30 ene. 2016

LA EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS (II)

En principio, la opinión del país, especialmente en la región valenciana, estaba profundamente dividida. A la vista saltaba la necesidad de resolver el problema morisco en su aspecto religioso. Mas la expulsión no habría sido el único medio de hacerlo. Así lo manifestó Pedro de Valencia en su interesante "Tratado acerca de los moriscos de España", en el que propugnó su integración repartiendolos por toda la Península, de modo que en cada pueblo hubiese muy pocos, los cuales, con el contacto y ejemplo, acabarían por fundirse con los cristianos viejos.
Opiniones parecidas mostraron otros eclesiásticos, como el padre Aliaga, confesor real, y los obispos de Tortosa y Orihuela, los cuales propugnaron que la expulsión, si finalmente se decidía, no se llevase a cabo indiscriminadamente, sino que se excluyese de ella a los auténticos conversos y a los moriscos "bien dispuestos". Pero lo que en el fondo contirbuía más a divididr las opiniones eran las implicaciones económicas del problema, relacionadas profundamente con la coyuntura que a la sazón atravesaba el país. En efecto, la crreciente inflación monetaria había provocado la continua devaluación e las rentas que cobraban los propietarios agrícolas y los proedentes de los censos que los ciudaddanos, los clérigos o las cassas religiosas percibían de los aristócratas a quienes habían prestado dinero para llevar a cabo explotaciones agrícolas. Para estos rentistas y censalistas era penoso ver cóo los señores de vasallos moriscos se enriquecían continuamente gracias al buen trabajo de éstos, mientras que su dinero se erosionaba más y más conforme pasaba el tiempo. La expulsión de los agricultores moriscos habría permitido una reordenación favorable delos rentistas, pues al tener que contratar nuevos agricultores, las tasas de arrendamiento se habrían podido revisar a gusto de los rentistas. Igualmente , los censalistas se sentían atraídos ante la perspectiva de nuevos préstamos a aquellos propietarios que se vieran en la necesidad de invertir nuevos capitales en sus cultivos. Frente a estos puntos de vista, los señores de vasallos moriscos se erigieron en defensores de los mismos. Su expulsión habría perjudicado sus intereses y habría socavado la fuerza y la influencia que los moriscos les proporcionaban con su adhesión y su laboriosidad.
La pugna de intereses contrapuestos se reflejó en las discusipones que precedieron al decreto de expulsión. Los ánimos se exaltaron, como se puede deducir de las propuestas que algunos influyentes personajes presentaron a la consideración del gobierno. El arzobispo de Valencia, Juan de Ribera (hoy santo), que, por otra parte, no escatimó esfuerzos para convertir a los moriscos, prpueso que el rey confiscase las propiedades de éstos y que esclavizase sus personas para trabajar en las galeras y las minas o para venderlos en el extranjero sin escrúpulos de conciencia (repetimos: hoy santo).
El caballero valenciano Juan Boil de Airenós se atrvió a indicar que se metiese a todos los moriscos -hombres, mujeres y niños- en barcos agujereados y se les abandonase en el mar. Otros propusieron su matanza indiscriminada, una especia de Vísperas Sicilianas, que terminasen de una vez con todos los moriscos de España. Finalmente se optó por la expulsión.
Los moriscos expulsados constituyeron casi la totalidad de la población morisca de España. Por vía de excepción quedaron algunos en determinados lugares , mientras que otros, después de sufrir mil penalidades en las costas norteafricanas, donde se les desembarcó, lograron volver a España, pero en muy corto número.
Los perjuicios que produjo en la economía española la expulsión de tanta gente pronto se hizo notar, a pesar de las previsiones optimistas de algunos arbitristas. En general, las ciudades no notaron sus efectos con tanta gravedad como el campo, si se exceptúa Sevilla, donde la desaparición de los descargadores del puerto vino a agravar los muchos problemas que venían afectando al comercio con América. Igualmente, la industria y el comercio sufrieron menos que la agricultura. Así pues, en las regiones donde, con la desaparición de los moriscos, desapareció el campesinado, la ruina fue total. Las tierras que habían mantenido un alto nivel productivo, gracias, no a su fertilidad natural, sino al trabajo de los moriscos, se convirtieron pronto en eriales. La aristocracia que había perdido a sus vasallos moriscos, tratando de evitar su completa "miseria y destrucción", consiguió que se les concediese la incautación de los bienes de los mismos; pero ni aun así pudo hacer frente al desastre. Finalmente, obtuvo una rebaja del 5% sobre los interees que debían pagar a los prestamistas ccensales, de forma que la medida que comenzó afectando a la economía agrícola, dejó sentir sus efectos inmediatos sobre la economía feudal, para repercutir finalmente sobre la economía burguesa acreedora de ésta.
La expulsión de los moriscos constituyó, de forma indirecta, un golpe más contra la burguesía peninsular, que, a partir de entonces, incrementa su tendencia a no invertir sus capitales en la agricultura. Al mismo tiempo, aquella medida supuso también un duro golpe para la aristocracia de los reinos de levante, especialmente para Aragón y Cataluña. Para Castilla, la debilitación de la aristocracia periférica supuso, de momento, un triunfo en su política centralizadora, ya que la debilitación de la misma significaba, en el fondo, una debilitación de las libertades del reino oriental y de las cortapisas que los fueros regionales ofrecían al centralismo castellano. A la larga, empero, no se consiguió otra cosa que añadir dos pesos muertos más al Imperio, y convertir a Aragón y Valencia, como Castilla había convertido ya a los Países Bajos, en una carga más que en un activo para las Españas.

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