15 jun. 2015

LA REVUELTA DE LOS COMUNEROS (II)

Pero los procuradores no se contentaban con palabras. Al día siguiente exigieron que se atendiese a sus reivindicaciones, antes de someter a examen la cuestión del subsidio. Tal procedimiento era contrario a la costumbre tradicional, según la cual primero se votaba el subsidio y luego se planteaban las reclamaciones. En el fondo se planteaba una lucha por el poder entre la Corona y las Cortes, pugna en la que la persona del rey no podía padecer quebranto. Cuando se creía que las Cortes iban a conseguir la victoria, la Corona echó mano de todos los recursos para evitarlo. Las Cortes fueron trasladadas a La Coruña, con la intención de ganar tiempo y poder presionar a los diputados. Se acudió a la persuasión, al soborno, a la amenaza y al chantaje. Finalmente, el subsidio fue concedido, con los votos en contra de Córdoba, Madrid, Murcia y Toro. Algunos diputados habían traicionado a sus electores. Al menos así se entendió en algunas ciudades, y pronto darían pruebas de su disconformidad.
El 25 de abril se celebró la última sesión. El obispo Mota se encargó de pronunciar también el discurso de despedida. Entre otras muchas cuestiones, habló finalmente de la que se consideraba esencial, a saber, quien debería ejercer la regencia durante la ausencia de Carlos. La Corona había sopesado serenamente todos los factores. Nombrar regente a un miembro de la nobleza castellana ofrecía el peligro de reverdecer las luchas nobiliarias. En el regreso del infante Fernando no se podía ni pensar. Así pues se tomó la funesta decisión, que significó para el país la definitiva prueba de la mala fe del emperador: la regencia la ejercería un extranjero, Adriano de Utrech. La nobleza, herida en su orgullo, rompió los ya débiles lazos que la unían con Carlos. El movimiento de oposición, por el contrario, se reforzaba más aún.
El 20 de mayo la flota se hizo a la mar. Carlos dejaba sus reinos, "como ovejas sin pastor y sin tino". La revolución comenzaba.
Nada más terminar las Cortes, se desencadenó sobre el país una campaña propagandística impresionante. Se imprimieron listas que fueron ampliamente distribuidas, con detalles sobre los impuestos que la corte pensba arrancar al país. Eran falsos en su mayoría; sin embargo, los resultados fueron gravísimos. En Segovia, el populacho linchó a dos recaudadores. Al día siguiente, el procurador Rodrigo de Tordesillas, acusado de haber traicionado a la ciudad en las Cortes, corrió la misma suerte. En toledo, la comunidad se levantó en armas y expulsó al corregidor. León se alzó igualmente, y expulsó de la ciudad al conde de Luna. Lo mismo ocurrió al conde de Alba de Liste en Zamora. Otras muchas ciudades y villas sacudían su yugo señorial y organizaban su propio gobierno.
Al conocer el regente lo ocurrido en Segovia, envió gente de armas para someter la ciudad, pero ésta pidió ayuda a las demás ciudades rebeldes. En seguida acudieron gentes de Toledo y Madrid. Adriano necesitaba respnder con un acto de fuerza mayor. En consecuencia, ordenó al capitán general de Castilla y León, Antonio de Fonseca, que reuniese gentes de a pie y de a caballo y le autorizó para disponer del parque deartillería de Medina del Campo, a fin de reducir a los sublevados deSegovia. Ahroa bien, la población de Medina se opuso terminantemente a entregar los cañones a las tropas de Fonseca. Las razones aparecen bien claras en la carta que por aquellos días dirigieron los segovianos a las gentes de Medina:

"...muy injusto sería que Segovia envíe sus paños para enriquecer las ferias de Medina y Medina envíe su munición y artillería para destruir los muros de Segovia. Por la amistad antigua que nos tenemos y por la generosidad a que como buenos sois obligados, os pedimos, señores, por merced, que el artillería se esté queda, pues... no es justo se la den para destruirnos, pues a nosotros no se da para defendernos. Porque si no nos engañan nuestros letrados, la defensa nos es lícita..."

Fonseca parlamentó con los medinenses, pero no hubo manera de llegar a un acuerdo. Entones se decidió dar un escarmiento a la población y apoderarse de la artillería por la fuerza. Pero las cosas no salieron como estaban previstas y aquel día se registró la primera derrota del ejército del regente, que tuvo que retirarse de Medina si conseguir su propósito y refugiarse en la fortaleza de Arévalo. Y también aquella jornada dio sus primeros mártires a la revolución de las Comunidades. El gobierno de Adriano perdió la poca autoridad que le quedaba. La ciudad de Valladolid, donde residía el regente, también se sublevó. La casa de Fonseca fue incendiada. El capitán se vio obligado a licenciar sus tropas y a buscar refugio en Portugal, desde donde pasó a Alemania, tras la corte de Carlos. Adriano y su consejo fueron expulsados de la ciudad. El infante de Granada, Fernando, hijo del rey moro de Granada, Muley Hacén, fue nombrado presidente de la comunidad.

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