2 mar. 2016

CARLOS II (I)

Cuando la muerte sorprende a Felipe IV, ya no era el rey aquel brillante galán que todos admiraron en los albores de su reinado. Era un pobre viejo, amargado, triste, destrozado por los remordimientos que le producía la conciencia de haber dejado de su país la protección divina por sus muchos pecados. Su cuerpo mismo había iniciado ya en 1660 el proceso de su decrepitud. Sus riñones y su hígado ya no funcionaban al ritmo que imponía la gastronomía palaciega. El reúma, el paludismo y alguna otra dolencia de lasque acompañan a conductas tan irregulares como las del libertino monarca, minaban también su salud. En el invierno de 1660-61, como de costumbre, Felipe IV se entregó a la vida matrimonial, ahora, por última vez. El mal tiempo solía aliarse con los intereses dinásticos, ya que, al impedir al rey salir de aventuras callejeras, hacía posible la venida al mundo, en cada otoño, de un nuevo vástago legítimo. Pero en aquel invierno el rey confesó a sus íntimos que había llegado a su última cópula. En noviembre nació su último hijo. La comunicación oficial hablaba del nacimiento de un príncipe "hermosísimo de facciones, de cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes". Éste sería el futuro rey de España, el último de nuestros Austrias: Carlos II.
El tiempo se encargaría de desmentir una por una todas aquellas hermosas cualidades del recién nacido. Carlos fue un niño y un hombre constantemente amenazado por la muerte. Apenas salía de una enfermedad, cundo caía en la siguiente. Su lactancia duró cerca de cuatro años, y sólo se le destetó cuando se advirtió la inconveniencia de que subiese al trono un rey que aún tomaba el pecho. Para que se pudiera mantener en pie, mientras recibía a los embajadores, era necesario sostenerlo con cordones. Hasta los siete años no fue capaz de sostenerse por sí solo.
Para él se elaboró un ambicioso plan de estudios, que fue imposible aplicar. Las constantes enfermedades del muchacho frustraron todos los esfuerzos de sus maestros; pero, aun en el caso de que la enfermedad no lo hubiese impedido, tampoco parece verosímil que Carlos hubiera podido aprender muchas cosas de sus preceptores. Hasta los diez años no supo leer, y todavía mucho tiempo después era necesario guiarle de la mano para que consiguiera estampar su firma con cierta limpieza.
Las hermosas carnes del Carlos recién nacido se conviertieron en un saco de piel y huesos que los pintores de cámara trataron de reproducir con la mayor dignidad posible. De su belleza inicial salió aquel triste rostro, de mirada desvaída e inexpresiva, donde lo único notable era su abultada cabeza y su mentón caído y deforme.
Felipe IV, a pesar de su notoria incompetencia, era todavía capaz de sostener la corona con cierta prestancia. Pero aquel pobre discapacitado que fue su hijo no pudo utilizar la cabeza ni siquiera para esto. La realeza se convirtió en un fantasma, y el vacío de poder que con ello se creó, no tardó en ser llenado por una aristocracia ávida de conquistarlo.

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