31 ene. 2016

DESASTROSA VIDA DE FELIPE III (y II)

Cataluña, por su parte, no sintió tan duramente los efectos de la expulsión. En realidad, su población morisca era insignificante, por lo quela expulsión no debilitó a nadie en la misma proporción que en Aragón y Valencia. La aristocracia catalana, que acaparaba a la sazón el 71% del poder jurisdiccional de la región, conservaba intacto su poder frente a la Corona. Protegidos por sus fueros, los aristócratas mantenían entre sí continuas luchas, a cuya sombra seguía prosperando el bandolerismo endémico de la región. Un intento de desarme, realizado en los años que siguieron a la expulsión de los moriscos, constituyó un fracaso. La monarquía se hizo particularmente aguda entre los años 1611 y 1615. En toda Cataluña prevalecía un régimen de tipo mafioso, sostenido mediante la violencia y la extorsión. Ante semejante situación, muchos catalanes vuelven sus ojos hacia el poder central, pidiendo que intervenga para poner fin al estado de las cosas, en especial los hombres de negocios, los propietarios urbanos y rurales y los propietarios campesinos.
El gobierno, teniendo libres las manos tras la pacificación de Flandes y la expulsión de los moriscos, envía a Cataluña un virrey dispuesto a "mandar a galeras a todo el principado", con tal de restablecer el orden perdido. Apenas puso pie en Cataluña, empezó por detener y mandar al cadalso a un enorme número de delincuentes, para atemorizar a los aristócratas que hacían el caldo gordo a los bandoleros, les destruyó sus castillos y fortalezas y trató de meter en cintura a las oligarquías que defendían en la Diputación (comisión permanente de las Cortes catalanas) los intereses del sector aristocrático. En años sucesivos, se trató también de exigir el impuesto del "quinto" a todas aquellas ciudades que, sin estar exentas, no lo habían pagado. Cuando murió Felipe III todavía se pugnaba por conseguir su implantación. De momento, la política seguida por el gobierno central en Cataluña sirvió para disgustar a los aristócratas rurales y a las oligarquías urbanas. En el reinado siguientevolverían a cobrar virulencia las ya tensas relaciones entre el gobierno central y el principado de Cataluña.
Felipe III había contraído matrimonio en 1599 con la princesa Margarita de Austria-Estirira, de la que era primo.
De su numerosa prole conviene destaar a la primogénita Ana, que, andando el tiempo, casaría con Luis XIII de Francia y sería la madre de Luis XIV. Fernando, tal vez el más brillante e inteligente de todos los hijos de Felipe III, fue dedicado a la carrera eclesiástica y nombrado cardenal y administrador de la diócesis de Toledo a los diez años de edad. Éste, a quien se conoce con el sobrenombre de "el cardenal-infante", destacó como excelente político y ilitar en el reinado de su hermano Felipe IV.
Cuando este último príncipe, el heredero, cumplió los diez años, se le puso casa, que pronto se convirtió en el centro de las intrigas palaciegas que se tramaban contra la privanza del duque de Lerma. El orquestador de la oposición al valiro era el gentilhombre del príncipe de Asturias. Se llamaba Gaspar de Guzmán Acevedo y Zúñiga, había nacido en 1587, en Roma, donde su padre era embajador; pertenecía a una ilustre familia, emparentada con la poderosa casa de Medina-Sidonia. Como era segundón, su padre había pensado inclinarle hacia la carrera eclesiástica, y así comenzó a enviarle a estudiar a la universidad de Salamanca, de la que, siendo todavía alumno, fue también rector, como lo fueron otros escolares hijos de familias nobles. La muerte, sin embargo, se llevó de este mundo a los hermanos mayores de don Gaspar, y éste quedó como heredero del mayorazgo familiar. Casado poco después con doña Inés de Zúñiga, hija de los donces de Monterrey, se introdujo en el círculo patrocinado por el duque de Lerma, vinculándose especialmente a las personas de don Rodrigo Calderón y de un hijo del duque de Lerma, don Cristóbal Sandoval y Rojas, que era duque de Uceda.
Don Gaspar era un hombre ambicioso, dominado por lo que el mejor de sus biógraos ha denominado "la pasión de mandar". Desde su entrada en la corte como gentilhombre del príncipe heredero, hzo todo lo posible por escalar la cumbre del poder, es decir, el valimiento. Por todos lso medios trabajó para minar la privanza del duque de Lerma, apoyado decididamente por el confesor del rey, el padre Aliaga, el predicador real, padre Florencio, y la priora del convento de la Encarnación. Sus tiros también se dirigían contra don Rodrigo Calderón; en suma, contra la facción encabezada por el duque de Lerma.
El principal capítulo de oposición no eran los crímenes que se atribuían a don Rodrigo Calderón, ni los cohechos, desfalcos y robos abiertos que practicaban los de la camarilla de Lerma. Lo que más radicalmente enfrentaba a las dos facciones eran sus distintas concepciones de la política internacional. Mientras que Lerma había propugnado y, en parte, conseguido una política de paz en los frentes de Europa, las nuevas circunstancias internacionales llevaban a sus adversarios a propugnar una línea de conducta diversa. La situación de Alemania, como veremos más adelante, empeoraba continuamente. Los Países Bajos, a pesar de la Tregua de los Doce Años, también constituían un motivo de preocupación, a causa de los constantes ataque de los holandeses a las colonias hispano-portuguesas, frente a las que el poderío español no era capaz de reaccionar. La oposición de Lerma propugnaba, en consecuencia, una política de intervención en los campos de batalla de Europa Septentrional.
El duque de Lerma se percató inmediatamente de los peligros que se cernían sobre su cabeza. En caso de perder el valimiento, sus enemigos no se apiadarían de él, sino que tratarían de arruinarle por todos los medios. Por eso consiguió revestir su persona de una inmunidad ante la que nada podrían sus enemigos. En 1618, tan pronto como advirtió que su valimiento había terminado, pidió al Papa que le concediese el capelo cardenalicio como escudo protector contra la inminente venganza de sus enemigos, y el Papa se lo concedió. La voz popular reflejó perfectamente lo que la opinión pública pensó sobre aquel impensable cardenalato, en los versos siguientes:

Para no morir ahorcado
el mayor ladrón de España
se vistió de colorado.

El 4 de octubre de 1618, Lerma y Felipe III se despidieron. El nuevo cardenal y ex valido se retiró de la corte, y su puesto fue ocupado inmediatamente por uno de los principales cabecillas de la conspiración que lo había derribado: su propio hijo, el duque de Uceda.

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