26 may. 2016

LA INDUSTRIA EN EL SIGLO XVIII (II)

Sobre la evolución gremial podemos extraer las siguientes conclusiones:

-Existen jerarquías y categorías dentro del gremio y hay que tener muy en cuenta que lo que hoy representa para nosotros el nivel de vida económico er para los hombres del siglo XVIII el nivel de consideración social.
-Que los gremios no se adecuan a los cambios económicos que experimenta la sociedad.
-Les faltan capitales, y por ello decaen y pasan a depender de los comerciantes y de los encargos que éstos les hacen.
-Hay mayor número de maestros que de oficiales, y por esta razón los últimos carecen de conciencia de clase.
-No se preocupan de formar un frente colectivo. No llevan a cabo acciones vinculantes y se hacen la guerra entre ellos, preocupándose exclusivamente por asegurarse los monopolios y evitar, a toda costa, la libre competencia.
-Ante las peticiones de reforma que se les hacen, no responden, lo que prueba que estaban muertos y nadie levanta la voz cuando en 1813 se decreta la supresión legal.
-Los ingresos que tenían oscilaban entre cuatro y 20 reales diarios, dependiendo de las categorías. Se puede asegurar que con manos de 10 reales una familia pasaba grandes apuros. Aduzcamos unas cifras: se podía alquilar una casa en una ciudad por 30 reales mensuales; una habitación por cuatro reales al mes; la alimentación diaria y normal para una persona siponía unos dos reales. En ropa esencial se gastaba una persona unos 120 reales al año.

Hay que tener muy en cuenta que en el reinado de Carlos IV; por las malas cosechas, las guerras, la inflación general y otros factores los precios se duplicaron, mientras que apenas subieron los salarios. Comienza ahí la tragedia entre un salario que nos e mueve y unos precios que no cesan de balar. Esta irregularidad hace que un mismo peón, con su sueldo, pueda comprar en ocasiones ocho kilos de pan al día, y en otras, con todo su sueldo, sólo uno o dos kilos diarios.
Era el pan el alimento por excelencia y objeto entre las clases inferiores de una especie de culto supersticioso. De ello nos quedan inocentes vestigios, como la costumbre de besar el pan que cae al suelo y la condena de su destrucción inútil.

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