23 feb. 2016

EL PROBLEMA DE PORTUGAL

Los tiempos que corren entre 1640, fecha de la insurrección de Portugal, y la caída del conde-duque, fueron también desastrosos para las armas reales en el occidente peninsular. El 1º de diciembre de 1640, es decir, seis meses después de Corpus de Sangre, estalló en Liisboa la conura dirigida por Juan Pinto Ribeiro, ayordomo de la casa de Braganza, que proclamó ey de Portugal al duque de Braganza con el nombre de Juan IV. En menos de tres horas, los representantes del gobierno de Madrid fueron reducidos por la fuerza, y en tan breve espacio de tiempo quedó consumada la ruptura de la unidad ibérica, que dura hasta hoy. La noticia tardó muchos días en llegar a Madrid, por no existir un servcio regular de correos con Lisboa. Cuando se supo lo ocurrido, Olivares se dejó llevar primerode la tristeza y el abatimiento. Luego reaccionó y estalló en airados insultos contra su pariente, el duque de Braganza, tan desesperads como inútiles. Los portgueses, entretanto, urdienron diligentemente una red de alianzas con Francia, Inglaterra, Holanda, Suecia y Dinamarca. Las colonias portuguesas reconocieron tambien en Juan IV su legítimo rey.
Para recobrar Portugal era necesario reunir un fuerte ejército. pero Felipe IV no estaba en condiciones de prepararlo. La guerra se limitó, pues, a algunas operaciones parciales e ineficaces; y asi estaban las cosas cuando sobrevino la caída de Olivares.
Todavía tuvo que hacer frente el valido a u fracaso no menos doloroso. Lanobleza andalua se alzó tmbién en rebeldía contra su gobierno. Los instigadores de la conjura fueron el duque de Medina-Sidonia, don Gastpar Alonso y Pérez de Guzmán, primo de olivares, y el marqués de Ayamonte. En connivencia con los rebeldes de Portugal, cuya reina era ahora una andaluza, la duquesa de Braganza, doña Luisa de Guzmán, los conjurados concibieron la idea de separar Andalucía de España y erigirla en una monarquía independiente. Los andaluces pensaban que Portuhal podría ser su mejor apoyo en la lucha contra el gobierno de Madrid, y para conseguir una alianza, enviaron un emisario a Lisboa, el cual cometió la indiscr3eción de comunicar sus planes a un antiguo criado de Medina-Sidonia, quien a la sazón estaba encarcelado en Portugal. Éste, al verse libre, en vez de acudir a Andalucía, como había acordado, se dirigió a Madrid y entregó al conde-duque unas comprometedoras cartas que llevaba para Medina-Sidonia. Olivares reaccionó de inmediato, dlicdo al ver que sus mismos parientes intrigaban contra él. El marqués de Ayamonte y sus cómplices fueron encarcelados. El duque de Medina-Sidonia recibió la orden de presentarse inmediatamente en Madrid; sin embargo no fue procesado, sino castigado con algunas confisacaciones y con la obligación de residir en la corte. El marqués de Ayamonte, procesado por traidor, fue condenado a muerte.
Después de la caída de Olivares y hasta el final de la Guerra de los Treinta Años (1648), la guerra en Cataluña constituyó el principal objetivo del gobierno central, descuidando casi por completo el problema de Portuga.. En esta frontera, las fuerzas que se oponían al ejército español eran muy reducidas; apenas llegaban a los 12.000 hombres. Pero las tropas de Felipe IV eran todavía inferiores y además carecían de moral y de espíritu combativo. Las operaciones se redujeron a una serie de ataques portugueses contra Badajoz y a los correspondientes contraataques españoles.
En Cataluña, la moral del ejército real estaba igualmente destrozada. En 1643, afortunadamente, la flota de Indias trajo buenos doblones, con los cuales se pudo pagar puntualmente a los 20.000 soldados que había en pie de guerra en el frente catalán. Felipe IV se animó a marchar de nuevo a Aragón al frente de sus tropas. Lérida, después de cuatro meses de asedio, capituló (1644). La Motte sufrió varios descalabros, que culminaron con su destitución y vuelta a París. Las campañas de los años siguientes no consiguieron rematar la obra comenzada. Para más desgracia, durante la del año 1646 Felipe IV perdió en Zaragoza a su primogénito, el príncipe Baltasar Carlos, y poco después de regresar a Madrid, murió también su esposa, Isabel de Borbón.

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