29 may. 2016

CLASES INFERIORES URBANAS EN EL SIGLO DE LAS LUCES (I)

En el siglo XVIII no existe aún un proletariado desarraigado en las ciudades, pero lo que sí que existe es una plebe de elementos intestables en torno a la corte. Son, en líneas generales, ciudades ordenadas, tranquilas, pequeñas; en estos núcleos parece que cada uno tiene su puesto y se respetan las jerarquías impuestas. Por ello, el motín de Esquilache (del que pronto hablaremos) con su triple carácter económico-social-político, va a adquirir gran resonancia. Los excesos y el pánico quedaron grabados en sus coetáneos. No existen, sin embargo, las fuertes dinámicas de los precios ni las alzas y bajas en la oferta y demanda de trabajo. La gente se conoce y existe familiaridad entre todas las clases, lo que no quita que en las cuestiones esenciales la separación fuera radical. Un sirviente podía tratar con cierta familiaridad a su amo, pero que no se le ocurriera jamás casarse con su hija...
Registramos un obrerismo incipiente en grandes fábricas de tipo precapitalista, donde los obreros aceptaban las durs condiciones que les eran impuestas. Vale la pena citar, por ser poco conocidos. dos chispazos del mundo obrero. No ocurrieron, como parecería lógico, en la periferia, sino en plena Castilla: en Guadalajara y Ávila.
La fábrica de paños de Guadalajara se estableció en 1717, y en 1719 ya apuntaba las primeras revueltas. En 1730 la producción es escasa y comienza a hacer aguas la factoría. Se toman medidas para economizar al máximo. A los obreros, que tenían un jornal escaso, se les rebaja en un 25%. Son por ello animados a dejar el trabajo por algunos de sus compañeros: Matías Ureta, Manuel de Murcia, Francisco Apolo, Juan Sáez y Gabriel González. Se les contesta pidiendo castigo para los promotores y mandando que se les envíen de Madrid 12 soldados y un cabo. Reclaman los obreros que no se les rebajen los jornales, que se les den las luces para seguir trabajando por la noche, que se readmita a los obreros despedidos y encarcelados y que les devuelvan una cantidad que les habían quitado por una corrida de toros, dada por vanidad de uno de sus directores. Solicitan audiencia en Madrid y no son recibidos. ASaltan la casa de un directivo (antes habían matado a otro). Llega un individuo de la capital que les anima a resistir en huelga. Pero unos por presos y otros porque vuelven al trabajo, la huelga la habían perdido tras 80 días de lucha.
En Ávila se montó una fábrica de tejidos, con técnicos extranjeros, en 1787. Se elige esta ciudad por la baratura de su mano de obra. También aquí el rebajar los salarios fue el chispazo. El choque resultó violento y el ministro Carvajal y otros funcionarios le dieron poca importancia. Los pasquines llevan la cabeza del supuesto patrón, a cuyo cuello tiene aplicado el filo de una espada. En otro pasquín un arcabuz dispara en la boca del director. Encima están los letreros amenazando con quitar la vida al director si no sube los jornales. Siguió la revuelta, hasta que el 21 de febrero de 1798 algunos obreros fueron advertidos, otro encarcelado y otro condenado a servir cinco años en el ejército.
Los chispazos había comenzado y el obrero había aprendido a conocer su fuerza y a manejar sus armas.

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