7 jun. 2015

LA ESPAÑA QUE RECIBIÓ CARLOS I

Es frecuente (y casi tópico) imaginar la España que salió de las manos de los Reyes Católicos como un campo en primavera, asolado por el prematuro invierno que desencadenó la locura de sus sucesores. Frente a esta imagen convencional, hay autores que, con mayor objetividad, saben distinguir en su reinado lo que hubo de positivo sin disimular los aspectos negativos, a los que en último término se debió la decadencia subsiguiente.
Lo cierto es que los Reyes Católicos habían unido las dos coronas, pero no habían ni siquiera intentado emprender la tarea, mucho más ardua, de unir a dos pueblos. Habían destruido el poder político de la alta aristocracia, pero habían dejado intacta su influencia económica y social. Habían reorganizado la economía castellana, pero al precio de consolidar el sistema de latifundios y la preeminencia de la ganadería sobre la agricultura. Habían introducido en Castilla ciertas instituciones aragonesas de espíritu monopolístico, pero habían fracasado en el intento de unir, siquiera un poco, las economías castellana y aragonesa. Habían restablecido el orde en Castilla, pero habían derribado en la empresa las frágiles barreras que se levantaban en el camino del absolutismo. Habían reformado la Iglesia, pero habían creado la Inquisición. Y habían expulsado a uno de los sectores más dinámicos y ricos de la comunidad: los judíos. Todo esto ensombrece un cuadro que a menudo se pinta demasiado risueño.
Procurando no perder de vista estas observaciones, lanzaremos nuestra mirada sobre las Españas que vinieron a las manos de Carlos I.
El prestigio alcanzado por la Corona durante el reinado conjunto de los Reyes Católicos, así como su decisión de incorporar a los cargos más significativos de la administración y el gobierno a personas salidas de las clases medias (burguesía y pequeña nobleza), hizo que la aristocracia, que tanta influencia había tenido sobre la corte en los reinados anteriores, se retrajera a sus propios dominios.
Pero, como repetidamente se ha dicho, este alejamiento de la política no significó para la alta nobleza la pérdida de su poderío económico ni de su influencia social. La muerte de Isabel y la crisis de autoridad que se siguió empujó a la aristocracia a reaparecer en la escena política, pugnando por recuperar las posiciones perdidas a la sombra, primero, de Felipe el Hermoso y, ahora, de su hijo Carlos.
La idea imperial que encontramos, por ejemplo, en la carta que los amotinados en Valladolid dirigieron a Carlos I, parece haber nacido y haberse desarrollado en estos círculos nobiliarios. En ella encontramos, precisamente, muchas alusiones a lso antiguos Imperios que nos ponen sobre la pista de las fuentes de inspiración de semejantes ideas:

"...cuando otras tierras proveían a Roma de mantenimientos, España de emperadores; ... ha quedado gran tristeza y sentimiento de la muerte de vuestro abuelo... que gobernó cuarenta y cutaro años en aquella paz y sosiego que César Augusto el mundo dejó, en el cual no era menor parte que el gobernar Castilla, que nunca de otra nación fió Julio César la guarda de su persona, es la gente en sí tan belicosa, que cuando sus príncipes no les ocupan en su servicio en grandes cosas, ellos se ocupan en las civiles..."

Es el espíritu del humanismo el que aletea sobre estas frases, un humanismo que se había infiltrado en los ambientes nobiliarios. Dos factores influyeron en la afición de los nobles a aquella cultura humanística. Por una parte, su alejamiento de la política les llevó a preocuparse por el cultivo de las buenas letras. Sus enormes rentas, al mismo tiempo que les permitían llevar un fastuoso tren de vida, les dieron la oportunidad de ejercer un generoso mecenazgo, al que se acogieron los portadores de aquella nueva mentalidad que conocemos con el nombre de humanismo. Se trataba de una nueva concepción del mundo, nacida en la Italia del siglo XIV y difundida por toda Europa durante los siglos XV y XVI. Un nuevo interés por el hombre caracterizaba este complejo movimiento. El hombre, en efecto, se consideraba el centro de la creación, en contraposición a la imagen que había predominado durante todo el Medievo, que ponía a Dios en el centro de todas las cosas. Este interés por el hombre resucitó la afición al estudio de las literaturas griega y romana, pueblos en los que los humanistas vieron el prototipo de la humanidad ideal, tal como ellos la concebían, tanto en el aspecto literario como en el político y social.
El primero de los humanistas españoles fue Elio Antonio de Nebrija (1441-1522). Durante diez años estudió en Italia, bebiendo en las fuentes del más puro humanismo. Luego volvió a España, donde fue el primero que abrió aquí, como él mismo decía, "la tienda del latín". Fue también uno de los primeros en formular los ideales imperialistas que habían de informar la política española, especialmente la castellana. Entre sus muchas obras, merece ser destacada la GRAMÁTICA... SOBRE LA LENGUA CASTELLANA (1492), la primera gramática castellana que se escribió, obra en la que, además de su mérito filológico, destaca precisamente esa concepción del destino imperial de Castilla, que le haría decir que "la lengua fue siempre compañera del Imperio".
A Nebrija se le debe, en efecto, la instauración de la cultura humanística en España con sus libros, con su cátedra, con su influencia personal sobre quienes le trataron, en especial sobre su protector, don Pedro de Zúñiga, maestre de Alcántara, a cuyo servicio estuvo desde el año 1486 hasta 1504, fecha en que falleció el maestre.

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