23 dic. 2015

EL IMPERIO DONDE NO SE PONÍA EL SOL (III)

Muerto el padre de don Sebastián, que era el príncipe heredero, y muerto su abuelo, el rey Juan III, en 1557, la reina viuda, doña Catalina, hermana de Carlos V (y, por lo tanto, tía de Felipe II), consiguió que las Cortes portuguesas le reconocieran como regente durante la minoría de su nieto. La educación del niño estuvo fuertemente influenciada por los jesuitas, en especial por el padre Luis Gonçalvez de Cámara, hombre de extraordinarias cualidades, pero qeu cometió el error de exacerbar la ya exaltada imaginación de su pupilo, orientando sus ideas hacia el belicismo, las heroicidades y la imitación de las hazañas caballerescas e los más gloriosos de sus predecesores.
A finales de 1560, doña atalina, sintiéndose cansada, se retiró de la regencia. Ésta pasó a manos del cardenal infante don Enrique, hombre sinceramente apegado a la vida exlesiástica, que no era, desde luego, la mersona más adecuada para dominar la difícil situación que atravesaba Portugal. El 20 de enero de 1568, don Sebastián cumplió los catorce años y asumió el poder.
Pronto se convitió en el novio más disputado de Europa. Aquel joven, heredero de un amplio Imperio colonial, fue pretendido por la corte de Catalina de Médicis, que lo quiso casar con su hija Margot; Austria le ofreció a la archiduquesa Isabel; Felipe II le propuso a su hija Isabel Clara Eugenia, a pesar de que a la sazón no era más que una niña. El papa Gregorio XIII tampoco desdeñó ponerse las medias azules, y no hacía ás que escribir a Sebastián hablándole de la necesidad de asegurar las sucesión de aquel reino cristiano. Pero Sebastián no tenía la menor intención de contraer matrimonio. Si aceptó la propuesta de Felipe II, lo hizo porque Isabel Clara era tan niña que aún podían ocurrir muchas cosas antes de que llegase el día de la boda. Al parecer, la razón de todo ello radicaba en su delicada salud. Sebastián pasaba por ser un hombre de gran fortaleza, capaz de reventar caballos, tronchar árboles, matar jabalíes y aguantar más que nadie en cualquier ejercicio físico. Mas desde los doce años sufría un flujo seminal continuo, que no se pudo remediar ni con las pócimas de los médicos ni con los violentos ejercicios que Sebastián realizaba pensando en que se curaría. Es probable que su dolencia le hiciera sumirse en un complejo de inferioridad, que trató de enmascarar presentándose siempre como un hombre superior. Él fue el primer rey portugués que se hizo llamar "Majestad" y el primero en tomar en serio la más desccabellada aventura que jamás intentó realizar monarca alguno: la de conquistar Marruecos sin haber contado antes ni el número de sus soldados ni el de sus enemigos. En efecto, ésta era la obsesión de su vida, la manía que daría al traste con la independencia de su propio país.
No atendió a razones ni a consejos. Uno de los más empeñados en disuadirle fue el rey de España, en el curso de una entrevista que celebraron en diciembre de 1576 en el monasterio de Guadalupe. Sebastián ofreció a Felipe casarse con su hija y pidió a cambio un cuerpo de ejército para la expedición que pensaba realizar. Después de mucho discutir, Felipe consintió en enviarle un ejército de 2.000 castellanos. No faltan autores que han visto en esta ayuda de Felipe al rey portugués una maquiavélica maniobra destinada a facilitar la aventura africana de don Sebastián, consciente de que terminaría en un fracaso que a nadie aprovecharía más que a él. Lo que pensara Felipe en los días de su entrevista de Guadalupe no lo sabemos. Lo que nos consta es que trató de convencerle al enos, de que permaeciera en Portugal y encomendase la empresa a su generales. No lo consiguió.
El ejército portugués desembarcó en Arcila en el verano de 1578. Sin más preparación, tomó el camino de Larache, acompañado por el rey de Fez, que mantenía la vana esperanza de que los marroquíes se pasaran a su bando apenas le vieran llegar. El enemigo, con fuerzas superiores, les salió al encuentro en los llanos de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578. El ejército portugués luchó valerosamente. Su rey peleó como un león, tomando nuevos caballos cuando le mataban los que tenía. Al fin también le mataron a él, y con él pereció la flor y nata de la nobleza portuguesa. Los supervivientes fueron apresados por los moros, que posteriormente exigirían altísimos rescates a cambio de su libertad.

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