16 dic. 2015

LA ÚLTIMA CRUZADA (V)

Las negociaciones se prolongaron todo un año, sin resultado. Cuando los moriscos comprendieron que toda solución pacífica era inútil, se levantaron en armas. La insurrección, fracasada en el Albaicín de Granada, se extendió por toda las Alpujarras, entre Sierra Nevada y la costa. La capitaneaba don Hernando de Córdoba y Válor, que se decía descendiente de la dinastía de los omeyuas y que tomó el nombre de Muley Muhammad Aben Humeya. Aben Fárax fue elegio alguacil mayor. Al frente de la gente de armas puso a un tío de Aben Humeya, don Hernando de Válor el Zaguer, llamado Abenjaguar. Aben Humeya fue proclamado rey bajo un olivo e inmediatamente envió una embajada al norte de África solicitando ayuda al sultán de Turquía y al virrey de Argel. Los turcos, a quienes los moriscos ofrecieron convertirse en vasallos suyos, no supieron o no pudieron aprovechar la ocasión que les habría sido extraordinariamente favorable. En efecto, en aquel mismo año de 1568 había estallado la guerra en los Países Bajos, y Andalucía había visto marchar a sus hombres camino de Flandes, enrolados en los tercios españoles. Tampoco era el mejor momento en la vida del rey Felipe, que había perdido, uno tras otro, a su hijo Carlos y a su esposa, Isabel de Valois. Los argelinos, por su parte, respondieron entusiásticamente. La guerra de Granada se presentó como una verdadera guerra santa contra el infiel cristiano; en las mezquitas se recogieron las armas que voluntariamente entregaban los argelinos con destino a sus hermanos de Granda. Los insurgentes granadinos se calcularon en unos 150.000, de los que un tercio aproximadamente estaban armados. Del norte de África, e incluso de Turquía, llegaron pronto varios contingentes de volunctarios, dispuestos a luchar en favor de los moriscos. Desde las Alpujarras, éstos cayeron sobre las poblaciones de la llanura, llevando a cabo los más espantosos atropellos.
El capitán general, obligado por las circunstancias, se dispuso a intervenir. Sus tropas, sin embargo, eran reducidísimas, dada la imposibilidad de reclutar nuevas levas en Andalucía. Tampoco era posible bloquear los puertos de la costa, por donde no cesaban de llegar a los moriscos armas y voluntarios. En los tres primeros meses de guerra, el conde de Tendilla logró algunos éxitos parciales. Pero Felipe II, temiendo que sus triunfos deblitasen el prestigio de la audiencia, es decir, de la Corona, ordenó a Tendilla que compartiese el mando con su rival, el mrqués de los Vélez. Éste ocuparía las tierras próximas a Murcia, y aquél las lindantes con Granada. De esta forma, con un mando dividido, no era posible llevar a cabo una guerra eficaz. Entonces Felipe decidió enviar como general de lastropas de represión a su medio hermano don Juan de Austria, que terminó con las rivalidades entre el de Mondéjar y el de los Vélez y emprendió una campaña con tropas regulares traídas de Italia y de Cataluña.
Para aislar a los rebeldes e impedir que la población campesina de los valles les proporcionase ayuda, los agricultores moriscos fueron deportados y dispersados por tierras de la Mancha. Al mismo tiempo, entre los cabecillas de la rebelión habían surgido diferencias graves. Uno de ellos, Diego Alguacil, disgustado porque Aben Humeya le había quitado una mujer "hermosa, discreta y que tañía y cantaba bien", falsificó una carta en la que, fingiendo que la escribía Aben Humeya, hablaba de ciertos planes para deshacerse de los voluntarios extranjeros. Éstos, al enterarse, acudieron a Layujar, donde encontraron a Aben Humeya descansando después de una zambra en que había pasado toda la noche; lo estrangularon y lo enterraron en un muladar. Aben Aboo fue proclamado rey según el ceremonial granadino: le vistieron un traje encarnado, le pusieron en la mano izquierda un estandarte y le levantaron en alto para mostrarle al pueblo, a la vez que gritaban: "Dios ensalce al rey de Andalucía y Granada, Abd Allah Aben Aboo".
Aben Aboo trató de detener la ofensiva de don Juan de Austria sin resultados. La escasez de víveres precipitó el final. Aben Aboo fue muerto por sus propios partidarios, y su cadáver, llevado a Granada, fue arrastrado por las calles y descuartizado. A finales de 1570, la guerra podía darse por terminada. Entonces comenzó la tarea de dispersar a los moriscos por todo el país.

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