecha es la que le arruinará."

Podemos decir que los propietarios luchan por los intereses de la tierra; los comerciantes, por la lbertad de los productos de la tierra, ya que el valor del cambo triunfa y se instala en la sociedad.  Pues bien, los trabajadores y la masa de las ciudades y los campos lucharán por la subsistencia.  Responsabilizan a la autoridad, a la que admiran, si limita las consecuencias de la escasez; la odian, si la consideran cómplice de la huida de los productos y del acaparamiento de granos.
La articulación de una típica crisis de subsistencias y el primer intento de legislación liberal sistemática, inspirada en la ideología de los ministros ilustrados, provocan la conjunción de la cólera popular y mal talante antiinovador de las clases altas.  Las gentes de la corte y la primera capa social de la ciudad se unen en al populacho en gran conformidad de tendencias y opiniones.  En la época de los reglamentos (tasas), el pueblo acusa de sus desgracias a las estaciones; después (libertad de granos) acusa a la nueva administración.  Esto era lo que había ocurrido en las Españas de Carlos III, de Equilache y de Campomanes.  La defensa del libre comercio es una de las características distintivas del pensamiento económico español del siglo XVIII cuyo más alto representante, Campomanes, lo generaliza y justifica así:

"... para mantener la competencia de los granos y evitar que se oculten, hay que abolir enteramente la tasa y restituir la confianza pública en el labrador, productor, granjero, diezmero, para que cada uno pueda vender libremente sus granos al preco corriente, lo mismo que en el caso de todos los demás productos que se compran y se venden."

Hay que tener en cuenta que esta libertad de granos se afirma en España en época de abundancia, y extraño es que Campoanes insinúe que los malos años "son más un asunto de opinión que una realidad".
Cuando en marzo de 1766 el precio del trigo alcanza su máximo estacional de crisis, ¿cómo no atribuir esa carestía a la libertad de granos y al gobierno las consecuencias de la esterilidad de los últimos años?  Estos motines españoles de 1766 sólo pueden explicarse como típicos de una crisis de subsistencias.  La sequía, las malas cosechas, el hambre, deben ser más subrayados.  Los contrastes entre los años buenos y los malos y sus secuelas en los precios son algo elemental, significativo y tremendamente explicativo.
En los cautro años que precedieron al motín, el trigo costó en Castilla 1.328 maravedíes la fanega, frente a los 788 en el curso de los siete años precedentes.  En 1766 los precios ceden; pero los motines ya estaban gestados, y pudieron ser debidos a las medidas determinadas por los propios motines.  Los precios suben en todas las provincias entre 1762 y 1767.