16 may 2015

LOS REYES CATÓLICOS SOBORNAN AL PAPA

Al sernos imposible calar las secretas intenciones del monarca aragonés, no es posible definir lo que se pretendía con esta añadidura de la frase "salvo al Papa". Lo que sí es cierto es que los Reyes Católicos inician desde este momento una febril actividad. Dan órdenes para que se estimule la cría de caballos; reactivan el ritmo de trabajo de los astilleros del país. Paralelamente inician una ofensiva diplomática que parece responder no sólo al deseo de engrandecer al país, sino también a impedir que la acción francesa derrumbara de una vez el equilibrio italiano. Sus esfuerzos se dirigieron, fundamentalmente, a estos tres objetivos. afianzar el protectorado sobre Navarra para asegurarse contra posibles represalias francesas por este lado de la frontera en caso de que España interviniese en Nápole; asegurar la libertad de movimientos de la marina española en el Mediterráneo occidental -para ello se firmó con Génova un tratado de paz perpetua que impedía a Génova poner su flota al servicio del rey de Francia-. Y finalmente se buscó por todos los medios la amistad con el papa Alejandro VI. A este efecto enviaron a Roma un embajador extraordinario, Diego López de Haro, con un portafolios repleto de proyectos destinados a vincular al Papa a los planes de Isabel y Fernando. Su amistad era un factor imprescindible. En caso de que Carlos VIII actuase por la fuerza en Nápoles, la ayuda de un Papa amigo de España justificaría plenamente la intervención española. En caso de que Carlos se contentara con presentar pacíficamente sus reivindicaciones sobre la corona de Nápoles, el Papa, como señor feudal del mismo, sería el árbitro encargado de decidir sobre los derechos de Carlos y los de Fernando de Aragón.
Así pues, el embajador español presentó ante el Santo Padre, en nombre de sus reyes, dos tentadoras ofertas. Una de ellas, la de enviar tropas en caso de necesidad. La otra, a la que sin duda se rendiría un Papa tan celoso del porvenir de sus propios hijos como lo era Alejandro VI, consistía en dar a dos de éstos los mejores puestos en la sociedad española. En contrapartida, los reyes de España exigían, entre otras muchas ventajas (trazado de la línea divisoria de las zonas de influencia entre España y Portugal, dispensas matrimoniales que permitieran casar a los infantes con parientes de segundo grado, etc...), estas otras tres fundamentales:

1. Que se concediera a los reyes el derecho de patronato sobre todas las iglesias de España. Esto significaba que en adelante ellos monopolizarían todos los nombramientos de obispos y dignidades eclesiásticas mayores en sus territorios.

2. Que se facultase a los reyes para designar comisarios que llevasen a cabo la reforma eclesiástica en España.

3. Que se les concediese, finalmente, la facultad exclusiva de dar validez a los títulos universitarios que confirieran las universidades de sus reinos Salamanca, Valladolid y Lérida, de modo que se anularan automáticamente los grados concedidos por el pontífice a personas carentes de los méritos necesarios.

Alajandro VI aceptó, sobre todo cuando los reyes ampliaron sus ofertas a los hijos del Papa en los siguientes términos: César Borja sería promovido al arzobispado de Valencia. A Juan Borja, duque de Gandía, se le propuso matrimonio con María Enríquez, perteneciente a la rama española de la casa de Aragón. Jofre Borja casaría con Sancha de Aragón, princesa de Esquilache, miembro de la rama napolitana de la dinastía aragonesa. El Papa, impaciente por ver a sus hijos entroncar con la casa real de Aragón, concedió a los reyes todo lo que pedían e incluso consintió en que no se difundiera en España ninguna bula pontificia hasta tanto no autorizase su publicación la censura real.
Los matrimonios se celebraron a toda prisa. El de los príncipes de Esquilache resultó un auténtico desastre: Jofre era manirroto y Sancha, demasiado encariñada con uno de sus servidores, dio buenos quebraderos de cabeza al suegro del Papa. El de Juan y María también fracasó: Juan se sintió defraudado al no ver realizado su deseo de que se le concediera el señorío de Granada. El lujo con que vivía contrastaba con la sencillez de vida que reinaba en el hogar de Isabel y Fernando. Mientras estuvo en España no dejó de suspirar por Italia ni de contar los minutos que le faltaban para volver a Roma. Su mismo hermano, César, tuvo que reprenderle por su mahyor afición a visitar prostíbulos y a jugar a los dados con truhanes de la peor ralea, que a la administración de sus cuantiosos bienes. Por fin volvió a Roma en 1496, para morir, al año siguiente, asesinado en misteriosas circunstancias. Su viuda, María, consumió su vida educando a los dos hijos que Juan le dejó. Uno de ellos se convertiría en el famoso San Francisco de Borja, por cierto.
Los resultados de la amistad con Alejandro VI pronto se advirtieron. El Papa concedió la investidura del reino de Nápoles a Alfonso de Calabria, hijo de Ferrante, muerto en 1494. Frente a las pretensiones francesas, Alejandro esgrimió amenazador sus poderes eclesiásticos. Finalmente se alió con Nápoles y Florencia para hacer frente al inminente conflicto.

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