17 may. 2015

LAS GUERRAS DE ITALIA (I)

Por fin el ejército francés se puso en movimiento. Treinta mil hombres equipados con la mejor artillería de Europa pasaron por los Alpes en agosto de 1494. Ludovico el Moro, que pronto sería duque de Milán por muerte repentina (o provocada) de Juan Galeazzo, salió a Asti a recibir al rey de Francia. Las ciudades del norte de Italia le abrieron las puertas una tras otra. Los planes de los aliados contra él se desbarataron estrepitosamente. Más que una conquista, la entrada de Carlos VIII en Italia se convirtió en un paseo militar, en una cabalgata festiva que arrollaba cuanto se ponía a su paso.
En Florencia, Savonarola clamó desde el púlpito, entusiasmado al ver cómo se cumplían sus propios vaticinios:

"Tú sabes, Florencia, que no han pasado dos años desde que yo te dije: "La espada del Señor viene sobre la tierra; ya viene, ya está aquí". No fui yo, sino Dios, quien te lo predijo. Y he aquí que ha venido y viene... Tú no creías. Ahora por fuerza crees, porque lo ven tus ojos".

El 17 de noviembre Carlos entraba triunfalmente en la ciudad del Arno. Piero de Medici había dejado en sus manos el gobierno de Florencia. Carlos, después de llevarse de la ciudad 120.000 florines, dejó prácticamente en manos de Savonarola o, mejor dicho en las de Cristo rey, el gobierno de la ciudad. En efecto, el sorprendente dominico lo proclamó rey de Florencia y se dedicó a la purificadora tarea de "quemar vanidades", es decir, libros lascivos, pinturas deshonestas, instrumentos musicales, perfumes, pelucas, adornos femeninos. Algunos pintores famosos, como Sandro Botticelli, quemaron sus propias obras a la vista del pueblo y el clero mientras los niños cantaban y las campanas repicaban.
En cuanto Fernando de Aragón tuvo noticias de la invasión de Italia envió a Alejandro trigo con que aprovisionar al ejército de resistencia. El embajador español animó al Papa a salir de Roma y organizar la resistencia en otro lugar más seguro. Alejandro se resistió y pidió, angustiado, a Fernando, que le ayudase abiertamente. Pero el rey católico, de momento, se limitó a ordenar al virrey de Sicilia, Hernando de Acuña, que tuviese alertada la guarnición de Sicilia. Las fuerzas navales de la Península se concentraron en Alicante, a las órdenes de Galcerán de Requesens. El ejército expedicionario, aunque reclutado con dificultad, se iba concentrando en Cartagena. El mando del mismo se entregó a Gonzalo Fernández de Córdoba.
Entretanto, la situación del Papa y de Nápoles se agravaba por momentos. Las grandes casas de la nobleza romana se pasaron al bando invasor. Los Colonna y los Savelli se rebelaron contra Alejandro VI y ocuparon a traición el castillo de Ostia, izando allí la bandera francesa. Carlos VIII sólo encontró resistencia en Civitavecchia, donde se le enfrentaron doscientos soldados españoles de la guarnición. Finalmente, las tropas napolitanas salieron de Roma, replegándose hacia sus bases del sur.
El Papa no se atrevió a hacer frente a los franceses, máxime cuando Carlos prometió entrar en la Ciudad Eterna no como conquistador, sino como peregrino. Las peticiones de ayuda de Alejandro llegaban a un ritmo angustioso a la corte de Aragón, pero Fernando esperaba la mejor ocasión para intervenir. El pontífice, entretanto, se encerró en el reducto fortificado de Castel Sant'Angelo, mientras los franceses se apoderaban de la ciudad y la soldadesca, falta de víveres y dineros, se entregó a los excesos habituales en estas circunstancias.
En realidad, el castillo de Sant'Angelo no habría podido resistir la artillería francesa. Su estado era francamente ruinoso. Un día se desplomó por sí solo uno de los lienzos de la muralla. Carlos y sus consejeros, entre los que figuraban algunos cardenales, hablaban de reunir un concilio general para reformar la Iglesia y deponer al Papa. No era, ciertamente, Carlos VIII el más llamado a reformar la Iglesia. Él, al menos, no habría podido ofrecer con su afeminada conducta ningún ejemplo de buenas costumbres. Sin embargo, las poco ejemplares costumbres de Alejandro VI y su connivencia con Bayaceto daban pie más que suficiente para hablar de su deposición.
Así pues, Alejandro, viéndose perdido, aceptó negociar con los franceses. El Papa pudo regresar el Vaticano, donde Carlos VIII fue recibido solemnemente como peregrino de excepción. Alejandro le permitió que atravesara lbremente los estados de la Iglesia, le entregó el castillo de Sant'Angelo, puso en sus manos a Djem y consintió, incluso, que retuviese como rehén, durante cuatro meses, a su hijo César. El camino de Nápoles estaba abierto.
En este momento los embajadores de Fernando el Católico, Antonio de Fonseca y Juan de Albión, piden ser recibidos por el rey de Francia, cuando su ejército ya estaba en marcha. Estaban dispuestos a quemas los últimos cartuchos de la diplomacia antes de recurrir a la fuerza. Se quejaron, en nombre de su señor, del indigno trato que el Papa había recibido y de haber acogido favorablemente a los rebeldes que le entregaron el castillo de Ostia. Le conminaban a desistir de la conquista de Nápoles, alegando los derechos que sobre el reino tenía Fernando, y ofreciendo, en último caso, la mediación de éste para que franceses y napolitanos llegaran a un acuerdo pacífico. Carlos contestó secamente que después de haber gastado tanto en su expedición no estaba dispuesto a volverse atrás, de modo que primero conquistaría Nápoles y luego atendería las reclamaciones de los que se creyesen con derechos a él.
El embajador Fonseca no se arredró: "Pues que así lo queréis, el rey mi señor queda libre de todo compromiso", le dijo. Y acto seguido hizo pedazos en presencia de todos el texto del Tratado de Barcelona.

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