22 ene. 2016

ÚLTIMOS AÑOS DEL REINADO DE FELIPE II (y IV)

Los emigrados aragoneses intentaron una invasión desde el Béarn, a la que Enrique de Navarra (futuro Enrique IV de Francia) prestó su apoyo; pero fracasaron ante la resistencia de Vargas y de los propios aragoneses, muchos de los cuales habían quedado libres de sus propios señores feudales emigrados. Diego de Heredia fue capturado y ejeutado. Antonio Pérez, después de este fracaso, anduvo por Francia e Inglaterra, tratando de reivindicar su nombre, hasta que murió oscuramente en París en 1611.
A pesar de la dureza con que se llevó a cabo la represión, Felipe demostró gran moderación a la hora de relizar las reformas políticas consiguientes. En junio de 1592, las Cortes aragonesas fueron convocadas en Tarazona, con el fin de dar carácter legal a las reformas proyectada. El principio arcaico que exigía la absoluta unanimidad de votos para cada uno de los estamentos fue abolido y en su lugar bastó una simple mayoría. No fue suprimida ninguna de las insituciones de Aragón, pero fueron rehechas de acuerdo con las exigencias del poder regio. El rey vio reconocido su derecho a nombrar un virrey extranjero, con lo que se uniformaba Aragón y los demás reinos constituyentes. Los prouradores de los estamentos aristocráticos que no llegaban a la edad de veinte años fueron privados de su derecho de voto, aunque no de su derecho de asistencia. La Diputación del Reino, comité permanente de las Cortes, perdio una buena parte de su control sobre el empleo de fondos públicos aragoneses y sobre las fuerzas del orden público en su territorio; también perdió el derecho de convocar a los representantes de las ciudades del reino. El Justicia ahora empezó a ser destituible, a merced de laCorona: así socavó el monarca la independencia del cargo y el monopolio de la amilia que lo habí amantenido durante tanto tiempo. El nombramiento de los miembros del Tribunal de Justicia también quedó de manera que estuviera bajo el control de la Corona; el sistema legal aragonér perdió muchos de sus anacronismos. Finalmente, y para reforzar el poder del gobierno central, Felipe afianzó los poderes de la institución que protegía su autoridad de la forma más eficaz fuera deCastilla. Ya antes se había servido de la Inquisición como arma política contra Pérez y contra los rebeldes; ahora se sirvió de ella como medio de control real para siempre. En diiembre de 1593 retiró su ejército, pero... instaló la Inquisición aragonesa en el palacio recientemente fortificado de la Aljafería, dotándolo de guarnición real.
La revuelta de Aragón constituyó, al menos, un serio aviso para Felipe II. Era necesario poner fin al imperalismo hispánico, antes de que el desastre fuese irreparable. En las Cortes de Castilla, convocadas en 1593, se oyeron fuertes protestas contra las guerras innecesarias, contra la creciente presión fiscal, contra la constante sangría de hombres y de oro que España vertía sobre los campos de Europa, sin recibir ninguna ventaja en contrapartida. Verdaderamente, la ruina final parecía perseguirse a ojos cerrados y, en efecto, una vez más, la ruina llegó. El 29 de noviembre de 1596, Felipe II suspendió por terera vez a lo largo de su reinado los pagos a sus banqueros. Era otra vez la bancarrota. Como en las ocasiones anteriores, la deuda impagada se convirtió en juros, es decir, en documentos por los que la deuda flotante se convertía en deuda consolidada, que la Corona se comprometía a reembolsar en plazos más amplios, pero, al msimo tiempo, con intereses mayores. Aquella catástrofe acabó de hundir el eje económico que unía desde hacía tanto tiempo a Amberes con Medina del Campo. La exportación de lanas decayó irremisiblemente. Las ciudades de Castilla se hundían lentamente en el sueño de la Historia, y por sus calles vagaban las sombras de Simón Ruiz y sus amigos, personajes de una época en la que España vivía feliz en la largueza procedente de la abundancia de plata, cuando Castilla podía dar financieros al país.
A partir de este momento, Felipe II, cansado, envejecido y enfermo, centra su preocupación en liquidar de una vez todos los conflictos en que se ha visto envuelto a lo largo de su reinado. en el mismo año de 1596, envía a Bruselas como regente a su sobrino, el archiduque Alberto, que hasta entonces había representado al monarca español en Portugal. En los dos años que siguieron, Alberto luchó por todos los medios para llegar a una concordia con los rebeldes, concordia que impedían principalmente las diferencias religiosas. En 1598, Felipe firma con Enrique IV de Francia la Paz de Vervins (2 de mayo). Al mismo tiempo, da a conocer su decisión sobre el futuro de los Países Bajos: la soberanía sobre aquellos estados se transfería al archiduque Alberto, el cual, disepensado por el Papa de sus obligaciones cardenalicias, contraería matrimonio con Isabel Clara Eugenia, la hija predilecta de Felipe II. El 6 de mayo de 1598, Felipe abdicó en favor de la pareja, que, en adelante, quedarían en los Países Bajos como soberanos. Las provincias del sur recibieron aquella decisión con la mayor alegría; pero las del norte, cuya independencia y soberanía ya había sido reconocid por Inglaterra y Francia, declararon su firme voluntad de oponerse a la autoridad de Alberto e Isabel Clara.
Entre las condiciones estipuladas en el acta de abdicación había una por la que se determinaba que la soberanía de los Países Bajos volvería a la Corona española si los nuevos soberanos morían sin hijos. Y esto fue lo que pasó. En 1621 murió el archiduque Alberto, si haber dado hijos a Isabel. Los Países Bajos volvieron, pues, a la Corona de España. Isabel Clara renunció a la soberanía y quedó como gobernadora del país. España volvería a verse envuelta, como veremos más adelante, en los conflictos que le acarreó su tozudez por mantener bajo su dominio aquellas tierras.
Los múltiples fracasos de la década de los noventa sirvieron para despertar y sacudir la conciencia de los españoles. De repente se había revelado a los castellanos más inteligentes la dura realidad. La verdad apareció ante sus ojos con toda su desnudez y gravedad. Castilla era pobre; Castilla estaba enferma. Llevados de la mejor voluntad y de las más sanas intenciones, aparecen entonces en España numerosos pensadores que analizan con la mayor crudeza la mísera situación en que el país se encontraba y tratan de buscar soluciones abiertas a la esperanza. Éstos fueron los llamados "arbitristas", es decir, aquellos que dedicaron su esfuerzo a profundizar en las causas de la crisis del país y a arbitrar los medios necesarios para sacarlo de su postración. Como consecuencia de esta fiebre de introspección amargada y de búsqueda frenétia de soluciones, una lluvia de memoriales cayó sobre la corte, presentando los más innumerables proyectos, descabellados unos, sensatos otros, esperanzados todos. Mas ya no estaría en el trono Felipe II para estudiarlos ni para realizarlos. Aquel mismo año de 1598, Felipe II cerraba para siempre sus ojos en el monasterio de El Escorial.

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