19 abr. 2016

LOS TEXTILES CLÁSICOS Y OTRAS INDUSTRIAS

Sin lugar a dudas la del algodón es la industria del siglo. Cataluña quema etapas con rapidez para superar a todos los países europeos y ponerse detrás de Inglaterra. Las invenciones inglesas presagian la Revolución Industrial. Contribuyen a la preponderancia textil catalana del siglo XIX el ritmo de desarrollo a lo largo del siglo anterior, el nivel técnico y comercial de los emprendedores catalanes, la acumulación de capital comercial, el espíritu de empresa y el apoyo de la política y la legislación borbónica.
A partir de 1768 la industria algodonera catalana alcanzó su apogeo. Sumaba la cifra de 1300 telares y muchos miles de obreros. Algunos autores hablan de 100.000, de los cuales dos tercios serían mujeres.
En 1792, por ejemplo, la industria algodonera exportaba por valor de 200 millones de reales de indianas a América. Todos los viajeros paseantes por Barcelona, así como numerosos testimonios de la época, coinciden en hablar del ardor fabril que se había despertado en toda Cataluña:

"Ya es rara la calle o callejón de esta ciudad (Barcelona) y sus arrabales en que no se vean y oigan señales de fábrica de pintados. Las entradas, los segundos, terceros y cuartos pisos de unas reducidísimas casas que llenan una o dos mesas de pintar, se han hecho oficinas de esta noble e importante industria, y pasando más allá su vulgarización y desprecio, se ven en el día confundidas en un mismo lugar las mesas de pintar, con las cubas de los taberneross y los inmundos barrizales de los hortelanos".

La mano de obra escasea y los salarios suben a fuerte ritmo. Todo ello es fruto de una industria que se desarrolla rápidamente, y caso excepcional en Europa: la jornada de trabajo se reduce a siete horas.
La producción de paños es baja: 3.500.000 varas al año. La calidad es escasa y los obradores, aunque hay muchos, se hallan dispersos. Los telares están articulados y la mano de obra es poco cualificada. Se puede hablar más de artesanos que de fabricantes. Ya nos referimos a la preocupación de la Corona y de los Cinco Gremios para salvar esta situación, pero no hubo éxito ni en Guadalajara ni en Brihuega, Cuenca, Ezcaray, etc...
Sin embargo, el viajero inglés Townsend opina del adelanto de la industria lanera catalana:

"La fábrica que me agradó más fue una de lana dirivida por D. vicente Vernis. Emplea a trescientas cincuenta personas en la fabricación de paños destinados a la América española, que realmente absorbe la mayoría de los productos de Barcelona -excepto un poco de seda que pasa de contrabando con el coñac por Guernsey, a Inglaterra-. Tiene una máquina magnífica de tamaño reducido para devanar y retorcer estambre, con lo cual una niña maneja ochenta carretes mientras otra la hace andar haciendo media al mismo tiempo... Cuando una de las dos se cansa, cambian de sitio".

Analizar los cientos de productos industriales sobrepasaría los límites de espacio proporcionales a esta Historia de las Españas.
Industrias prósperas son las de seombreros, cintas, pañueos, medias, abanicos, zapatos, tintes, papel: otra industria en auge en el siglo XVIII por la demanda de libros y de papel de envolver. Sólo en Cataluña había más de un centenar de fábricas.
Mientras en el resto de España la industria sedera vegeta o decae, en Valencia se multiplica, pasando su producción de las 60.000 libras.
Ya hemos hablado de las repercusiones de la exportación catalana de 50.000 pipas de aguardiente. Los vinos finos y olorosos de Andalucía siguen su marcha de acreditación. En Santander se establecerá, en 1787, el primer centro cervecero español; ya en 1803 enviará a América 60.000 botellas.
A la vera del camino real de Castilla van naciendo establecimientos harineros: Aguilar de Campoo, Reinosa, Pie de Concha, Pesquera, Santa Cruz, Campuzano y Zurita. Santander estaba llamada a ser el puerto de las harinas de Castilla septentrional y punto de registro para su salida a América. No sólo se moltura el trigo de la Tierra de Campos, sino también el importado. Salen para América del puerto de Santander, en los útimos lustros del siglo XVIII, más de tres millones de kilos de harina.
También se exportan más de las nueve décimas partes de la producción de corcho.

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