27 ago. 2016

DIVISIÓN POLÍTICO-ADMINISTRATIVA

España se dividía en el Antiguo Régimen en estados diversamente organizados, con legislación particular y con distintas contribuciones a la hora de participar en los gastos nacionales.
Subsisten los típicos reinos de la Reconquista: Castilla, Aragón y Navarra. Castilla, muy centralizada, tiende a hacer proselitismo de su centralismo a base de invadir el país, extendiendo su dereccho.
La administración territorial, dividida con cierta base racional, la componen doce capitanías o reinos: Castilla, la Nueva, Castilla la Vieja, Galicia, Navarra, Aragón, Cataluña, alencia, Baleares, Granada, Andalucía (Sevilla), Extremadura y Canarias, con un capitán general haciendo funciones de gobierno.  Existen, por otra parte, 32 provincias, llamadas también intendencias, donde el intendente es el principal administrador.  Castilla está compuesta por 18 provincias, seis reinos y un principado.  Provincias: Ávila, Burgos, Cuenca, Extremadura, Guadalajara, León, Madrid, La Mancha, nuevas poblaciones de Sierra Morena, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Toledo, Toro, Valladolid, Zamora e islas Canarias.  Reinos: Córdoba, Galicia, Granada, Jaén, Murcia y Sevilla o Andalucía.  Principados: Asturias.
Si los reinos revelan una personalidad geográfica e histórica y una uniformidad en la división jurídica, política y económica, las provincias exponencian una arbitrariedad total, con las consiguientes dificultades para su administración.  Algunos ejemplos de este caso: Asturias tiene 113 concejos; Ávila se divide en seis sexmos, cinco partidos y siete estados; Burgos se compone de partidos, merindades, cuadrillas y valles; León, de hermandades, pronvincias, concejos y jurisdicciones, etc.  Entre las provincias existe suma desproporción, ya que Extremadura es casi cuarenta veces más grande que Guipúzcoa.  Para completar el laberinto, unas provincias se incrustan en otras, dejando jirones, como la pronvicia de Toro, formada por tres distritos dispersos: Toro, Carrión y Reinosa.  Antequera, situada entre Sevilla, Córdoba y Granada, no pertenecía a ninguna de las tres; Baños de Palencia tenía tres feligresías pertenecientes a Orense y otra a Santiago, un lugar en la provincia de Salamanca, otro en la de Toro y una aldea en la de Cuenca.
Si a estas irregularidades sumamos las imbricaciones horizontales y verticales que deja el régimen señorial (triple jurisdicción en un mismo lugar), tendremos el típico caso del antiguo régimen.
En definitiva, el mapa general de la Península nos presenta cosas ridículas de unas provincias encajadas en otras, ángulos irregularísimos por todas partes, capitales situadas a las extremidades de sus partidos, intendencias extremísimas e intendencias muy pequeñas, obispados de cuatro leguas y obispados de setenta; tribunales cuya jurisdicción apenas se extiende fuera de los muros de una ciudad y otros que abrazan dos o tres reinos; en fin, todo aquello que debe traer consigo el desorden y la confusión.

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