15 dic. 2015

LA ÚLTIMA CRUZADA (IV)

Al terminar el Concilio de Trento, el obispo Pedro Guerrero, que gobernaba la diócesis desde 1546, consideró necesrio introducir las reformas tridentinas, y para conseguirlo reunió un sínodo provincial en 1565, donde se discutieron las posibilidades de llevar a cabo una campaña de evangelización de los moriscos. El mismo obsipo estaba convencido de que no había nada que hacer mientras no contarse con un clero suficientemente formado. De todos modos, las sugerencias que se hicieron para cristianizar a los moriscos fueron recogidas y sancionadas mediante un decreto que se hizio público el 1º de enero de 1567.
Aquel decreto no aportaba ninguna noverdad, comparado con cuanto se habían publicado anteriormente. Pero las circunstancias que ahora concurrían contrra los moriscos hacían temer que esta vez se impusieran en serio. Los frecuentes ataques de corsarios a la costa, la amenaza creciente de los turcos en el Mediterráneo y la connivencia de ambos con los moriscos hicieron crecer las sospechas contra ellos, hasta el límite de que se pensara en reducirlos definitivamente. Al mismo tiempo, el odio popular contra una minoría cuyo índice crecimiento vegetativo era superior al de la población cristiana, contribuía a acrecentar la sensación de peligro. Igualmente exacerbaban el odio de los cristianos las fortuna que los industriosos artesanos y comerciantes moriscos acumulaban.
Los moriscos no se hicieron ilusiones. Apenas publicado el edicto, enviaron una comisión a Madrid, apoyada por el conde de Tendilla, que era el capitán general, pidiendo su abrogación. La Corona, por el contrario, puso al frente de la audiencia al jurista Pedro de Deza con la misión de poner en práctica el decreto. A él acudió un nomble morisco, Francisco Núñez Muley, para convencerle de la improcedencia de cambiar unas costumbres que nada tenían que ver con la religión, sino que eran simplemente típicas de la región. Su hábil argumentación fue la que, en sustancia, recogió Cabrera de Córdoba en las siguientes palabras:

"...el hábito de su gente era de provincia, como el de Navarra en las mujeres, en Galicia y Portugal, no ley (musulmana) y las zambras y fiestas de las bodas (tampoco), pues los turcos y los africanos no usaban dellas; y el adheñarse por su limpieza, el enrubiarse y arrebolarse de las castellanas; el cerrar las puertas, mera voluntaad, quitando muchos inconvenientes, no ceremonia de secta. De los baños calientes usaba públicamente como en Valencia; si los prohibieron las leyes porque enmollecían los guerreros, ellos lo eran, como se vía, y fue más invención de los médicos, porque daban salud a su provecho, contrario que porque dañasen y enmolleciesen... Las castellanas tapaban sus rostros con el manto por su honestidad, las moriscas con lo que podían...; con los apellidos o sobrenombres antiguos conservaban los linajes su memoria antigua, diferencia y estimación conforme a su calidad y a los cistianos viejos...; la lengua natural no se podía quitar sin la comuniación racional, no sabiendo la castellana. Eb España las había diferentes, y no diferenciaban en la ley, porque no consistía en hábito ni lengua...; no había gente más baxa que los negros y no se les prohibían lengua ni bailes".

En fin de cuentas, apuntaba Núñez Muley, todas aquellas novedades las habían inventado

"los clérigos, para su destruición, dando ocasión en lo imosible, tomando achaques para penallos en su provecho, causa de hacerse monfís (bandoleros) muchos, causando los daños que se verían muy presto"