10 jun. 2015

EL HERMANO DE CARLOS I

Más grave era el problema que planteaba el hermano de Carlos, Fernando, príncipe que ya en el pasado había sido objeto del interés de cuantos deseaban un rey natural de las tierras españolas. En 1516, Cisneros había tomado las medidas necesarias para impedir que sus ayos lo manejasen en proprio provecho. No obstante, todos los agraviados por Cisneros o por Carlos se adherían al número de sus partidarios. Se pensó incluso en conducir el infante a Aragón y proclamarlo allí rey. Doña Germana de Foix misma estaba dispuesta a apoyar esta idea. Apenas puso Carlos los pies en España, Chièvres dio la orden de enviar a Fernando a Bruselas; mas en vista de la oposición que había, se acordó demorar algunos meses tal decisión. Carlos y Fernando se encontraron el 11 de noviembre de 1517 en Mojados. Poco después, las Cortes de Valladolid pidieron que Fernando permaneciese en España hasta que Carlos se casara y asegurase su sucesión. Pero Chièvres no se volvió atrás. Fernando fue enviado a Bruselas para no regresar jamás. Como en tantas otras ocasiones, la oposición de las gentes a semejante decisión no tuvo otro medio de expresión que los pasquines anónimos, como el que apareció clavado en las puertas de la iglesia de San Francisco de Valladolid, en el que se decía:

"Ay de tí, Castilla, si consientes que se lleven al infante Fernando"

Andando el tiempo, Fernando recibiría de Carlos las posesiones de los Habsburgo en Alemania (Austria, Tirol, Alsacia... territorios patrimoniales heredados de Maximiliano) y ocuparía el trono de Bohemia y Hungría. Por un azar del destino, Carlos, educado fuera de España, rigió a los españoles, mientras que Fernando, nacido y educado fuera de Alemania, rigió a los alemanes. Como observó el embajador Contarini, la providencia parecía haber querido limitar el poder de ambos príncipes obligándolos a tener en cuenta las oposiciones iniciales de los pueblos que tuvieron que regir. En realidad, la presencia de Fernando en España habría dado particular fuerza al movimiento de oposición que pronto tomaría cuerpo en la Península. De hecho, todos los partidarios de Fernando se alinearon del lado de los comuneros, no por simple resentimiento contra Carlos, sino como consecuencia de su deseo de tener un rey nativo y no extranjero. Pasadas las guerras de las Comunidades, muchos de los amenazados por la represión que se siguió huyeron al extranjero y terminaron siendo acogidos en la corte de Fernando.
El descontento de la nación no sólo se apoyaba en los motivos indicados. Después de las crisis de los años anteriores, una nueva teoría política se venía gestando en Castilla. Frente al absolutismo y autoritarismo real, ante el cual las Cortes castellanas eran poco menos que impotentes, se extioende la idea de que el rey es un servidor del pueblo. La idea del origen divino de la monarquía, base de todos los absolutismos, pasa a segundo término. Ahora se habla de un contrato tácito, en virtud del cual los súbditos pagan al rey para que los gobierne con justicia. Sólo en este caso quedaba legitimada la institución monárquica. Pues bien, en las primeras Cortes, reunidas por Carlos en Valladolid en 1518, éste fue el ambiente en que se desarrollaron las sesiones:

"Pues, muy poderoso sennor... ansí vuestra alteza lo deve hacer, pues en verdad nuestro mercenario es, e por esta causa asaz sus súbditos le dan parte de sus frutos e ganancias suyas e le sirven con sus personas todas las veces que son llamados; pues mire vuestra alteza si es obligado por contrato callado a los tener e guardar justicia..."

Consecuencia de esta actitud básica son las peticiones que se hacen a Carlos en Valladolid. Se le recordó que Juana seguía siendo reina de Castilla, se le pidió que no perdiese de vista el testamento de Isabel, le sugirieron que se casara pronto para dar estabilidad al reino, se hizo hincapié para que no consintiese que Navarra se separara de Castilla, pero sobre todo le exigieron que excluyese a los extranjeros de los oficios y beneficios del reino, y sobre todo de las Cortes. En efecto, con una inexplicable falta de tacto, la corte de Bruselas había designado presidente de las Cortes de Valladolid a Juean Sauvage. El procurador de la ciudad de Burgos, Juan de Zumel, fue el portavoz de la enérgica protesta: las cortes no jurarían al rey nuevo hasta que éste no prometiese respetar las libertades, leyes y costumbres del reino, en especial la de no dar cargos de responsabilidad a los extranjeros.
El obispo de Badajoz, don Pedro Ruiz de Mota, personaje totalmente adicto a Chièvres, respondió de mala manera al procurador, amenazándole con la cárcel, la muerte y la confiscacción de bienes; pero Zumel no se amilanó, y Carlos tuvo que jurar respetar las leyes en general, y luego en particular la prohibición de dar oficios a los extranjeros. Acto seguido, las Cortes presentaron su juramento al rey y le concedieron 600.000 ducados a crédito, con lo que la corte de Carlos se consideró bien pagada por el juramento del joven monarca. En realidad , no se pensaba cumplir lo prometido a las Cortes.

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