11 may. 2015

LA EXPULSIÓN DE LOS MUSULMANES (II)

Tanta fue la muchedumbre de forzados catecúmenos, que hubo que bautizarlos rociándolos de agua con hisopos, por aspersión. La noticia de lo ocurrido en el Albaicín y en Granada se difundió rápidamente por las Alpujarras. La población musulmana, desesperada, creyendo que los reyes no respetaban los compromisos adquiridos, se levantó en armas. La renia juró a los emisarios musulmanes:

"Por mi fe y palabra real, que el rey mi señor y yo no consentiremos que ninguno de vosotros, ni vuestras mujeres e hijos y nietos sean tornados cristianos por fuerza, contra sus voluntades".

Pero no se le dio crédito. Los moros se dejaron caer, en son de guerra, desde sus altos poblados de Sierra Nevada, sobre las poblaciones cristianas de los valles. La rebelión cundió por toda la Penibética.
El rey Fernando acudió seguidamente a Granada para dirigir personalmente la represión. Los reyes reprobaron los brutales métodos de Cisneros, al que achacaba la responsabilidad de la revuelta. La primera medida consistió en tomar como rehenes a algunos moriscos de prestigio y poner en estrecha vigilancia a Zoraya y sus hijos. En un bando dirigido a la población rebelde se probetió el perdón de cuantos estuvieran dispuestos a recibir el bautismo.
El ejército salió de Alhedín. Sucesivamente se rindieron Güejar, Lanjarón, Laujar de Andrax, Belefique, Serón... y otras poblaciones. Los prisioneros fueron vendidos como esclavos y sus bienes confiscados. Algunas poblaciones fueron tomadas a sangre y fuego. En Laujar de Andrax, más de 3000 moros fueron degollados. La mezquita en que se habían refugiado las mujeres y los niños fue minada con pólvora y voló en pedazos. En los casos de rendición, los que se bautizaron fueron perdonados ipso facto y recuperaron sus bienes. A los demás se les impuso una idemnización elevadísima, con la idea de que, al no poder pagarla, se dejaran bautizar, en cuy caso se les perdonaba completamente.
A finales del verano la rebelión estaba totalmente dominada en las Alpujarras. A principios de 1501 se sometieron los rebeldes de la zona de Almería. Pero en la serranía de Ronda y en Sierra Bermeja volvió a prender la llama de la guerra. Hasta entonces no se había pensado seriamente en expulsar del país a los que rechazaban el bautismo. Cisneros mismo prefería, antes que enviarlos a África,.

"que se convirtiesen y fuesen cautivos, como estos otros. Porque, siendo cautivos, serán mejores cristianos y la tierra quedaría segura para siempre, que, como están a la costa del mar y está tan cerca allende (África) y como es mucha gente, podrían hacer mucho daño si los tiempos se mudasen"

Pero después de la rebelión de Ronda, ya se vio que la única medida realista era expulsarlos. Buen trabajo costó dominarlos, sin embargo. Las guerrillas rebeldes, formadas en gran parte por los llamados gandules ("matón" en árabe), diezmaron el primer ejército que se envió contra ellos. Al frente de otro, mucho más numeroso, se puso el mismo rey. Pero las condiciones del terreno aconsejaban optar por la negociación mejor que por la guerra. De esta forma, en mayo de 1501 se resolvió la campaña. Los moros que lo desearan podían pasar a África, pagando unos 4.500 maravedís por cabeza. El duque de Medina-Sidonia propuso atacar el convoy de exiliados cuando fuesen hacia los puertos de mar, para reducir a la esclavitud a los fugitivos. Pero los reyes rechazaron indignados su sugerencia,

"porque nuestra palabra y seguro real así se debe guardar a los infieles como a los cristianos, y haciéndose lo que él dice parecería cautela y engaño armado sobre nuestro seguro".A partir de aquella fecha se inició una nueva ofensiva pastoral para convertir a los musulmanes que quedaban. Entretanto se preparó un decreto de expulsión semejante al que se dictase contra los judíos. Se hizo público el 11 de febrero de 1502. En plazo de dos meses los moros debían convertirse o salir de los territorios de Castilla y León.

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