31 mar. 2016

ESPAÑA DESDE DENTRO EN LOS ALBORES DEL SIGLO XVIII (III)

En 1701 los embajadores franceses fueron instruidos por Luis XIV para que tomaran parte activa en el "despacho" e influyeran directamente sobre la política nacional española. Amelot, en esta línea, se comportó como uno de los más grandes ministros de la Corona. Administración y finanzas le tuvieron ocupado día y noche. Los "grandes de España" protestaron ante la intromisión en "sus derechos". Las alteraciones que provoca Amelot se centran en la posición que gozan los grandes y en las funciones de la administración centra. Los grandes son una casta ya degenerada y un obstáculo manifiesto para una monarquía eficiente. Las pretensiones de los nobles resultan inteolerables para los franceses, pues quieren echaar abajo la autoridad del monarca. en este sentido, dirá el marqués de Luoiville del duque de Medina-Sidonia: "que era siete veces "grande" de España y, consecuentemente, siete veces más corrupto que otros".
Entre nobles y franceses se haráimposible colaborar. Luis XIV aconsejará que se preserven a los nobles las prerrogativas externas de su rango, pero que se les excluya totalmente del gobierno. Era lógico, ya que el pueblo, según los franceses, quería un rey absoluto, y los nobles querían un rey figurativo. Amelot, tras examinar su conservadurismo, ineficiencia y partidismos, decidió ignorales... Los nobles, obviamente, se quejaron, lanzando ruegos y manifiestos, pero acabarían siendo excluídos del gobierno efectivo y los consejos se ven reducidos a un papel mínimo. A todo esto hay que sumarle la ineptitud militar de la mayoría delos nobles, patente durante el decurso de la propia guerra.
La decadencia y caída de los grandes de España es un tema que podría llenar volúmenes. La desilusión aristocrática con el gobierno Borbón fue más que profunda, incluso entre aquellos que desde el principio apoyaron su causa; el número de deserciones al enemigo durante la guerra contiene elementos de auténtica tragedia. Tal es el caso de algunas defecciones: duque de Nájera, conde de Oropesa, almirante de Castilla, conde de la Corzana, conde de Cifuentes, conde de Eril, marqués de Leganes, duque de Béjar, conde de Peñaranda, conde de Colmenar, conde de Haro, conde de Elda, marqués de Mondéjar, conde de Cardona, conde de Miraflores, conde de Galba, conde de Santa Cruz, conde de Lemos, conde de Palma, marqués del Carpio, duque del Infantado, duque de Medinaceli, conde de Paredes, duque de Híjar, duque de San Pedro, duque de Uceda, etc...
La monarquía fue incapaz de adoptar una actitud firme ante la aristocracia española, y la humillación de los grandes durante la guerra preparó el camino para arrojarles de la administración del país. No había una actitud antiaristocrática, sino, simplemente, que los nobles eran una barrera para una eficiente administración. Las defecciones trajeron consigo las confiscaciones. Sólo en las de 1706 y 1710 el montante de las mismas ascendió a 1.385.747 reales; 27.239 fanegas de trigo; 12.443 fanegas de cebada; 1.299 fanegas de centeno, y 977 arrobas de aceite.
No se incluyen las confiscaciones hechas en otras ocasiones, como al almirante de Castilla, de quien se apropiaron varios cientos de miles de reales, tres casas en Madrid, etc...; el conde de Haro, más de medio millón de reales, y un largo etcétera....
Consecuencia de todo esto fue que el número de grandes disminuyó, su honor quedó comprometido, su incompetencia, manifiesta. Pero Felipe V crearía más de 200 títulos nuevos de nobleza (récord sólo igualado por Felipe IV).
En resumen, la Guerra de Sucesión ve morir un concepto de nobleza y aparecer otro mucho más beneficioso a la monarquía y a la nación.

En lo relativo a la administración, con la reforma de consejos, la influencia de los nobles declinó en Madrid. Los consejos y las juntas dirigidos por los nobles se manifestaron insuficientes, a la vez que se caracterizaban por su lento progreso y por el bloqueo de las reformas. En este estado de cosas, la única posibilidad de éxito era la de un ejecutivo fuerte; pero cuando el rey, ministro o secreatrio no lo eran, la iniciativa retornaba a los consejos, paralizadores de todo.
Bajo los Borbones, el Consejo de Castilla establece su superioridad sonbre el del Estado, encargado de las relaciones exteriores.
Los franceses se quejan repetidamente de las barreras que este sistema conciliar impone a la administración. Se adopta el método centralizador. El poder efectivo pasa del consejo al despacho; éste se reduce a unos pocos miembros y son quienes toman las decisiones importantes. Los grandes quedan eliminados. Los consejos se ven reducidos a un solo cuerpo eminente: el Consejo de Castilla.
En el año 1715, la lógica de los acontecimientos en Flandes, Italia y Aragón confirma que estos consejos pasen al de Castilla. El viejo sistema había caído. Quedaba un sólo cuerpo supremo. Con Felipe V, en 1701, se reduce el número de personas, a la vez que se fijan sueldos en el Consejo de Castilla. En 1706, el personal de los consejos se redujo de 108 a 56, y el de sus oficiales, de 382 a 240.
Los consejos de Indias, Finanzas, Órdenes, etc... fueron dotados de una acción ágil y definida a base de presidentes, que se remiten a los ejecutivos, esto es, a los varios secretarios (ministros) de despacho.
El despacho se reunía todos los días; los lunes, para tratar asuntos eclesiásticos; martes de estado; miércoles, judiciales; jueves, financieros; viernes, militares; sábado, de América.
Los embajadores franceses llevan la batuta de este sistema junto con los secretarios, no nobles, que, como se ha dicho, gozaban efectivamente de poderes ministeriales. Cuando a partir de 1715 cese el impacto francés, el tinglado estará tan arraigado que, en esencia, no cambiará.
En las primeras décadas del siglo XVIII, el centro del gobierno descansa en un ministro eficiente (Amelot, Alberoni...) auxiliado por importantes secretarios de Estado. Los grandes de Castilla no toman parte activa en este cambio borbónico, que debilitó los consejos y centralizó la administración, eliminando a una casta de gobernadores parásitos. Los secretarios crecerán hasta convertirse en los principales ministros de la Corona.
Los nobles, no nos engañemos, han perdido importancia político-administrativa, pero no relevancia económica y social, basada siempre en sus ancestrales privilegios y en sus Estados. Además, en 1725, a los nobles partidarios del archiduque se les permite volver a sus tierras y fortunas.
Una más baja, pero eficiente, nobleza es objetivo de fichaje. A este campo pertenecían también los intendentes, institución vital para la política de centralización. Si se hacían reformas, los intendentes serían necesarios, diría Orry. Pero será Bergeyck, especie de primer ministro en 1711, quien ensayó a estos primeros intendentes: José Patiño, en Extremadura; Rodrigo Cavallero, en Valencia...
A imitación de Francia, se ocupan las finanzas y política administrativa, justicia y guerra, responsabilizándose exclusivamente ante el gobierno de Madrid. Fueron, en resumen, la vanguardia de una nueva clase administrativa.