11 dic. 2015

LA ÚLTIMA CRUZADA (I)

La hegemonía de Felipe II en el norte de Europa tenía como única base sus dominios en los Países Bajos. Aquellas tierras, situadas estratégicamente entre Inglaterra, Alemania y Francia, eran al mismo tiempo el nudo de un intensísimo tráfico comercial y la cabeza de puente necesaria para cualquier eventual acción de fuerza en tan importante encrucijada. Para poder atender a sus compromisos en los Países Bajos, Felipe necesitaba una retaguardia. La política española, en efecto, podría compararse a un triángulo, en cuyo vértice habría que situar a los Países Bajos y cuya base estaría flanqueada, a un lado por España y al otro por los dominios españoles en Italia. Nada bueno se podía esperar para el futuro de los Países Bajos mientras hubiese algún resquicio de debilidad en los puntales que los sostenían. En España, a pesar de las diferencias conscitucionales que no acababan de dar coherencia política a la Península, se había logrado una gran cohesión con base en la unidad religiosa, afianzada tras la erradicación del protestantismo. Pero todavía quedban por resolver los problemas de disidencia que planteaba la existencia de activas minorías moriscas inasimiladas, tanto en Andalucía como en Aragón y en Valencia. Al mismo tiempo, la fuerte inmigración francesa registrada en Cataluña, especialmente a partir de las guerras de religión que asolaron a Francia, constituyó otro motivo de preocupación, ya que, aparte de los problemas de tipo social que creó la avalancha de extranjeros, apareció el peligro de una infiltración de ideas protestantes de que eran portadores muchos de los advenedizos. Si a éstese unían otros problemas inveterados de la región catalana, como el bandolerismo y las luchas entre los montañeses y los agricultores de los llanos, la necesaria solidez del flanco español podía considerarse, en verdad, seriamente amenazada. La especial configuración política de Cataluña, para colmo, dificultaba deplorablemente cualquier intento de solución que pretendiese ser eficaz. Los bandoleros interceptaban los correos reales, apoderándose también con frecuencia de los convoyes que frecuentaban aquellos caminos y transportaban, en ocasiones, el dinero que el rey enviaba para atener a sus múltiples compromisos en el exterior. La nobleza catalana, atrincherada en sus señoríos, impedía y paralizaba la actuación de los agentes de la Corona.
El rey trató de dar una solución a aquel desbarajuste, y sus virreyes no escatimaron dinero ni esfuerzos para secundarle en sus intenciones. Las amnistías para los malhechores que quisieran enrolars3e en los tercios ofrecieron la posibilidad de paliar, en parte, el problema del bandolerismo. Para yugular el peligro de la invasión hugonota, dio orden a la Inquisición, que gozaba de poca popularidad en Cataluña, para intervenir en elexamen de los extranjeros y en la represión de los herejes. Las negaticas de la nobleza y de algunos diputados y funcioarios a conceder al rey ciertos subsidios que solicitaba, fueron interpretados como un gesto de rebeldías inspiradas en la herejía. Felipe llegó a creer que el protestantismo había echado raíces en Cataluña, y a punto estuvo de tomar medidas que después habría tenido que lamentar. Afortunadamente, en aquellos días tuvo lugar una pequeña invasión de hugonotes en el condado del Roselllón. La nobleza local se ofreció a colaborar con el virrey voluntariamente, aunque manifestando que no lo hacía por obligación. De igual modo, en los días de la guerra contra los moriscos, de la que pronto hablaremos, tampoco tuvieron dificultades los catalanes en enrolarse en el ejército que se envió para combatirlos Todos estos incidentes sirvieron para tranquilizar el atemorizado ánimo de Felipe y demostrarle la lealtad de aquellos súbditos suyos.