12 jun. 2015

LA ELECCIÓN DEL NUEVO EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO

Entre tantos clamores adversos, únicamente un secotr parecía dispuesto a secundar a los flamencos: los conversos. A base de sobornos habían conseguido que Sauvage les prometiese una reforma de la Inquisición. Una vez más la opinión pública, totalmente adversa a los conversos y favorable a la Inquisición, se levantó indignada contra la intromisión de los extranjeros. Los frailes mendicantes (dominicos y, especialmente, franciscanos) iniciaron una furiosa campaña contra los flamencos. Los primeros púlpitos que tronaron fueron los de Valladolid, donde los frailes propusieron una drástica solución a tan nefasta política: la de constituir un gobierno nacional integrado por las clases medias del reino:

"Los Grances avían de procurar que se juntasen con los procuradores del reino y que de los medianos del reino y no de los Grandes se escogiesen personas que entendiesen en la gobernación del reino"

La nobleza, en efecto, estaba desprestigiada por sus divisiones internas, por su egoísmo que sólo miraba a sus intereses particulares, por su servilismo ante el poder. Los nobles se daban cuenta de que eran tan odiados por el pueblo como los flamencos, e incluso como el rey, hasta el punto de que algunos deseaban que a Carlos se le presentaran graves dificultades, una guerra, por ejemplo, para que de este mdo se le estimara y se le tratara mejor. Los monjes, sin embargo, no atacaban al rey, sino a los que le mantenían apartado del pueblo, como secuestrado.
La gota que vino a desbordar la copa de los agravios fue la elección de Carlos como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
El Sacro Imperio no constituía un estado unificado, como ya lo eran por entondes Francia o, en cierto sentido, los reinos peninsulares. La crisis que sufrió al final de la Edad Media el Imperio alemán le habían convertido, para esta época, en un heterogéneo mosaico de principados, señoríos y ciudades autónomas, sobre las cuales la autoridad imperial era poco menos que nominal. La crisis del pontificado, paralelamente, había llevado a Italia a una situación semejante, como tuvimos ocasión de comprobar anteriormente. En Alemania, sin embargo, aún se seguía eligiendo un emperador. Desde la publicación de la Bula de Oro en 1356, se encargaban de elegirle siete príncipes, a saber, los príncipes-arzobispos de Maguncia, Colonia y Tréveris, el rey de Bohemia, el duque de Sajonia, el margrave de Brandemburgo y el conde del Palatinado. El último emperador, Maximiliano, abuelo de Carlos, deseaba que la elección del nuevo emperador recayese sobre un miembro de su familia, y con esta intención había hecho prometer su adhesión a los príncipes electores. Mas una vez que murió Maximiliano, algunos de ellos reconsideraron su anterior propósito. Entre los candidatos al Imperio se presentó Francisco I de Francia, que inmediatamente comenzó a ofrecer dinero a los príncipes electores para que le votasen a él. No contento con ello, levantó un ejército que constituía una tácita amenaza a los príncipes. Logró el apoyo del papa León X y prometió al elector de Brandemburgo tantos privilegios y beneficios, que el resto de los electores se alarmaron, molestos tanto por las injerencias papales como por las perspectivas de ver crecer al príncipe de Brandemburgo con el respaldo de las armas francesas y del dinero y las prebendas que le concediese Frncisco I. Margarita de Austria, portavoz de la casa de Habsburgo, propuso como candidato al infante Fernando, recién llegado a Flandes. Pero Carlos reaccionó enérgicamente, aconsejado por Chièvres, presentando su candidatura en lugar de la de su hermano. Si Carlos alcanzaba el Imperio, Francia quedaría atenazada entre España, Flandes y el Imperio. Ahora bien, para conseguir el beneplácito de los electores, Carlos debería invertir enormes sumas en sobornarlos. ¿Cómo reaccionarían sus súbditos españoles ante la perspectiva de ver convertido a su soberano en titular del Sacro Imperio y cóo sobrellevarían los créditos que Carlos debería obtener de ellos para allanar el camino del Imperio con una calzada de oro?
Carlos fue elegido rey de romanos en Frankfurt el 28 de junio de 1519. Todos los electores votaron por él. Ese título equivalía al de futuro emperador. Sólo faltaba que se realizasen las ceremonias de coronación, que habían de celebrarse, como era costumbre desde los tiempos de Carlomagno, en Aquisgrán. El 6 de julio le llegó la noticia. El correo que la traía reventó caballos logrando cubrir el trayecto entre Frankfurt y Barcelona en sólo ocho días. Las albricias (es decir, el premio por las buenas noticias) que esperaba recibir, justificaron aquel insólito esfuerzo. Antes que Carlos, otros cuatro emperadores alemanes habían llevado su mismo nombre. De ahí que la Historia lo conozca como Carlos I de España y V de Alemania.
Para los españoles, la idea de que su rey fuese designado emperador les traía a la memoria la triste experiencia de lo ocurrido cuando Alfonso X el Sabio intentó, en el pasado, ser elevado a la misma dignidad. El Imperio significaba para ellos un vuelco total en la política de los Reyes Católicos. La política mediterránea y africana de Aragón y atlántica de Castilla pasarían a segundo término, mientras que los intereses de Alemania ocuparían el primer plano de su atención. el Imperio en manos de quien reinaba al mismo tiempo en España y en parte de Italia representaba la amenaza de nuevos y graves conflictos con Francia y equivalía a la ruptura de la paz cristiana propugnada por el papa León X significando, además, la grave responsabilidad de enfrentarse con las gigantescas convulsiones religiosas que agitaban a Alemania, dondeun fraile, el agustino Martín Lutero, había levantado su voz proclamanto una reforma de la Iglesia, que el Papa se había apresurado a fulminar como herética y cismática. Los recelos de los súbditos españoles, en especial de los castellanos, no tardarían en aflorar violentamente.
Por otra parte, el "fecho del Imperio" debía ser financiado por alguien, y este alguien era el contribuyente castellano. El sonrojante capítulo de los consabidos sobornos costó la enorme cantidad de 845.692,01 florines renanos, es decir, 2.100 kilos de oro amonedado. Como urgía disponer de estas cantidades, Carlos no podía esperar a recogerlas de España, por lo que tuvo que recurrir a los diversos grupos bancarios que estuvieron dispuestos a ayudarle con sus préstamos. El que más contribuyó al éxito de Carlos fue Jajobo fugger, que le prestó más de medio millón de florines. Con cantidades menores, aunque también considerables, colaboraron Bartolomé Welser -alemán, como los Fugger-, el florentino Filippo Gualterotti y los genoveses Fornari y Vivaldi. esde aquel momento, los Fugger quedaron íntimamente ligados a las finanzas de Carlos, y a ellos recurrió el emperador asiduamente siempre que se encontró en apuros económicos. Mas no se crea que la ayuda de los Fugger quedó sin contrapartida. Al cabo de dos años, Carlos todavía no había podido devolver el préstamo, pr lo que consguió que el papa Alejandro VI le autorizase a ceder a los Fugger las rentas de las tres órdenes de caballería durante tres años. De los beneficios que obtuvieron de semejante concesión dan una idea los 200.000 florines limpios que les quedaron en el año 1527. Posteriormente, lso demás banqueros cobraron sus empréstitos por el mismo sistema, y al fin, en 1538, se volvieron a apoderar de estas rentas los Fugger, que las percibieron ininterrumpidamente hasta el año 1634. De esta forma, la economía castellana pasó a ser dominada completamente por los extranjeros. Aquí se daba comienzo a un proceso que terminaría en una catastrófica ruina, como ya veremos en su momento.

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