8 may. 2016

EL CLERO EN EL SIGLO XVIII (VI)

El censo de 1797 ofrece una aportación interesante. La Iglesia cuenta, en el siglo XVIII, aproximadamente con un séptimo de las tierras productivas. Este régimen señorial facilita a la Iglesia tener jurisdicciones que le repotrten ventajas económicas y unas intervenciones que le permiten controlar a las personas que trabajan en sus enclaves, así como nombrar también a las autoridades de los municipios. Si la Iglesia, además de jurisdicción sobre la tierra, cuenta con el derecho de posesión sobre ella y sus vasallos, entonces la condiciones que marca a sus vasallos son más duras. Se puede generalizar que las condiciones de los señoríos eclesiásticos son más soportables que la de los abadengos, que tienen aún marcadas tendencias feudales.
Por esto, hay ocasiones en que los vasallos prefieren serlo del rey y se desligan del abad. A veces la posesión es de otro tipo. Si tienen derecho a cobrar un diezmo sobre los cereales, obligarán a los vasallos a que sólo siembren cereales. Esto puede traer perjuicios a las personas que cultivan y a la agricultura en general. Más de un pueblo, debido a estas medidas, se arruinó.
El 80% de los abandengos se localizan en Galicia (741), donde más del 50% de las tierras están en posesión de la Iglesia.
Toda la región del noroeste (Santander incluido) contaba con una institución curiosa y feudalizante, risible, pero a veces catastrófica. Era la "luctuosa", un derecho que tenía el abad o señor eclesiástico a percibir la mejor cabeza de ganado cuando el vasallo moría. Si no dejaba animales tomaban cualquier mueble de cuatro patas: una cama, un armario, una mesa. Por ello, el campesino gallego, antes de morir, solía deshacerse de los animales u objetos de cuatro patas. Esta institución hay que enclavarla en Galicia, con unas familias de economía miserable, apuntaladas por el minifundio y la práctica del foro.
Ésta es una descipción somera, pero no quedaría completa si no añadimos numerosas medidas caritativas por parte de los señores eclesiásticos. Muchos prelados y conventos se distinguían porsu prodigalidad. El impacto social que marca el clero en la sociedad dieciochesca hay que buscarlo también en las ceremonias religiosas; en las procesiones fastuosas y a veces teatrales; en las fiestas religiosas, hasta tal punto numerosas, que hubieron de ser reducidas por su repercusión en la economía; en los rosarios públicos; en los predicadores ardientes. Todos estos aspectos están dirigidos por el clero, quien los incrusta en la sociedad. La Iglesia enmarca las manifestaciones privadas y públicas, las capitalinas, las estatales y toda la vida familiar. La amalgama de instituciones religiosas y feudales es capaz de dirigir el modo de vida de personas más simples.

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