14 may. 2015

ITALIA, UN EQUILIBRIO INESTABLE (II)

Era el momento de pensar en una gran cruzada. Bayaceto nada podría contra la acción conjunta de los cristianos y los partidarios de su hermano. Pero el turco, que conocía los apuros económicos del Papa, conjuró la amenaza con la mayor habilidad. Sus embajadores llegaron a Roma con riquísimos regalos para el Sumo Pontífice, entre los que figuraba la lanza con que, según se creía, un centurión había atravesado el costado de Cristo. Además, ofreció al Papa 45.000 ducados anuales a condición de que mantuviese a Djem encerrado, más bien que hospedado, en la jaula dorada del Vaticano.
Y así fueron pasando los años sin que la anhelada cruzada se llevase a efecto. Únicamente los Reyes Católicos habían hecho retroceder al Islam, arrojando a los moros de la Península en 1492. Como dijimos, en aquel mismo año murió Inocencio VIII y subió al pontificado Alejandro VI. La amenaza turca no había desaparecido. Solamente se iba embalsando, retenida por el dique que representaba la presencia de Djem en el Vaticano. Pero el día en que Djem faltara nadie podía garantizar una paz duradera entre cristianos y turcos. Era necesario poner una eficaz barrera que impidiese salir a los turcos del Mediterráneo oriental. Cualquier dispositivo de defensa tenía que montarse en el centro del Mediterráneo, a lo largo de una linea imaginaria que, a través del eje de Italia, enlazase con Sicilia y con África. No podían caber fallos en este frente ni, desde luego, en sus flancos. Y en ellos era precisamente donde fallaba el dique, en sus estribos. El reino de Túnz y la costa norteafricana estaban en manos de los musulmanes. Italia era un mosaico de pequeños estados, enzarzados en conflictos constantes. De nada sevía la estabilidad que, por obra de Aragón, existía en Sicilia y Cerdeña. Era necesario lograr en el resto de Italia una paz que, si bien no podía nacer de la solidaridad mutua, sí podría ser consecuencia de la mutua desconfianza. Así, pues, Milán, Génova, Venecia, Nápoles, Florencia y los Estados Pontificios eran otros tantos naipes formando un castillo que se vendría abajo en cuanto aumentase o disminuyese el peso político de alguno de ellos.
La Paz de Lodi (1454), impuesta por el miedo al avance turco en Oriente, dio paso a la Liga Itálica, constituida por las mayores potencias italianas: Milán, Florencia, Venecia, Roma y Nápoles. Se fundaba sobre dos principios básicos: primero, respeto a los respectivos confines mediante un sistema de alianzas que impidiera todo intento de predominio, y segundo, exclusión del intervencionismo extranjero en las cosas de Italia.
Ahora bien, un tinglado semejante, nacido precisamente del miedo, no podía mantenerse estable por mucho tiempo. Ya hacía años que Venecia deseaba compensar sus pérdidas territoriales en Oriente connuevas posesiones en la llamada "terra ferma", es decir, en el valle del Po. En otros tiempos había intentado anexionarse el ducado de Milán, estableciendo en él una república que había de llamarse República de San Ambrosio, como Venecia se llamaba República de San Marcos. La familioa Sforza de Milán resistió las presiones venecianas gracias, sobre todo, al apoyo que les ofreció la señoría de Florencia. El Estado de Florencia, en efecto, era el máxio defensor del sistema de equilibrio en Italia. Gracias a esta política alcanzó un grado de desarrollo económico y cultural admirable. Su intervención en la consolidación del Estado de Milán frente al expansionismo veneciano le permitió constituirse en arbitro del equilibrio en el norte de Italia a partir de 1474.
Los papas, por su parte, veían en este bloque y, sobre todo, en la vecina Florencia un serio obstáculo a sus ambiciones políticas y a sus deseos de apoderarse de nuevos territorios en beneficio de sus propios parientes. Sixto IV, concretamente, estaba empeñado en crear en tierras de Toscana un principado para su sobrino Jerónimo Riario. Los Médici se opusieron con energía, y el Papa, que los odiaba cordialmente, llegó incluso a complicarse en una conjura destinada a asesinar a los Médici y dar el poder al partido de los Pazzi, que, por otra parte, eran desde algún tiempo los banqueros del Papa. Juliano de Médici sucumbió, pero Lorenzo pudo salvarse con leves heridas. El Papa, abusando de sus armas espirituales, fulminó a excomunión contra Lorenzo y atacó sus estados con armas físicas. En fin, la situación se complicó cuando el sucesor de Sixto, Inocencio VIII, no menos deseoso de engrandecer a sus familiares, se complicó en los asuntos internos del reino de Nápoles.

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