12 may. 2016

LA NOBLEZA EN EL SIGLO XVIII (II)

Los hidalgos eran metafísicamente vanidosos y tenían a la propia Historia por base de su nobleza. Entre susprivilegios estaba no tener que cumplir el servicio militar, no alojar tropas en sus posesiones, no poder ser encarcelados por deudas, que sus bienes sean inembargables o tener una cárcel especial para ellos.
En Castilla la Vieja había hidalgos haciendo de vaqueros, albañiles y tejedores. Olavide nos habla de hidalgos andaluces que pedían limosnas por las calles. Tenían el título de "don", pero, como dice Cadalso, estaba este título tan desprestigiado que "llamar a uno don Pedro" o "don Juan" era tratarle de criado.
Estos hidalgos serán satirizados y tratados tan duramente como lo hace el autor de las "Cartas político-económicas":

"... las leyes podrán consignar que no hay deshonra en ser zapatero o sastre, pero mientras no digan que es deshonra la holganza, habrá siempre hidalgos que considerarán la ociosidad como la compañera inseparable de la nobleza, y juzgarán toda ocupación personal por capaz de embotar los fulgores de su ejecutoria."

Existían caballeros hidalgos afortunados, que eran miembros vitalicios de una de las cuatro órdenes militares de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa. Participaban de las rentas de las tres ciudades y 783 pueblos que tenían en Extremadura y La Mancha. A su vez, ser miembro de las Reales Maestranzas, de la orden del Toisón de Oro o de la de Carlos III traía honor y, a veces, una pensión lucrativa.
Veamos ahora las características de la distribución geográfica de esta nobleza.
Los vascos consideraban su nombleza anterior e independiente de toda concesión real, aunque, cuando la ocasión les convenía, aducían los servicios prestados a la Corona. Pero esta nobleza no es en absoluto hueca, sino una peculiar democracia que, a su vez, exponenciaba rasgos de mentalidad racista.
Navarra y Álava se caracterizaban por una transición y una transacción hacia peculiaridades nobiliarias castellanas.
En la nobleza cántabra y asturiana se va a operar una fuerte poda. Pese a sus protestas se impuso la realidad económica. Fueron ridiculizados en sátiras y entremeses, Hidalgos de Asturias y La Montaña venían a servir de lacayos, cocheros y aguadores a la corte. Eran, hasta cierto punto, un ultraje para la nobleza, que no se manchaba en estas ocupaciones, consideradas por ella como viles e indignas.
En la cuenca y norte del Duero había similitud co los de la faja cantábrica. Eran hidalgos económicamente modestos e incluso jornaleros y pastores. La tónica era de cierto desahogo económico y algo superior al del resto de la población, con la que tenían rencillas por aquello de que, con los mismos méritos y motivos, unos sí y otros no eran hidalgos.
En la faja central, del Duero al Guadalquivir, hay pocos hidalgos pobres. Abundan los acomodados y con una triple tendencia a conseguir ser titulados, a meterse en las órdenes militares, a colocarse en la Iglesia, audiencias, recogimientos, consejos, cabildos, etc... En esta zona es donde radican los fuertes núcleos nobiliarios: Madrid, Cáceres, Ávila, Toledo, Córdoba, Trujillo, Murcia, Lorca, Ronda, Úbeda, Baeza, Sevilla, Granada y Jaén.
En Cádiz, como en la costa cantábrica, apunta el fenómeno de la nobleza comerciante.
Los reinos de Aragón tenían una fisonomía especial y no poco diversificada, pero con dos rasgos comunes: una fuerte jerarquización dentro del estamento noble y una poderosa clase intermedia entre la aristocracia y la burguesía, testimonio del fuerte carácter urbano de aquellos reinos, y de que las actividades lucrativas no tuvieron nunca el sello de degradación social que llegaron a adquirir en Castilla. En conjunto, la sociedad levantina mostraba rasgos más arcaicos, aunque ya en el siglo XVIII la tradición estuviera anquilosada y reflejara un estado de cosas muy lejano de la realidad. Como antes decíamos, aunque las separaciones, jerarquizaciones y organización de la nobleza se basaran en principios semejantes revestía sus peculiaridades propias en Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca.
Esto mismo se puede decir para el resto de la nobleza castellana, dado que a espacios geográicamente extensos corresponden grandes diferencias locales.
Poniendo en cifras lo expuesto, tenemos que entre el Duero y el Cantábrico se halla concentrada casi toda la población noble (en su mayoría hidalgos), destacando Asturias, Santander y País Vasco, con más de un 10% de la población hidalga. León, Burgos y Navarra, entre el 5% y el 10% de hidalgos; Murcia, Aragón, Soria, Madrid, Valladolid, Palencia y Toro, del 1% al 5%, y el resto, menos del 1%.
Sin embargo, los nobles titulados y los grandes de España tenían una distribución geográfica totalmente contraria. De los 1.323 titulados que existían en 1797, correspondían a Guipúzcoa, 14; a Asturias, 16; a Burgos, 33, y a Vizcaya, ninguno.
Sin embargo en Madrid eran 289; en Navarra, 257; en Sevilla, 100; en Extremadura, 168, y en Cataluña, 61.
Este contraste geográfico respondería a un complejo contraste jurídico, ideológico, económico y social. Se deduce de todo ello que los nobles titulados se mantienen e incluso aumentan en número; que desciende la masa de hidalgos; que se registra una desigualdad geográfica con caracteres inversos: a zonas con gran densidad de hidalgos, pocos o ninguno titulado, y a zonas de muchos titulados responde una escasa cantidad de hidalgos. También cabe destacar una fuerte desigualdad económica entre la población noble. Mientras los titulados poseen enormes riquezas rústicas y urbanas, los hidalgos cuentan con rentas escasas y a menudo insuficientes. Todo esto nos conducirá a una carencia de unidad en el brazo estamental de la nobleza. Tal vez incluso podríamos afirmar que la nobleza en el siglo XVIII era una ficción, pues carecía de unidad interna y adolecía de representación corporativa. Se provocará una cerrazón en de la nobleza, cortando sus vías de acceso, lo que nos dará una institución hueca, sin flexibilidad, decadente, en vísperas de su extinción.

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