2 jun. 2015

LA REGENCIA DEL GRAN CARDENAL (I)

Poco le quedaba de vida a Fernando el Católico. En previsión del fatal desenlace, tiempo hacía que se había redacctado un testamento en el que se designaba regente de Castilla y Aragón a su nieto el infante Fernando, hasta que el heredero Carlos viniese a España a hacerse cargo de los mismos reinos en calidad de rey.
El infante Fernando había nacido en España y se había educado a la española, bajo la atenta mirada de su abuelo Fernando. El "viejo catalán", como solían llamarle en Castilla, había logrado vencer a lo largo de su vida a todos los que se le habían opuesto. Su inteligencia no había influido en ello menos que su fortuna. Tan sólo se había escapado de su mano el destino fatal que por los intrincados caminos de la vida y la muerte iba a colocar sobre la cabeza de su nieto Carlos las coronas de la Península junto con las de Flandes, Borgoña y Austria. Todo ello significaba que el futuro rey se vería en la necesidad de adoptar una política radicalmente distinta a la que Fernando había perseguido durante toda su vida. Por otra parte, el heredero habia nacido y se había educado en un ambiente muy distinto del que su abuelo había deseado para él. Era evidente que los pueblos de España verían en Carlos a un rey extranjero; lo ocurrido durante el breve reinado de Felipe I era una advertencia más que evidente de lo que podía ocurrir cuando Carlos fuera proclamado rey. El infante Fernando, sin embargo, reunía en su persona aquellas circunstancias que en Carlos no concurrían. Por esta motivo, Fernando el Católico había dispuesto que se le encomendase la regencia hasta la venida de su hermano a España.
Una decisión semejante era un arma de doble filo. Por una parte, Fernando reafirmaba su deseo de que los reinos peninsulares permanecieran unidos; por otra, la designación de Fernando ofrecía un peligro del que también existían precedentes. Dada la previsible impopularidad de Carlos, Fernando habría sido un exelente instrumento en manos de cuantos fueran contrarios al gobierno de un rey y de una corte extranjeros. Ya en el pasado se había registrado un intento de proclamar rey al niño Fernando contra su abuelo. Nada probaba que no se volvería a intentar algo semejante en el futuro.
En estas perplejidades se debatía el ánimo del rey cuando le acometió la enfermedad. La reina Germana, deseosa de ver fecundado su matrimonio por un hijo, tomó una decisión que resultó fatal. Aconsejada por tres mujeres, cocinó un potaje frío a base de criadillas de toro con el que esperaba rejuvenecer la, al parecer, dormida virilidad real. Pero no sólo su virilidad era la que había envejecido. Su naturaleza entera, trabajada por la hidropesía, no resistió los efectos del brebaje. Cayó enfermo y, si bien logró recuperarse, quedó tan molido que fue necesario llevarlo en silla de manos en todo momento.
A pesar de su estado, emprendió un viaje a través de Extremadura, desde Madrid hasta Andalucía, donde proyectaba entregarse a la preparación de la armada que pensaba enviar contra los turcos. En Almendralejo, después de oír a sus consejeros, dictó su último testamento y revocó todos los anteriores. Instituía heredera universal de sus reinos a su hija Juana y a sus hijos y descendientes; en atención al estado de Juana, nombraba gobernador de sus reinos a Carlos y, en su ausencia, encomendaba la regencia de Aragón a su hijo natural, don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza y Valencia, y la de Castilla, a Cisneros. También ponía en manos de Carlos el gobierno de las órdenes militares de Santiago, Alcántara y Calatrava, con lo que evitaba cualquier peligro de escisión dentro del reino. En su testamento atendía igualmente al infante Fernando y a su esposa Germana, con la que tuvo delicadas y caballerosas atenciones. Pidió ser enterrado en Granada, al lado de Isabel, y dictó consejos para que su nieto Carlos supiera regir con buena mano los reinos que le dejaba.
Antes de que la regia comitiva llegara a Madrigalejo, el rey don Fernando entregó su espíritu. Se cuenta que aquel 23 de enero de 1516, en un pueblecito de Aragón, Velilla del Ebro, se oyó tocar tocar la campana de la Iglesia sin que nadie la moviese.
En el séquito que había acompañado a Fernando en aquel su último viaje se hallaba Adriano de Utrech, clérigo flamenco que había sido preceptor del príncipe Carlos desde que tenía siete años y que había llegado a la corte como embajador. Apenas cerró los ojos el rey, Adriano puso sus cartas boca arriba. Traía consigo un documento que hasta entonces había guardado en secreto, por el que Carlos le designaba regente de sus reinos mientras durase su ausencia. Al mismo tiempo el infante Fernando, que desconocía la última voluntad de su abuelo, comenzó a actuar como si él fuese el rey. El Consejo Real se apresuró a advertir a Cisneros, que al punto comenó a actuar de acuerdo con lo dispuesto por Fernando.

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