5 jul. 2015

CUANDO CARLOS I SE QUEDÓ A SOLAS CONSIGO MISMO... (II)

Cuando Carlos regresa a España en 1522, ya se han apagado las hogueras de las Comunidades y las de las Germanías. Pero simultáneamente han surgido nuevos conflictos, instigados por el rey de Francia. La preocupación inmediata de Carlos en la etapa que ahora comiena será la de consolidar sus dominios hereditarios. El motor último de su actividad sería su peculiar concepción del Imperio. El Sacro Imperio romano Germánico no es el que interesa a Carlos. Como entidad política, semejante Imperio se había convertido a finales de la Edad Media poco menos que en una entelequia sin valor alguno a efectos practicos. El poder del emperador en Alemania no pasa de ser nominal. En el resto de los países integrantes de la cristiandad, ni siquiera es eso. El creciente espíritu nacionalista ve en la idea medieval del Imperio más que un factor aglutinante, una amenaza a la soberanía e independencia de las naciones. Cuando Carlos piensa en el Imperio, imagina una comunidad supranacional de pueblos unidos por un supremo ideal: la paz cristiana, y vinculados por su común pertenencia a una misma dinastía: la que él representa. Para él, el dinasta es, más que un príncipe, un propietario de sus reinos. Es una idea típicamente feudalde la que Carlos no se ha despojado todavía. En consecuencia, él, como cabeza de la dinastía Habsburgo, es cabeza también de los pueblos gobernados por ella. Su primer objetivo será recobrar los territorios que en el pasado pertenecieron a su dinastía. La nostalgia por la recuperación de Borgoña aparecerá en el trasfondo de su política. Esta restauración de las posesiones territoriales sería, sin embargo, un primer paso destinado a garantizar la paz cristiana. Mas ya en esta etapa chocarán sus ideales con serios obstáculos: Francia, acorralada por todas partes por el Imperio de Carlos, no sólo retiene Borgoña, sino que toma la ofensiva tratando de romper el círculo que la atenaza y que la pone en peligro de convertirse en un satélite del Imperio. El papado, que en el pasado había sido inspirador y aliado del Imperio, no comparte tampoco las ideas imperiales de Carlos. Más atento a la realidad, comprende que la paz cristiana sólo se puede conseguir aceptando la pluralidad nacional y construyendo un sistema de equilibrio que, manteniendo a todos los implicados en un plano de igualdad, impida a uno de ellos pretender la hegemonía sobre el resto. El mismo papado siente amenazada su independencia por el Imperio de Carlos. Sus estados peligran, amenazados al sur por las posesiones carolinas de Nápoles. El peligro sería mayor si Carlos llegara a afianzarse en el norte de Italia. Por eso, los papas preferirán unirse a Francia en su lucha contra Carlos. Éste, por su parte, no comprende cómo el mismo Papa se opone a lo que él considera verdadero ideal cristiano. Para él, el pontificado está traicionando el verdadero cristianismo aliándose con el rey de Francia, que, a su vez, ha establecido una alianza con el turco. La Iglesia, piensa Carlos, está necesitada de reforma. El pueblo alemán, a la sazón, también se siente sacudido por una preocupación semejante, la de reformar la Iglesia. Pero el movimiento reformador deAlemania, desencadenado por Martín Lutero, ha emprendido una línea crítica tan radical que ha lanzado a sus seguidores por el camino del cisma. En estas circunstancias, Carlos da un paso más en su ideario político. En esta segunda etapa, el monarca tratará de llevar a cabo su ideal imperial a partir de una sólida base: España.
No sabemos si las palabras que el obispo Mota dirigió a las Cortes de Castilla, reunidas en Santiago de Compostela, en las que hablaba de hacer de Castilla el corazón el Imperio, se debían solamente a razones de oportunidad u obedecían también a un sincero deseo del reciél elegido emperador. El hecho es que, al volver Carlos a España en 1522, comienzan a convertirse en realidad. Carlos, sí, se hispaniza. Carlos convierte a Castilla en el punto de apoyo de sus amplios dominios. No cabe duda de que el prestigio alcanzado en el exterior por los reinos hispánicos durante el reinado de los Reyes Católicos atrajo las miradas de los estadistas y políticos contemporáneos, que vieron en ellos un ejemplo digno de ser imitado. Pero, aparte de las razones de prestigio, Carlos podía encontrar en sus reinos hispánicos, y sobre todo en Castilla, muchos de los recursos que necesitaba para realizar sus propios ideales. La libertad de acción que la constitución castellana concedía a la Corona, hasta permitirle llegar a los extremos del absolutismo, merecía la pena ser imitada en las demás posesiones imperiales. Esa misma libertad permitía al monarca disponer de los valiosos recursos humanos de aquellos reinos y de los ingentes recursos económicos que se le podían ofrecer, sobre todo desde que América había comenzado a volcar sus tesoros sobre el país. Por otra parte, en ningún otro lugar podía Carlos encontrar servidores tan dispuestos a luchar contra la herejía protestante, que amenazaba con desintegrar el Imperio, o contra el poder de los turcos, que presionaba cada vez más fuerte, no sólo el Mediterráneo, sino también en la cuenca del Danubio, en las fronteras orientales de su imperio continental. La culminación de esta hispanización de Carlos la marca su casamiento con Isabel de Portugal, cuyo influjo personal sobre el emperador le inclinaría cada vez más a la línea política que iniciaba.

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