3 jun. 2015

LA REGENCIA DEL GRAN CARDENAL (II): LAS GENTES DE ORDENANZA.

La primera providencia de Cisneros fue la de controlar al infante Fernando, haciendo que fijase su residencia en Madrid, en donde vivía él. Al mismo tiempo se enviaban cartas a todos los reinos dando a conocer los últimos acontecimientos y confirmando en sus cargos a todas las autoridades locales, medida necesaria para evitar cualquier desacato a la autoridad.
Al conocer los hechos, la corte flamenca revocó las órdenes que se habían dado a Adriano de Utrech y confirmó a Cisneros como regente. No se le escapaba la necesidad de evitar cualquier lamentable escisión en los reinos hispánicos. Lo que Cisneros no pudo evitar fue la desbandada masiva de los más íntimos colaboradores de Fernando el Católico hacia Bruselas, done Carlos residía, para ponerse al servicio del nuevo rey y asegurarse así su porvenir en el gobierno de España. Muchos de ellos eran aragoneses y otros cristianos nuevos procedentes del judaísmo. La mayor parte de ellos, nada más llegar a Bruselas, fueron confirmados en sus cargos.
Los castellanos tenían motivos más que sobrados para temer que la venida a España del nuevo rey instaurase un gobierno mixto de flamencos, conversos y aragoneses, gente esta última no menos aborrecida por los castellanos que los extranjeros y los criptojudíos. Los descontentos no podían por menos que poner los ojos en el infante Fernando, por lo que se explica que el primer cuidado de Cisneros fuese ponerlo a buen recaudo.
En consecuencia, pedía a Carlos "que luego ponga dos personas que tengan cargo de infante, que sean personas de confianza, porque las que agora le tienen no convienen en ninguna manera". Carlos entonces decidió apresurar su venida a España.
Como los preparativos todavía llevarían algún tiempo, dispuso que los ayos del infante su hermano fueran desterrados y que Fernando fuese enviado a Flandes, junto con su otra hermana, Catalina. Se cumplió lo primero, pero a lo segundo no se pudo atender, porque la reina doña Juana no consintió que le arrebatasen a su hija. Estas medidas, sin embargo, contribuyeron a aumentar el descontento del país, que no tardó en manifestarse en las alteraciones y revueltas que Cisneros tanto había temido. Una vez más la nobleza intentaba volver por sus fueros, pensando, equivocadamente, que Cisneros no sería capaz de impedirles ajustar sus pleitos por la fuerza o extorsionar a sus vasallos con arbitrariedades e injustas exigencias.
Pero el regente reaccionó con energía. En algunos casos, bastó el envío de pesquisidores para que se resolvieran los conflictos. En otros, el ejército real umpuso el orden por la fuerza. La clemencia con que trató Cisneros a los vencidos y el acierto y la justicia de sus decisiones le valieron no sólo el respeto de los súbditos, sino también la admiración de Carlos y de sus cortesanos, que desde lejos estaban muy atentos a lo que en España sucedía.
Estos acontecimientos confirmaron a Cisneros en una idea que ya habían acariciado tiempo atrás los Reyes Católicos: la de crear un ejército regular y permanente al servicio del rey, que bastara para asegurar la obediencia de sus súbditos. El modelo se lo ofrecían las Compañías de Ordenanza que Carlos VII (1445) había fundado en Francia. En abril de 1516 pidió licencia al rey para llevar a cabo el proyecto, y Carlos se lo concedió.
El coronel Gil Rengifo, comendador de la Orden de Santiago, fue comisionado para organizar aquel cuerpo, que sería conocido con el nombre de Gentes de Ordenanza. Rengifo redactó las normas por la que habían de regirse. Se intentaba reclutar 10.000 infantes y algunas fuerzas de caballería. No se trataba de un servicio obligatorio, sino voluntario, al que tendrían acceso los varones comprendidos entre los veinte y los treinta y cinco años. A cuantos se enrolaran se les concedía la hidalguía para ellos y sus descendientes, título que no sólo les introducía en la nobleza (devaluándola), sino que llevaba anejos otros privilegios, como la exención de impuestos. El Estado les proporcionaría los uniformes y el armamento, además de pagas y acostamientos proporcionados a su categoría y servicios. Se les sometía a un rígido entrenamiento y a una severa disciplina, cuyos términos fueron luego suavizados por inspiración de Cisneros, ya que en el proyecto original de Rengifo había disposiciones tan duras como aquella que les prohibía terminantemente volver la espalda al enemigo, de modo que si un hombre de Ordenanza veía hacerlo a algún compañero suyo estaba obligado a matarle en el acto, aunque de su propio hermano se tratara.
El éxito del proyecto parecía seguro; la cifra de reclutas prevista fue rebasada de manera espectacular, pues llegaron a incorporarse no menos de 33.000 hombres. Aquel ejército constituía una verdadera innovación que ofreció innumerables ventajas. Las milicias medievales, controladas por los señores feudales, habían puesto a los reyes en manos de la nobleza. Los ejércitos mercenarios del Renacimiento, que tan gravosamente pesaban sobre las finanzas reales, los estaban poniendo a merced de los banqueros y prestamistas. Aquel ejército, reclutado en su mayor parte en las ciudades y villas del reino y financiado por todos los contribuyentes, no sólo significaba una alianza entre la realeza y la incipiente burguesía, sino también un medio de contrarrestar la prepotencia nobiliaria.

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