18 feb. 2016

UNA CONTRADICCIÓN DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL: CRISIS REALES Y CRISIS APARENTES

En la España del siglo XVIII de cada diez partes de trigo comercializadas, nueve procedían de los perceptores de derechos señoriales, de rentas, de diezmos, etcétera, es decir, de los grandes propietarios territoriales: nobleza y clero.
Eliminando el consumo, quedaba un excedente de productos agrarios en manos de este clero y de estos noblres. Pero no lo van a comercializar, sino que lo van a invertir en la adquisición de más tierras, cosas de lujo y una serie de objetos suntuarios, en su mayoría importados.
Se percibe que la diferencia entre lo producido y lo consumido está en manos de campesinos, y, sobre todo, en manos de los terratenientes. Mal puede esto conjugarse con las teorías de algunos historiadores que hablan de una mentalidad burguesa, de una ideología burguesa o de una burguesía próspera. La cosa está clara: no hay un desarrollo de las fuerzas producivas que dé lugar a una básica división social del trabajo; los campesinos, ni por asomo logran unos excedentes suficientes que intercambiar por productos industriales. Si esto se hubiera dado a un nivel siquiera mínimo, aunque general, se hubiera ido al traste la sociedad estamental. Por decirlo de otra forma, los diezmos podían más que los comerciantes.
Es cierto que hay indicios que constatan la existencia de un mercado interior y de unos sueldos que se pagaban en moneda, pero, en términos generales, lo que hay es una auténtica escasez de moneda, reflejo de la falta de excedentes de un campesinado que, si padecía hambre, mal podía comprar productos manufacturados. Aparte, en varias zonas, tanto costeras como del interior, persiste una economía natural o de trueque, como prueban reiteradamente las permutas que se hacían en los mercados.
La falta de solidez financiera hace fracasar los intentos de establecer compañías de comercio. E incluso en los núcleos comerciales y burgueses de la periferia (Cádiz, Málaga, Barcelona, Bilbao) la burguesía estaba atomizada y sin conexión ni conciencia; no podía pensar siquiera en la posibilidad de romper el caparazón que le imponían las estructuras del antiguo régimen.
Muchos testimonios se podrían aducir al hablar del freno del comercio interior: carencia de organización, comunicaciones, transporte, etc. ¿Cómo era posible sino que, incluso en años de abundantes cosechas, hubiera que acudir a la importación de granos?
Los informes de los contemporáneos están llenos de alusiones de que no acuden granos a los mercados, sobre todo en los meses de abril, mayo y junio, y tampoco en los años de malas cosechas. Los que reciben granos en concepto de rentas y diezmos los recogen al terminar la recolección y ya no los sueltan hasta que finaliza el año agrícola, o incluso los guardan de un año para otro. Abrigan la esperanza de que alcancen precios altos para entonces darles salida. El abad de Villafranca del Bierzo tenía considerable cantidad de granos almacenados. En el momento de la recolección el precio del trigo era de 20 reales la fanega, y aunque en el momento que habla el corregidor valía a 40 reales la fanega, todavía no lo quería soltar, pese a la presión y al hambre de las gentes. Tenía la esperanz de que alcanzara precios más altos. No se contentaba con un margen del 100%. Este caso, y otros más graves, se registran en la mayoría de las provincias. Son las propias autoridades provinciales y municipales las que se expresan en estos términos. Resumiendo: el grano solía ir de la era al almacén para ser objeto de especulación.
Los diezmeros, rentistas y poderosos labradores eclisaban a los comerciantes de granos. Su táctica también era fácil: provocar una demanda para que hubiera escasez.
La tasa de granos no permitía venderlos a un precio mayor del que dispusiera el gobierno. Era una gran arma. En 1765 desapareció dicha tasa y se implantó la libertad de granos. Esta medida favoreció y facilitó la acción especulativa de los poderosos, que almacenaban en años de abundancia y vendían en años de escasez. Los comerciantes son pocos y de escasa entidad. No pueden presentar ni una sombra de competencia a las iglesias, colegios, comunidades, obispos, abades, comendadores, señores de vasallos y arrendatarios del excusado, maestrazgos y tercias reales.
Los principios básicos de la economía medieval siguen en pie. La mayoría de los corregidores fueron contrarios a la liberalización del mercado. Veamos el testimonio de uno de ellos:

"Son raros los que se pueden llamar labradores en nuestra España, ni aun colonos jornaleros, sino unos esclavos de tierras que trabajan para el excesivo lucro de los dueños. Éstos son los sigilados comerciantes y usureros de los frutos que han subido a tan exorbitantes precios, como estancados en las manos de los poderosos, que compran y venden con la necesidad ajena, y no contentos con la percepción de sus grandes terrazgos, censos y foros, lo poco que les queda a los colonos, con la simulación de necesitarlos para su consumo, celando ser comerciantes y confundiéndoles con su propia cosecha, con el pretexto de socorro los dan para sembrar y mantenerse, y también dan dinero a cuenta de los venideros frutos por gran fineza y precio, siendo inaveriguable el consumo doméstico de cada familia, y por lo mismo, escondidos a los ojos del público los granos aprisionados, que después, según las circunstancias del tiempo y valores, van expendiendo paulatinamente a los necesitados y colonos destruidos, para cobrarlo en el agosto, en cuyo plazo, aunque sea más que mediana la cosecha, como todas las deudas del labrador son para este término, viene a haber trillado solamente por la paja, sin gozar del beneficio del precio que le franquea el comercio libre, pues aunque venda caro por ser muchos los compradores, como son siempre más, en comparación, los precisados a vender, vuelven a empeñarse y tomar los mismos frutos de los que compraron para ganar. De suerte que los hacendados, comunidades, curas, beneficiados y demás que tienen las pensiones en los granos eran poderosísimos, y los colonos se afanan por una mala comida, viviendo y muriendo desdichadamente y sus hijos paran en mendigos, cuya vida los hace inútiles y viciosos sin aplicación y remedio para ellos, no bastando las providencias y leyes antiguas y modernas a sujetarlos".

Se desprende otro mecanismo que ponían en marcha los poderosos al prestar dinero en invierno a los pobres pequeños labradores. En el momento de la próxima cosecha exigían su devolución en dinero, pero como el labrador no poseía medio de pago alguno, tenía que venderle los frutos a un precio bajo, dejando sin cosecha a estos miserables. Al no quedarles granos para su consumo se veían obligados a recurrir de nuevo a los poderosos, quienes se los vendían. Y así...
El circuito era completo y exponencia que los pequeños labradores no pueden vender porque lo han hipotecado, mientras los poderosos no venden hasta que ven la cara de la próxima cosecha. El escaso nivel de comercialización de productos agrarios resulta, pues, obvio.
Las contradicciones de la sociedad estamental emergen co más fuerza cuando llegan las crisis de producción. La crisis de 1804, que había dado comienzo dos años antes, fue tremenda. Las solicitudes de ayuda desbordaron el Consejo de Castilla. La fanega de trigo alcanzó los 400 reales; se registró una hambruna y falta de trabajo absolutamente insoportables, agravadas por las epidemias, que solo en Andalucía y Levante se llevaron la vida de más de 100.000 personas. Al gobierno le pilló desprevenido y al final logró contabilizar las necesidades de trigo, que ascendían a 2.548.368 fanegas. Hubo que importar en grandes cantidades. Los pueblos empezaron a surtirse. Pero he aquí algo muy significativo: muchos pueblos que habían pedido trigo no se hacen con él, y otros muchos no lo hacen en las cantidades que habían solicitado. La razón está documentada. Quedaba en los pueblos mucho trigo almacenado, escondido. Estos poderosos monopolizadores, al darse cuenta de las grandes cantidades importadas, y quizá al ver el buen precio que presentaba la cosecha de 1805, soltaron el trigo almacenado, porque los precios habían comenzado a bajar: se dio un pinchazo en la burbuja especulativa.
Las crisis eran, en gran medida, más aparentes que reales, o por lo menos las crisis de granos se veían agudizadas por las prácticas monopolísticas de los almacenamientos.

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