12 dic. 2015

LA ÚLTIMA CRUZADA (II)

Por lo que se refiere al flanco italiano, la situación era también relativamente segura. Apoyados en el reino de Nápoles, en el ducado de Milán y en los presiios de Toscana, lso españoles no tenían motivos para temer que Italia volviera a convertirse en el confuso hervidero que había sido durante los anteriores reinados. Los papas, a partir del último conflicto entre Felipe II y Paulo IV, habían abandonado su política filofrancesa y andaban preocupados con la puesta en marcha de la reforma tridentina, único valladar efiaz contra el avance protestante que ya se dejaba sentir en la propia Italia. Génova se había convertido, prácticamente, en un Estado vasallo de España, al que proporcionaba toda suerte de ayuda, poniendo a su disposición la flota y ofreciéndole la colaboración de sus almirantes y generales. Venecia y Florencia, aunque inependientes, reconocían la supremacía española en la península de los Apeninos.
Al propio tiemp, la debilidad de la cristiandad consiguiente a la escisión protestante había dado a los turcos nuevos alientos. El ámbito de la cristiandad occidental se había restringido y, como consecuencia, el Islam no estab adispuesto a dejar pasar aquella ocasión de intervenir en el área occidental del Medierráneo. En colaboración con los corsarios argelinos y berberiscos, los golpes de la Sublime Puerta contra el poderío español en el Mediterráneo se suceden uno tras otro. En 1551, el corsario Dragut se apoderó de Trípoli. En 1560, los españoles fracasaron lamentablemente en Gelves cuando itentaban reconquistarla. Al mismo tiempo, la costa granadina era arrasada por corsarios musulmanes, cada vez más osados. En 1558, unos 4.000 soldados atacaron Berja. En el 1560 desembarcaron en Castel de Ferro y apresaron a todos los habitantes de una aldea. En el 1563, las fortalezas españolas de Orán y Mazalquivir sufrieron asedios durísimos de parte de los argelinos. Los turcos, además, contaban con un posible aliado en la población morisca de España. La psicosis del peligro hace que lso españoles tomen conciencia de su responsabilidad ante el creciente poderío de los turcos.
En 1565, Solimán el Magnífico, ya en los últimos años de su vida, decide la conquista de Malta. Su posesión debía abrir a la flota turca el Mediterráneo occidenta. Por eso, cuando se supo que el sultán había salido de Constantinopla con un ejército de 20.000 hombres y cerca de 400 naves con rumbo a Malta, España intervino. El virrey de Nápoles, don García de Toledo, obligó a los turcos a emprender la retirada después de perder inútilmente unos miles de hombres. Tras este fracaso, Solimán decidió atacar a la cristiandad por la fontera del Danubio. Más de 100.000 hombres integraban el ejército que puso sitio a la fortaleza de Szigeth en agosto de 1566, en tierras de Hungría. La plaza cayó en manos de los turcos, pero la muerte de Solimán hizo cambiar el curso de la guerra. Su hijo, Selim II prefería una guerra naval contra la cristiandad, motivo por el que pactó una tregua de ocho años con el emperador Maximiliano II y se retiró a sus bases.
En el mismo año en que tuvo lugar el ataque a la isla de Malta, otra partida de corsarios había desembarcado en la Península. Las tropas regulares españolas les salieron al encuentro y fueron derrotadas ruidosamente. Con la mayor tranquilidad, los musulmanes penetraron tierra adentro, hasta el corazón de la Alpujarras , confraternizaron con los moriscos y emprendieron el regreso a la costa, llevando consigo a centenares de correligionarios alpujarreños. El rey de España no podía permanecer insensible ante aquellos acontecimientos. El problema morisco debía ser resuelto de una vez para siempre.

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