22 nov. 2015

LAS GUERRAS DE RELIGIÓN (II)

Los calvinistas que lograron escapar a la horrorosa matanza, se atrincheraron en unas cuantas plazas fuertes, donde resistieron a la desesperada. En 1574 muere Carlos IX. Le sucede su hermano Enrique III, cuya política, parecida a la de su madre Catalina, se encaminó a lograr un acuerdo entre católicos y protestantes. Los católicos se hallaban divididos en dos facciones. Parte de ellos propugnaban un entendimiento con los hugonotes. Los demás, intransigentes y extremistas, se agruparon en torno a Enrique de Guisa. El rey, después de haber concedido a los calvinistas muchas de las libertades que le exigieron, se inclinó del lado de los Guisa. La guerra volvió a encenderse entre los calvinistas y la Liga Católica, poderosa alianza que tenía como objetivo supremo la defensa de Dios, de la patria y del rey. Enrique de Guisa la capitaneaba. El rey Enrique III y Catalina de Médicis, aunque no simpatizaban con la liga, no tuvieron más remedio que adherirse a ella. Enrique III figuraba como su cabeza suprema.
En 1548 muere el último hermano del rey, Francisco de Alençon (o de Anjou). El rey, que no tenía herederos, se vio obligado a designar sucesor a su lejan pariente, Enrique de Navarra o de Borbón, a quien se tenía por hugonote. La Liga Católica puso el grito en el cielo. Por nada del mundo estaban dispuestos a consentir que el futuro rey de Francia fuese un hereje. El rey mismo cedió a sus pretensiones, revocando todos los privilegios concecidos hasta entonces a los protestantes y poniéndolos en la alternativa de convertirse o emigrar. El papa Sixto V (1520-1590) publicó además, en 1585, una bula por la que excluía de la sucesión de Francia tanto a Enrique de Borbón como a su hermano, el príncipe de Condé, como manifiestos calvinistas que eran.
Estos últimos hechos encendieron la octava guerra de religión, llamada de los tres Enriques, pues en ella intervinieron el rey Enrique III, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra. Por aquellos días, la reina de Escocia, María Estuardo, había sido ejecutada por Isabel de Inglaterra. Felipe II se convenció, finalmente, de que no era posible llegar a un acuerdo con Inglaterra ni en el campo político ni en el religioso. La invasión de las islas británicas se decidió; pero era necesario neutralizar a los franceses para que no obstaculizasen la empresa contra Inglaterra. No era difícil conseguirlo. A Felipe le bastaba con enviar a Francia dinero para los Guisa y diplomáticos que organizaran la subversión, como venía ocurriendo desde hacía mucho tiempo. Las luchas entre los diversos partidos se encargarían de mantener a los franceses al margen del duelo entre España e Inglaterra.
Con el poderoso respaldo de Felipe II, la liga planeó el secuestro de Enrique III para el mes de abril de 1588. El proyecto llegó a oídos del monarca galo, que prohibió a Enrique de Guisa entrar en París. Mas el de Guisa, reclamado por sus partidarios, acudió a la capital. La burguesía de la ciudad, incitada por los agentes del rey de España, movilizados por su embajador Mendoza, levantaron barricadas en las calles para impedir el paso de las tropas reales. El motín, iniciado en la universidad, baluarte de la liga, se extendió por toda la ciudad. Las tropas del rey fueron acorraladas y desarmadas. El pueblo comenzó a aclamar a Enrique de Guisa como su rey. Pero Guisa, a la hora de la verdad, se mostraba indeciso. El rey había huído de París. Enrique de Guisa no tenía más que llegar al Louvre para ser proclamado rey por sus partidarios; pero no lo hizo. De todos modos, Enrique III, humillado y vencido por Felipe II, más que por los Guisa, se avino a un acuerdo con la liga católica: Enrique de Guisa sería nombrado lugarteniente del reino y los decretos tridentinos se aplicarían en todo el país, es decir, el catolicismo sería la única religión reconocida en Francia.
En esta trágica hora llega a Francia la noticia del desastre de la Armada Invencible. Enrique III se da cuenta de que los Guisa van a carecer de momento del apoyo de un Felipe debilitado tras la pérdida de su escuadra. Asi pues, el rey hizo llamar a su palacio a Enrique de Guisa y lo hizo asesinar.

"Ahora -dijo- vuelvo a ser rey de Francia; he matado al de París".

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